lunes, 26 de julio de 2010

La Hora, capítulo 11

11:37

Debo haber comido un pedazo de muerte, por eso estoy aquí, enfermo desde hace tres días, no puedo levantarme. He pasado este tiempo mirando el reloj despertador que aguarda a un lado de mi cama, aprendí lo que es una hora: es el tiempo que tarda la manecilla grande en alcanzar a la chica, después la abandona para seguir su carrera cruzando el campo marcado por pequeñas líneas y números enormes. Eso es una hora.

Siento a las sábanas inflarse con aire frío, el aire se adhiere a mi cuerpo convirtiéndose en sudor, también frío, helado. Las cobijas caen sobre mí con todo su peso. El tiempo se reduce cuando cierro los ojos, en esa obscuridad intento adivinar que veo, a quién escondo. Abro la boca para respirar, la abro lo más posible, grande, que entre en mi todo el aire que flota en la recámara.

En el piso se dibuja un rectángulo de luz, su palidez me indica que pronto será de noche, entonces intentaré dormir un poco, antes tendré que ponerme de pie para ir al baño y defecar las peste negra que cargo en el estómago. Siento a las serpientes girar en mis tripas, dan de vueltas enloquecidas, consigo calmarlas si me paro en la ventana y el sol calienta mi abdomen, pero no resisto mucho en esa posición. Termino por marearme y dejar caer mi humanidad en el colchón.

Son cuatro pasos los que necesito para alcanzar el retrete, no recuerdo si la última vez dejé correr el agua, el olor a mierda es insoportable. Tengo los intestinos llenos de aire, siento al pedo salir y meto la nariz en las cobijas, entonces huele peor que el baño, pero es mi peste, por eso la soporto, puede ser que hasta me agrade.

Ayer en la noche fue horrible, mientras dormía sentí crecer la tierra a mis espaldas, me sostenían pilares de tierra, cualquier movimiento implicaba el riesgo de caer. ¿ Caer a dónde ?. No volveré a comer jamás.

He cagado cuanto he podido, la diarrea es humillante, no me permite alejar el trasero dos metros del baño, es tan humillante como estar parado en el quicio de una puerta esperando a que termine de llover, peleando el espacio con otros miserables que tampoco quieren mojarse. La lluvia y la enfermedad son irremediables y perversas.

Están forzando la puerta, es el futuro, se tardó tanto en llegar que ya no lo esperaba, dejaré que entre sin oponerle resistencia, de cualquier forma siempre hace lo que quiere.

Al abrirse la puerta distingo la forma del cuarto que ocupo: es una alcancía, he sido ahorrado toda mi vida y hoy vienen por mí para gastarme, soy una moneda reluciente, podrán comprar algo conmigo ¿ cuánto valdré ?, ¿ para cuánto alcanzo ?. Una alcancía, todo es una alcancía y hasta ahora me entero, he vivido en una caja fuerte preocupándome por lo que iba a comer mañana.

Oigo voces, cierro los ojos con fuerza, quiero parecer indiferente a sus decisiones, no importa lo que hagan conmigo, si pudiera les gritaría que son el culo del universo pero se darían cuenta de que finjo, pensarían que me quiero pasar de vivo. Ahora escucho risas, me han descubierto, no tengo más remedio, voy a abrir los ojos.

38

Esto debe ser una mala broma, lo que veo es a Ismael tocándome la frente mientras en su rostro se refleja la preocupación que mostraba cuando practicaba la medicina: resignación sin resignarse, no se puede eliminar la enfermedad, pero siempre debe intentarse algo, parece decirme. Dirige unos murmullos a la persona que lo acompaña, no la distingo, no sé quien pueda ser.

Han puesto una toalla húmeda sobre mi cabeza, Ismael me quita de encima las cobijas.

- Tengo frío -, les digo.

Ellos sonríen, sinceramente no veo la gracia en permitir que me congele, intento añadir algo pero me interrumpen asegurándome que pronto estaré mejor. Yo quiero estar bien ahora, en este instante, no mañana.

39

Cuando despierto no reconozco la cama en la que estoy acostado, me cubre un par de sábanas limpias, aún tengo la toalla mojada sobre la frente, pero ha desaparecido la molesta sensación de la fiebre, el estómago ha dejado de dolerme y tampoco siento la urgencia de ir al baño.

Ismael entra en la habitación sonriendo amablemente, me acerca una taza de té, me incorporo a medias apoyándome en un brazo, doy un pequeño sorbo a la bebida, una sensación agradable de calor baja por mi esófago.

