Emma está desnuda, mirando la ventana, distraída. Son las seis de la tarde, pero en el invierno neoyorquino ya es noche cerrada. Afuera hace frío; aquí, en este minúsculo departamento que compartimos la temperatura es cálida y amable. Nuestros encuentros amorosos tienen la mediana intensidad de una buena costumbre, suficiente para sorprendernos todavía.
-El problema es que nunca aprendimos a pensar por nosotros mismos -dice sin dejar de mirar por la ventana.
Tengo que salir a ganarme el pan vendiendo árboles de navidad. Me visto muy despacio. Las botas pesan, como el hambre que me hizo emigrar al norte, a ganar dólares para hacer un futuro posible.
El frío alcanzó los quince grados bajo cero, la calle se transforma en un bloque donde la noche se guarda sólida, dura como el concreto. Avanzo, me cuido de los árboles y las banquetas, vigilo el paso de los automóviles, escucho el largo aullido de las ambulancias, miro el reflejo azul y rojo de las patrullas, envidio los abrigos negros y largos como el café que me calienta.
Ahí, en ese sitio tan ajeno, en ese lugar donde no ocurren los milagros, donde la historia avanza y se detiene, ahí lo observo: flotando, trazando en el aire trayectorias imposibles, comprimiendo en su cristal el frío, los edificios, los amargos transeúntes, ahí está: el primer trozo de nieve que ilumina mis manos.
Este fragmento de hielo hace real la noche, la ciudad, el invierno, mi cuerpo, la ausencia, mi distancia. Y así, despacio, se derrite en mis manos y desaparece.
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