viernes, 5 de noviembre de 2010

Ocho días

1. En el primer día abro el libro de las mil y una noches para sumergirme en la magia del verbo. En el principio era la palabra y por la palabra aprendí lo que era bueno y lo que valía la pena vivir aunque los otros dijeran que era malo. Por las palabras me abrí paso entre mis semejantes y el prójimo se hizo próximo. Por las palabras me adueñé del pensamiento y pensé, más que en cosas, en ideas. Pude entonces imaginar un mundo diferente.

2. En el segundo día vi a un charco transformarse en un océano. La espuma de las olas cobijó mis pies y el horizonte era una mancha azul. Mis pasos en el agua hicieron ondas y un barco de papel sobrevivió al naufragio. Jugué con las sombras y una breve inclinación era una montaña indescifrable. La hierba más breve era el pretexto para edificar batallas y conquistas. Corrí sobre un potro imaginario y alcancé lo imposible que habitaba en mí.

3. En el tercer día me puse un uniforme, caminé con los otros y en una mesa, observando un pizarrón, descubrí que la vida era más ancha que mi casa y una gota de agua más profunda que todo mi universo. Descubrí que antes de nosotros hubo muchos, igual de sorprendidos frente a todo. Y su sorpresa la hicieron conocimiento, y saberlo nos hacía cada vez más poderosos.

4. En el cuarto día un compañero se hizo amigo, y compartimos el asombro de sabernos vivos. Platicamos y las horas se hicieron solidarias. Lo que pasaba nos pasaba juntos, y aprendí que la vida es distinta cuando nos acompañamos.

5. En el quinto día supe del trabajo como fuerza que nos cambia mientras cambiamos al mundo. Y el trabajo era bueno cuando nos apropiábamos de él para sabernos útiles, cuando podíamos compartir el esfuerzo y el producto. Y el trabajo era terrible cuando se hace para que otro no trabaje. Cuando el sudor es apropiado y se expropian las ideas. Aprendí que la libertad es un sueño que se gana cada día, y que soy libre en comunión con otros hombres.

6. En el sexto apareció ella y me tocó con su magia, y mis labios nunca volvieron a ser míos. Mis ojos eran el pretexto para mirar su cuerpo, y su piel era un desierto donde la arena hacía de la noche un milagro cotidiano. Junto a su presencia lo demás palidecía. Juntos fuimos más que dos y poco menos que infinitos.

7. En el séptimo día ella apareció en mis brazos, pequeña y frágil como un diamante. Su vida el producto de nuestra vida. Ella era el motivo de mis desvelos y alegrías. Su rostro es la suma todo los enigmas. Cree que todo lo sé y me pregunta porque las jirafas tiene el cuello tan largo, y la nieve es tan fría, y el agua tan brillante y el aire tan ligero. Me pregunta cómo fui yo en mi primer día mientras se duerme en mis brazos tan confiada, como si no hubiese dejado en mis hombros un peso mayor a todos los soles que recuerdo.

8. El octavo día descanso. Me entrego a la pereza con el placer de un dios agradecido. Extiendo mi espalda sobre mi cama mientras cuento el aire que entra en mis pulmones. Descanso y duermo, respiro profundo y sueño. Ya habrá más días la próxima semana.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Trayectorias

Emma está desnuda, mirando la ventana, distraída. Son las seis de la tarde, pero en el invierno neoyorquino ya es noche cerrada. Afuera hace frío; aquí, en este minúsculo departamento que compartimos la temperatura es cálida y amable. Nuestros encuentros amorosos tienen la mediana intensidad de una buena costumbre, suficiente para sorprendernos todavía.

-El problema es que nunca aprendimos a pensar por nosotros mismos -dice sin dejar de mirar por la ventana.

Tengo que salir a ganarme el pan vendiendo árboles de navidad. Me visto muy despacio. Las botas pesan, como el hambre que me hizo emigrar al norte, a ganar dólares para hacer un futuro posible.

El frío alcanzó los quince grados bajo cero, la calle se transforma en un bloque donde la noche se guarda sólida, dura como el concreto. Avanzo, me cuido de los árboles y las banquetas, vigilo el paso de los automóviles, escucho el largo aullido de las ambulancias, miro el reflejo azul y rojo de las patrullas, envidio los abrigos negros y largos como el café que me calienta.

Ahí, en ese sitio tan ajeno, en ese lugar donde no ocurren los milagros, donde la historia avanza y se detiene, ahí lo observo: flotando, trazando en el aire trayectorias imposibles, comprimiendo en su cristal el frío, los edificios, los amargos transeúntes, ahí está: el primer trozo de nieve que ilumina mis manos.

Este fragmento de hielo hace real la noche, la ciudad, el invierno, mi cuerpo, la ausencia, mi distancia. Y así, despacio, se derrite en mis manos y desaparece.