- ¿ Qué me pasó ?- le pregunto a Ismael.
- Comiste algo contaminado con salmonela - me explica -, estuviste encerrado durante varios días, Claudia se preocupó cuando no recibió llamadas tuyas, vino a buscarme y la acompañe a tu departamento. Gracias a que el conserje tenía un duplicado conseguimos entrar. Estabas hecho un desastre, con fiebre y delirando, tuviste suerte de que llegáramos antes de que te disolvieras en tu mierda.
- Te agradezco - afirmo, aunque no me convence mucho eso de disolverme en la mierda.
- Si quieres morirte - continúa - busca una forma diferente, morir de diarrea me parece poco digno.

Así son las bromas de Ismael, siempre sutiles y delicadas.

Termino el té, le extiendo el recipiente vacío a Ismael.

- Estarás de invitado aquí en mi casa mientras te recuperas del todo, procura portarte bien, obedece a tu médico - añade mientras abandonaba la recámara mostrándome una amplia sonrisa.

40

Los días siguientes fueron un adelanto de lo que espero sea mi vejez: despertaba a media mañana y, enfundado en una bata que Ismael tuvo a bien prestarme, salía a tomar un poco de sol al patio, leía un libro hasta que la esposa de mi amigo llegaba con un jugo en naranja, ese era el desayuno que mi débil estómago podía consumir. Mientras lo bebía platicábamos de cualquier trivialidad, sólo nos deteníamos cuando se acercaba la hora de la comida, entonces ella se refugiaba en la cocina mientras yo continuaba mi lectura.

Al terminar de comer mirábamos el televisor, durante ese tiempo me puse al día con las series, los programas de concurso, el campeonato de liga de fútbol, los noticieros, en fin, las horas completamente llenas de programación antes de la cena, que en mi caso consistía de una infusión de hierbas amargas endulzada con miel.

Ismael llegaba lo más tarde posible, en ocasiones bastaba mirar la sonrisa que cargaba para saber que había pasado la tarde fornicando. Si yo podía notarlo era obvio que su esposa también. En esos momentos me despedía discretamente de ambos y desaparecía lo más pronto posible. Desde mi habitación podía escuchar las recriminaciones que mutuamente se hacían.

Quince días después mi amigo me dio de alta, estaba sano pero debía andarme con cuidado, me hizo una lista de recomendaciones: que debía evitar comer, que podía tomar si me sentía enfermo, por último me indicó que se había organizado una reunión en el Borcelinos para la tarde siguiente, íbamos a festejar mi regreso al mundo de los vivos. Me despedí de su esposa agradeciéndole de todas las formas posibles sus atenciones.

41

Al llegar al bar distinguí en una mesa a Rudolf, Alicia, Tomás, Rebeca, Ismael, Claudia y dos desconocidos invitados por Rudolf; todos me saludaron efusivamente, Claudia me abrazó cariñosamente, - estas muy delgado - murmuró en mi oído, - claro, me tragué la mitad del infierno - contesté.

Ocupé mi lugar en la mesa, Tomás me miraba con desprecio, esperó a que terminaran las felicitaciones por mi recuperación para decirme:

- Todo eso te pasa por perezoso, si continuaras con el programa de ejercicios, jamás te enfermarías, mírame, tengo el cuerpo garantizado para funcionar perfectamente.

Pretendí ignorarlo, no tenía ánimos para involucrarme en una discusión sin sentido, pedí al mesero un refresco de manzana y me refugié en una conversación a media voz con Claudia.

El grupo retomó entonces el tema que habían interrumpido con mi llegada; Rebeca, la pequeña niña de azúcar que casi desaparecía en los brazos de Tomás, iba a competir en el campeonato mundial de Tae Kwan Do. No pude menos que sorprenderme, me parecía imposible imaginar a esa criatura tirando patadas y golpes en medio de gritos amenazadores. También sentí compasión por el mesero que, semanas antes, había recibido en los huevos una muestra de lo que podía hacer nuestra representante nacional en ese brusco deporte.

Mientras se entusiasmaban con las perspectiva de la competencia que tendría lugar dentro de muy poco, mi atención se enfocó en las burbujas que se formaban en el interior del refresco de manzana, esos diminutos círculos me recordaban los esquemas del átomo que había aprendido en la escuela. Finalmente, si tú, yo, la salmonela, todo, está formado por moléculas,¿ porqué otras moléculas te pueden joder tanto ?

lunes, 19 de julio de 2010

La Hora, capítulo 10

11 : 27

Los días siguientes viví una soledad muy intensa, salía de mi casa para dar largas caminatas, el vagabundeo terminaba a media tarde cuando me introducía en un cine sin importarme cual fuese la película que se exhibía ó me abandonaba en una mesa de un restaurante de comida rápida, aprovechando que llenaban interminablemente mi taza de café. Cuando la obscuridad avanzaba lo suficiente volvía a la calle. Miraba entonces a oficinistas dirigiéndose a su casa, sentía cierta nostalgia por mi empleo, por mi rutina.

Descubrí que más doloroso que la ausencia de Marta, era perder los hábitos que construí con ella el período muy corto que convivimos, si puedo llamar convivencia a mi búsqueda desesperada y a sus negativas continuas. Puede parecer lo contrario, pero soy un tipo que aprecia bastante las costumbres, esos días de paseos sin rumbo me permitieron descubrir esa particularidad mía: genero hábitos muy fácilmente, quizá la falta de arraigo me hace encontrar seguridad en ritos y formas intranscendentes cuya repetición frecuente me hace naufragar apenas se alteran.

Recordaba ciertas relaciones superficiales que, a poco tiempo de establecerlas, me costaba un considerable esfuerzo terminarlas, por ejemplo, durante un tiempo acostumbré limpiar mis zapatos con un tipo muy agradable que ponía su puesto a pocos metros de la entrada del periódico, antes de mis labores platicaba con él diez ó quince minutos. Un día desapareció sin avisar, esperé encontrarlo al día siguiente, tampoco llegó; semanas más tarde lo encontré por otro rumbo, se había mudado de casa y le dificultaba mucho ir al periódico, ahora ofrecía sus servicios en otro sitio. Bueno, pues su ausencia me entristeció estúpidamente varios días.

Esa era la clase de cambios que podían alterarme, así que pueden imaginar cual era mi estado de ánimo sabiendo que Marta se había alejado irremediablemente.

28

Varios días después lavé mis pantalones que ya pedían a gritos el agua y jabón, al sumergirlos en la cubeta un papel salió a flote, era el número de Claudia, la tinta se había corrido pero aún era legible. Le llamé ese mismo día.

Se alegró al oírme, quiso que pasara a su empleo por ella, después iríamos al cine, trabajaba en una oficina del gobierno, se encargaba del sistema que distribuía desayunos infantiles en las escuelas primarias; salía temprano y tenía toda la tarde libre, del sujeto que la había hecho sentirse tan miserable el día de la fiesta mejor no hablar, si prometía no mencionarlo, ella tampoco se acordaría de la mujer que me había puesto en ese estado. Acordadas esas reglas se sentiría feliz de verme a las tres en punto fuera de su oficina.

El resultado de la llamada excedió en mucho mis expectativas, mi ánimo mejoró notablemente, me afeité y cubrí mis mejillas con cantidades industriales de loción barata. Después de las reuniones clandestinas y tortuosas con Marta era lindo tener una cita normal.

29

Salimos en varias ocasiones sintiéndonos terriblemente inocentes; ella tenía un auto compacto en el cual cruzábamos la ciudad buscando películas que nos parecía urgente ver, todas eran comedias románticas con finales felices, salíamos del cine sintiéndonos afortunados de estar vivos. En la obscuridad, mientras se proyectaba el filme, ella tomaba mi mano y la guardaba en su regazo, mis dedos sudaban abundantemente pero no le importaba demasiado, a lo más, limpiaba cuidadosamente mi sudor con un pañuelo desechable, para después tomar mi mano con más fuerza.

No sé como definiríamos nuestra relación, pero nos veíamos como amigos solidarios, dos personas que se habían encontrado para compartir las horas de la tarde y los problemas cotidianos, nada profundo ni demasiado complicado, además, estaba el ingrediente de la atracción sexual que evidentemente sentíamos. Sabíamos que cuando la dejáramos salir nos tomaría como rehenes, debíamos acercarnos a ella con cuidado, si no queríamos estropearlo todo.




30

Consumir palomitas de maíz y refresco durante las funciones de cine me provocaron una barriga que desentonaba con el resto de mi cuerpo; pensé que Tomás podía ayudarme mediante una rutina de ejercicios en su gimnasio. Me levanté temprano, metí en una maleta pequeña alguna ropa deportiva y encaminé mis pasos decidido a incluir en mi vida una sesión diaria de sano ejercicio.

Tomás se alegró con mi visita, traté de explicarle mi intención antes de iniciar los ejercicios: no me interesaba ganar músculos ni convertirme en un verdadero atleta , únicamente quería deshacerme de la incipiente panza que comenzaba a colgarme. Me interrumpió, si alguien sabía en ese lugar lo que convenía a cada persona en deporte y ejercicios era él, así que lo mejor era callarme, vestirme con la ropa que guardaba en mi maleta y obedecer al pie de la letra sus instrucciones. No añadí más, me puse la ropa deportiva y comencé mi primer rutina en el gimnasio.

Realicé los primeros ejercicios sorprendiéndome de mi capacidad, los pesos que Tomás ponía en los aparatos eran fáciles de levantar, incluso añadí algunas repeticiones a las que él me requería, llegué a lamentar no haber iniciado antes mi programa de ejercicios. Dos horas después, bañado en sudor, terminé la rutina.

Bien - dijo Tomás - vete a la regadera, te invito a comer. Su rostro adquiría matices de verdadero profesional cuando se trataba de ser instructor del gimnasio, nada de bromas ni juegos, ese lugar era un sitio de trabajo para quienes, como yo ahora, queríamos mejorar nuestra vida haciéndonos conscientes de la importancia de un cuerpo sano y bien formado.

Bajo el chorro de agua caliente comencé a sentir bastante hambre, mis músculos se relajaban agradablemente, le dediqué a mi panza una mirada de despedida, dentro de poco la barriga desaparecería para dejar en su lugar un abdomen plano y agradable.

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- ¿ Cómo te sientes ? - preguntó Tomás cuando salí de la ducha.
- Bien, con hambre - contesté.
- Nos iremos a comer apenas llegue Rebeca, es mi novia, vamos a comer y después a tomar algunas cervezas, te ayudarán con el ejercicio - aclaró.

Me quedé pensando como podrían ayudarme unas cervezas con el ejercicio, pero elegí ahorrarme su liturgia acerca de los azúcares y la estrecha relación que guardaban con el metabolismo … preferí decirle que necesitaba hacer una llamada telefónica; quería comunicarme con Claudia para que nos alcanzara en el sitio donde estaríamos en la tarde. Pregunté donde se encontraba un teléfono público.

- Ten, llama por aquí - me contestó extendiéndome su teléfono celular.

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Comimos abundantemente, seguro había recuperado la grasa que había conseguido bajar en el gimnasio, pero no importaba mucho, el asunto era conservar la disciplina, los resultados se verían con el tiempo. Después de la comida Tomás nos llevó a un bar donde, aseguraba, servían la mejor cerveza de barril que él hubiera tenido oportunidad de probar.

Rebeca, su novia, era una mujercita delgada y de apariencia frágil, se colgaba de su brazo con orgullo, esforzándose en demostrar que él era dueño total de su existencia; cuando pedimos las bebidas, fue Tomás quien ordenó por ella, apenas levantaba la mirada cuando hablaba conmigo, preferentemente dirigía su vista hacia Tomás aunque la pregunta fuese para mí. Yo le contestaba a él, quien repetía mi respuesta como si se tratara de nuestro traductor, era obvio que ella temía los celos de Tomás; descansé cuando Claudia llegó al lugar, podíamos hablar más tranquilos si la plática se dividía entre cuatro y, sobre todo, eliminábamos cualquier sospecha de un acercamiento mío a Rebeca.

Aligerado el ambiente con la presencia de Claudia la conversación se hizo más agradable; comentamos brevemente mi experiencia en el gimnasio, Claudia se mostró entusiasmada, hacía bien - me decía - en ocuparme de algo en lugar de estar todo el tiempo entregado al ocio, si veía una mejora en mí, tal vez ella se animara, sería buena idea hacer ejercicio juntos. De ahí pasamos a otros temas, Tomás resultaba un conversador excelente si lo manteníamos alejado de los aspectos deportivos; al final quedamos comprometidos para vernos con ellos la siguiente semana.

Antes de salir del bar me levanté en compañía de Tomás para ir al baño, cuando estabamos de regreso, al acercarnos a la mesa, él golpeó la cabeza de Rebeca con la mano abierta:

- ¿ A quién has estado viendo ? - le preguntó.
- A nadie - contestó ella abriendo los ojos con terror.
- Haces bien, vámonos - repuso él.

Claudia me dirigió una mirada, estaba francamente sorprendida con la actitud de Tomás. Me encogí de hombros, no lo conocía lo suficiente como para explicar la situación, prevenidamente apresuré nuestra salida. Nos adelantamos a la puerta y ahí los esperamos.

Mientras ellos caminaban para alcanzarnos, un mesero que podía competir en ancho con Tomás, miró insistentemente a Rebeca. Tomás sujetó a su pareja firmemente de un brazo y comenzó a decirle entre dientes: - Puta, eres una puta -.

El mesero no se mantuvo al margen; se paró frente a Tomás para exigirle que la soltará, no podían tratar a una mujer así, él estaba ahí si pensaba que nadie podía defenderla. Rebeca se zafó de Tomás, caminó con decisión hacia el mesero y le plantó un certero puntapié en los testículos. El pobre hombre cayó en acción retardada: dobló primero las rodillas, después su voluminoso pecho se encogió sobre su abdomen, quedó hecho un ovillo en el suelo.

- El hace conmigo lo que quiera, pendejo - le espetó Rebeca mientras se alejaba abrazada de Tomás.

Cuando nos retirábamos, varios compañeros del mesero le ayudaban a ponerse de pie tratando de aguantar la risa.

33

Al día siguiente, cuando intenté levantarme para continuar mi programa de ejercicios, descubrí con desagrado que el cuerpo entero se había convertido en una masa adolorida; los brazos, el cuello, las piernas, el abdomen, todo me dolía con el menor movimiento, llegué casi arrastrándome al baño, creo que hasta los dedos tenía entumidos por el dolor; estaba viviendo los estragos de mi primer - y último - día de físico - culturista. Mis movimientos eran semejantes a un hombre de hojalata, sentarme en el retrete para defecar se convertía en una hazaña bajo esas circunstancias.

Tirado en la cama tardé alrededor de quince minutos para encontrar una posición más ó menos tolerable, quedé boca abajo, mirando al suelo. Tenía unos periódicos viejos, los acerqué para leerlos, parecía ser la única actividad posible de realizar sin que sintiera un estacazo.

Al hojear los diarios sentí que las noticias de uno ó dos meses atrás bien podían ser las de ahora, tanta información hacía imposible seguir siquiera una historia de principio a fin. Con el empleo en el periódico perdí la costumbre de comprar diarios; descubrí que todos contenían las mismas notas. El proceso parece sencillo: las agencias informativas internacionales envían los reportajes a todo el mundo, cada jefe de sección elige aquellos que parecen más interesantes, los huecos se llenan con escritos elaborados por reporteros del propio periódico, que no por casualidad, cubren los mismos eventos que el resto de los reporteros de otros diarios, al final tenemos veinte ó treinta periódicos perfectamente uniformes, si has leído uno, has leído todos.

Dejé las viejas publicaciones; realizando un lento y doloroso giro me ocupé de las características del techo, desde mi infancia he llenado muchas horas hilando palabras mientras miro las manchas en el techo, inicio con la primera que me viene a la mente y relaciono la siguiente, después la tercera y así, consecutivamente hasta que me harto ó consigo dormir.

A media mañana las molestias provocadas por el ejercicio eran más o menos tolerables, me vestí trabajosamente y salí del departamento para concertar mi cita vespertina con Claudia, caminaba despacio, evitando cualquier movimiento brusco. En el pasillo topé con dos vecinas que charlaban amigablemente, las saludé y seguí de largo, al alejarme pude escuchar como una le decía a la otra:

- Los perros orinan donde quieren.

Ese tipo de verdades contundentes son lo que necesitamos para darle sentido a la existencia, pensé.

34

Después de hablar con Claudia me quedaban varias horas disponibles, ni en la peor de las locuras regresaría al gimnasio, preferí dar un paseo por la ciudad, abordé el primer autobús que pasó. Es muy confortable moverse sin dirigirse a un lugar preconcebido, disfruté viendo los rostros de las personas que subían y bajaban al transporte, imaginaba su estado de ánimo ó las historias que las precedían; el autobús cruzaba el centro de la ciudad, me apeé frente a un gran almacén departamental.

Vi los escaparates sintiendo un poco de nostalgia, nunca había poseído gran cosa, pero recordaba los tiempos en que ambicionaba tener, llenarme con algo: una relación, un buen empleo, objetos agradables, ropa. En mi condición había perdido ese estímulo, el deseo de comprar una lavadora ó un comedor me parecía absurdo.

Entré a la tienda, evidentemente yo no era un objeto de mercado, los vendedores no se acercaban a mí, quizá la única inquietud que podía provocar era en los guardias de seguridad. Me detuve frente a una pared tapizada con televisores, había de varios tamaños reproduciendo la misma señal en sus pantallas, el sonido ambiental ejecutaba una balada en inglés, si me lo proponía podía conseguir que, mentalmente, el sonido se sincronizara con la imagen, cualquier sonido podía combinarse exitosamente con las imágenes. Todos los televisores iguales, todos los sonidos iguales, todos los diarios iguales, todos los consumidores… Me descubrí mirándome atentamente las manos, toqué mi cara con la yema de los dedos. Una vendedora se acercó para preguntarme si me sentía bien; salí del almacén sin contestarle.

35

Me dirigí al trabajo de Claudia en el metro, durante el trayecto observé atentamente a los pasajeros que aparentaban tener más urgencia por llegar a su destino; estaban llenos de importancia, sus ademanes, la forma en que consultaban continuamente su reloj, la manera en que miraban a sus compañeros de viaje, todo en ellos exudaba importancia. Un pensamiento se fijó claramente en mi mente, como una iluminación: todos, incluidos los importantes somos un manojo de carne con hoyos, la boca, la nariz, el culo… lo peor es darse cuenta que esos agujeros no tienen salida, terminan en nuestras vísceras, nuestra importancia se agota en las tripas que nos llenan y vacían. Por fortuna llegué a la estación cercana a la oficina de Claudia antes de sentirme verdaderamente enfermo, al encontrarme en la calle aspiré con toda la fuerza de mis pulmones.

La película elegida para ese día se exhibía en un cine relativamente alejado del trabajo de Claudia, calculamos el tiempo estimado para llegar, era suficiente si teníamos la suerte de encontrar el tráfico fluido. No fue así, nos encontramos atascados entre un centenar de autos que no conseguían moverse, una marcha de obreros y estudiantes ocupaba una avenida principal resultando imposible continuar nuestro camino.

Desesperada Claudia buscó una ruta alterna, el resultado fue perder por completo el rumbo, si queríamos ver la cinta tendríamos que esperar a una mejor ocasión. Conducir en esas circunstancias agotó notablemente a mi compañera; desalentada por la situación decidió estacionarse un momento para tomar un pequeño descanso.

36

El sitio donde nos detuvimos era una calle cerrada, limitada por un campo deportivo al frente de nosotros, del lado del conductor, hacía donde estabamos estacionados, se extendía un lote baldío, era un lugar silencioso y solitario.

Besé a Claudia en la mejilla, le dije que no importaba, podíamos ver la película después, ella respondió besándome los labios, introduciendo su lengua en mi boca y desabrochando le hebilla de mi cinturón. Me sorprendió la velocidad con la que había actuado, era obvio que buscaba sexo rápido, pero yo no tenía aún una erección plena, bajó el cierre de mi bragueta y se percató de que mi pene reposaba blandamente en mis testículos; inclinó su cabeza y comenzó a chupármelo mientras yo acariciaba sus cabellos diciendo su nombre con la respiración entrecortada.

Con ese tratamiento, mi verga tardó muy poco en encontrarse plenamente lista para penetrarla. Claudia vestía una falda muy amplia que le llegaba hasta los pies, la levantó y se desembarazó de sus bragas con facilidad, ágilmente saltó de su asiento al mío para montarse en mis muslos, movía su cintura hacía adelante y hacía atrás murmurando - métemelo, métemelo - la obedecí de inmediato.

Fue un orgasmo corto pero intenso el que tuvimos, al terminar, sus antebrazos reposaban en el respaldo del asiento rodeando mi cuello, mis manos se sujetaban firmemente a sus nalgas. - Vamos a tu casa - propuso.

Después de ese día las visitas a los cines fueron cada vez menos frecuentes.

miércoles, 7 de julio de 2010

La Hora, capítulo 9

11 : 21

Estoy acostado sobre una tabla acolchonada, me despierta la sensación de mi saliva escurriéndome por la mejilla, no reconozco el lugar, en la pared hay fotografías de hombres y mujeres luciendo musculaturas impresionantes, percibo un penetrante olor a vómito, levanto ligeramente la cabeza, distingo diferentes aparatos para levantar pesas, estoy en un gimnasio. Me pongo de pie, camino entre las poleas y barras que asemejan instrumentos de tortura. Tengo sed y un mal sabor de boca, en el fondo del salón se encuentran los baños, camino hacia ellos. Mojo abundantemente mi cabeza, me veo en el espejo, mi reflejo es el mismo de siempre, eso me tranquiliza. Comienzo a recordar.

22

Cuando Marta se fue me dejó confundido, sin entender cabalmente lo que había ocurrido, llamé por teléfono a Ismael para compartirle mi desdicha, me dijo que habían organizado una fiesta en casa de Rudolf para esa noche; podíamos vernos ahí y platicar con más calma.

Salí a caminar, me sentía como si hubiera recibido una paliza y los golpes aún no se hubieran enfriado, el dolor comenzaría a sentirse dentro de poco, no quise esperar hasta la noche estando totalmente sobrio, decidí comprar una botella de mezcal barato y beberla lentamente hasta que fuera hora de ir a casa de Rudolf.

Me pasé las horas del día sentado en el sillón, dando discretos sorbos a mi bebida, evitando al máximo pensar, permitiendo al alcohol ocupar lentamente mis sentidos, era una dulce sensación de abandono, mis ideas dejaron de circular por el cerebro. No sentí hambre ni sueño, me movía sólo si era indispensable, durante ese tiempo fui un bulto ajeno a cualquier indicio de vida. Apenas obscureció me encaminé a la reunión con mis amigos, confiando en mi instinto para cruzar la ciudad sin perderme.

23

Había mucha gente en casa de Rudi, únicamente reconocí a la pareja que estaba con la Alicia la primera vez que los visité, la borrachera de mezcal estaba ligeramente oculta, esperando un pequeño impulso para tomarme nuevamente por asalto, le di esa oportunidad sirviéndome un generoso trago de vodka y naranjada. Reanimado busqué a Ismael, lo encontré platicando con una mujer bastante aceptable, me acerqué sintiendo florecer dentro de mí la euforia proporcionada por la nueva dosis de alcohol en mi sangre.

Al extender mi mano para saludar a Ismael debo haber sonreído como estúpido porque él y su acompañante se movieron hacia atrás inmediatamente; quise platicarles la historia de lo ocurrido en la mañana pero sólo escupí un montón de palabras sin sentido. Ismael rodeó mis hombros con su brazo y me sentó en un sillón.

No te muevas - me recomendó -, quédate aquí mientras se te baja un poco la borrachera, ahora estoy ocupado, regresaré por ti más tarde.

Quedé sentado hecho un idiota, sonreía a las parejas que bailaban y saludaba a todos los desconocidos. Alicia se acercó a saludarme pero cuando notó mi estado se alejó lo más posible. Bebí de algunos vasos que casualmente se detenían en la mesa de centro que había frente a mí, era la mesa que Rudolf destrozara la ocasión pasada, el carpintero la reparó bastante bien. Necesité ir al baño; torpemente llegué al retrete y deposité en él una abundante cantidad de orines, salí con rumbo a la sala pero mis pies decidieron introducirme a una recámara.

24

Recargado en la cabecera de la cama estaba Ismael, abrazando a la mujer guapa con quien lo había visto momentos antes, cerca de ellos otra mujer, al parecer su amiga, balbuceaba sin quitar la vista de un cuadro que colgaba en la pared. Ismael se puso de pie para hablarme al oído:

- Llévatela de aquí, por favor, hemos querido sacarla pero insiste en contarnos todas sus desgracias.
- No te preocupes, voy a hacer algo - contesté.

Me senté junto a ella, acaricié su cabello, no se movió, lo interpreté como una aceptación y me atreví a rodearla con un brazo mientras besaba suavemente su cabeza.

- ¿ Qué pasa ? - pregunté.
- No te importa - contestó.
- Tienes razón - repuse y me volví a mirar atentamente el mismo cuadro que ella veía, giró entonces hacia mí, me besó la mejilla y colgó sus brazos de mi cuello.
- Es que lo quiero mucho - dijo.
- Yo también la quiero mucho y hoy me avisó que se larga a vivir con otro tipo - contesté.
- Son unos hijos de puta - añadió.
- Si, todos son unos hijos de puta - finalicé.

Nos besamos largamente. Ismael caminó con rapidez hacia la puerta asegurándola para evitar más visitas desagradables.

- Les toca la mitad de la cama - nos dijo mientras apagaba la luz.

25

Mi pareja estaba tan ebria como yo, nos acariciábamos torpemente al tiempo que intentábamos quitarnos la ropa, usaba pantaletas de encaje blanco que permitían ver un obscuro bosque de vello púbico, me excité e introduje uno de mis dedos en su vagina, ella suspiró empujando sus caderas para que la alcanzara más profundamente. Nos metimos a la cama y terminamos de desnudarnos bajo las cobijas, me aferré a su cintura y la penetre con fuerza, ella me abrazó murmurando - gracias, gracias - no entendí entonces y no entiendo ahora su agradecimiento.

Cualquiera que ha tenido sexo en medio de una borrachera sabe que el alcohol te permite retardar indefinidamente la eyaculación, yo aproveché esta circunstancia para alargar nuestros juegos sexuales: ella encima de mí, yo encima de ella, ella chupando mi pene mientras yo lamía su coño, nuevamente montada en mí, ahora sus piernas en mis hombros, cambiamos de posición y aprovecho para acariciar sus pechos con mi verga. Cuando sentí que, fatigado, iba a perder mi erección, me hundí en su cuerpo como si quisiera ahogarme en él, mordí uno de sus hombros permitiendo que un chorro mi esperma saliera de una buena vez; fue un orgasmo largo, acompañado por los gritos ahogados de mi compañera.

Abrazados, con los efectos de la bebida bastante diluidos intentamos dormirnos. La cama comenzó a agitarse, era Ismael quien ahora le daba con su amiga, esa mujer era verdaderamente escandalosa, ¡ estoy bien caliente, estoy bien caliente, no te vengas ! - exclamaba -, verlos coger terminó por animarnos, volvimos a hacer el amor, la idea de la cama comunitaria había resultado bastante afortunada: si una pareja parecía perder aire, la otra ayudaba con su ejemplo. Para desgracia nuestra, no poseíamos energía infinita, cuando llegó el momento en que los cuatro nos cansamos, la cama dejó de moverse y dormimos exhaustos.

26

Debían ser las tres de la mañana cuando mi nueva amiga se despertó alarmada:

- Tengo que irme, es muy tarde - me dijo en voz baja -, te dejo mi teléfono, llámame.

Me extendió un trozo de papel donde se leía “ Claudia ”, seguido por un número. Encendió la luz para retocarse el maquillaje y abandonó la habitación enviándome un beso a manera de despedida. Yo estaba aturdido todavía, a mi lado Ismael y su pareja roncaban plácidamente, intenté dormir pero fue imposible, me vestí para regresar a la sala.

En la fiesta quedaban aún varias personas, en un sillón distinguí a Rudolf platicando con un tipo enorme, en su espalda podía colgarse fácilmente una manta publicitaria, cuando hablaba daba palmadas en el hombro de Rudolf quien se veía bastante tranquilo en compañía de ese gorila, no había más sitio donde sentarse que a su lado. Me serví un trago y me acomodé junto a ellos.

- Tomás, te presento a Francisco - dijo Rudolf señalándome.

Al extender mi mano para saludarlo el gigantón aprovechó para demostrarme su fuerza haciendo puré mis dedos. Al llegar había interrumpido una discusión acerca de deportes que reanudaron después de saludarme. La plática no resultaba demasiado interesante, dejé de ponerle atención fingiendo seguirla mientras bebía recordando los momentos anteriores con Claudia, noté entonces que fue hasta que me dio su número telefónico cuando me enteré de su nombre.

Estaba inmerso en mis pensamientos cuando Tomás preguntó mi opinión acerca de la selección de fútbol holandesa de 1974, dije que si, que sin duda eran los mejores. Error, en ese momento él trataba de demostrar que aún jugándose en otro país, la selección de Alemania hubiese ganado ese campeonato mundial. Se olvidó de Rudolf y enfocó toda su argumentación en mí; no opuse demasiada resistencia, apenas la suficiente para que no notara que le estaba dando por su lado, terminé cayéndole bien, preguntó que estaba bebiendo, cuando le dije que vodka se levantó para acercar una botella casi llena, insistió en que la bebiéramos sin mezclarla, según él, era mejor si queríamos evitar que afectara nuestro metabolismo. En su plática utilizaba mucha jerga de físico - constructivismo.

Del fútbol pasó al basquetbol, de ahí a los deportes de pista y campo, después natación, regresó al fútbol; en todos los casos comenzaba con una descripción detallada de las ventajas que proporcionaba levantar pesas para mejorar el rendimiento, para todos los casos existían ejercicios que harían de cualquier alfeñique un atleta consumado; una vez detallados estos aspectos, comenzaba a enumerar representantes de cada disciplina que podían haber superado sus marcas mediante rutinas adecuadas, hacía una pausa esperando mi asentimiento, continuaba entonces añadiendo ejemplos que comprobaban su teoría.

Un par de horas más tarde habíamos consumido medio litro de vodka y agotado la paciencia de nuestros anfitriones; Rudolf estaba medio dormido con la cabeza recostada en las piernas de Alicia; no habían podido entrar a su recámara que seguía ocupada por Ismael. Tomás parecía tener cuerda para tres días más de juerga, ahora me contaba historias de su gimnasio, insistiendo en que tocara sus bíceps, su pecho, los tríceps.

Levanto 180 kilos en sentadilla - afirmó -, hice una expresión de duda lo que sirvió de pretexto para que, tomándome en sus brazos, se agachara y levantara tres veces consecutivas.

- Vámonos -, me ordenó mientras me regresaba al suelo.
- Tengo sueño -, me atreví a decirle.
- No importa, allá te duermes -, dijo sin darme más oportunidades de escapar.

Me despedí apuradamente de Alicia, quien levantó una mano agradeciendo que por fin saliéramos de ahí. Una vez en el auto de Tomás me dormí profundamente, cuando recuperé la conciencia estaba sobre la tabla de abdominales.