17
Después de esa noche yo necesitaba unos tragos, convencí a Ismael de que los pagara, iríamos a Borcelinos donde ya había citado a Rudolf. Cuando llegamos estaba con Alicia, la llevaba para que conociera el lugar.
Pedimos cerveza, yo no tenía muchas ganas de hablar, más bien quería compañía mientras bebía. Afortunadamente Ismael y Rudolf se cayeron bien y hablaban animadamente mientras yo fingía ponerles atención.
Tomamos varias rondas, me sentía ligeramente ebrio, pero a excepción de Alicia, era quien reflejaba menos los efectos de la bebida. Rudolf pidió tequila, recordé que, de acuerdo a la recomendación que me había hecho Alicia en su casa, dejaba de ser un tipo tan amable si se excedía bebiendo, de cualquier manera decidí dejarlo continuar, quería saber hasta donde llegaban los holandeses ebrios. Ismael también mostró síntomas de borrachera: comenzó a predicar; tiene ese defecto, con varios tragos encima te pide perdón o te predica, sobre todo si recién te conoce.
Todo es cuestión de voluntad, afirmaba Ismael mientras pasaba un brazo por los hombros de Rudolf, de tener los cojones bien puestos, si no todo importa un carajo. Puedes tener lo que sea, pero sin huevos no llegas ni a la esquina.
Rudolf sonrió al oír la palabra huevos, le gustó, comenzó a repetirla: huevos, huevos, huevos… bebió el tequila de un trago y pidió otro que también terminó de golpe, huevos, sí, eso huevos, decía. Ismael guardó silencio, nunca esperó tener un discípulo tan adelantado, en la primer lección había comprendido toda su filosofía. Rudolf sacó su billetera, pagó la cuenta y nos invitó a su departamento.
Alicia se encargó de conducir mientras dirigía miradas discretas al asiento trasero del auto, donde se habían instalado Ismael y Rudolf, enfrascados en una plática ininteligible para nosotros. Mientras subíamos por las escaleras del edificio Rudolf gritaba ¡ huevos !, una puerta se abrió mostrándonos el rostro de una vecina preocupada por el escándalo. Alicia desistió del intento por callarlo y comenzó a sonreír.
Entramos al departamento, Rudolf tomó la mesa de centro y al grito de ¡ huevos ! la deshizo contra el suelo, ¡ huevos ! y acabó con tres vasos, ¡ huevos !, adiós televisor, ¡ huevos ! adiós florero, ¡ huevos ! y Rudolf estaba en el suelo, dormido como un ángel. Alicia lo desvistió y le ayudamos a meterlo en la cama. Esa mujer estaba verdaderamente enamorada.
Discúlpenlo - dijo - en el fondo se siente un extraño aquí, por eso se comporta de esta manera. ¿ Quieren algo de tomar ?
Nos sirvió un té preparado con una mezcla de hierbas especiales para evitar que la resaca del día siguiente fuera tan intensa. Ismael tenía sueño y se acomodó en un sillón, en pocos minutos estaba roncando tranquilamente. Con Alicia sentí que era una de esas personas en quienes puedes confiar sin mucho esfuerzo, tienen un sentido natural para decirte lo que necesitas oír sin dar grandes explicaciones. Le platiqué mi historia con Marta, necesitaba el punto de vista femenino en ese asunto, procuré no omitir detalles, estaba muy inquieto con las expresiones de Marta mientras hacíamos el amor y lo que había sentido en el momento de penetrarla; mientras describía mis sensaciones más confuso me parecía, finalmente le pedí su opinión buscando un poco de claridad.
Dio un sorbo a su té y me miró con el mismo rostro, mitad preocupado, mitad atento, que tenía mientras le ayudábamos a acomodar a Rudolf en su cama:
- Ya te cogieron - dijo.
Le creí.
18
En las semanas siguientes Ismael y Rudolf construían las bases para una sólida amistad, es decir, se acompañaban frecuentemente al Borcelinos tratando de elaborar entre cervezas y tequilas un sistema que les permitiera sobrevivir la realidad, mientras yo me perdía de su esfuerzo tratando de alcanzar a la inasible Marta.
Ella sabía muy bien lo que había provocado, lo sabía cuando la buscaba, cuando me hablaba de su novio sin mencionarlo por su nombre, cuando me hacía odiarla hasta sentirme fastidiado, con el firme propósito de no verla nunca más y aparecía en mi casa, a media tarde, para ocultar mi voluntad en su cuerpo mediante cogidas inolvidables. Haciendo lo necesario para estar siempre ausente y presente, para buscarla sabiendo que la encontraría únicamente si ella quería encontrarme.
Presentí que Marta guardaba un secreto, un fragmento escondido en su estructura mental que para mí sería imposible descubrir. Me seducía mediante la esperanza y el engaño, por ejemplo, yo sabía que tenía otra relación y sin embargo seguía conmigo, haciéndome creer que era posible vivir así indefinidamente.
En eso consistía su misterio, en su capacidad para hacerme creer en un futuro inexistente; en cierto sentido, creo, es la esperanza lo que termina matándonos; si de antemano supiéramos que nuestros esfuerzos son inútiles todo lo terminaríamos antes de comenzarlo, es la esperanza de alcanzar nuestros deseos lo que nos mantiene vivos y termina aniquilándonos.
Ella lo sabía a su modo. Siempre conseguía que la esperara otra vez, una más que fuera la penúltima, nunca la última. Ha pasado el tiempo y aún sigo pensando en verla nuevamente, en sentirla entrañable como entonces, no sé si vive pero continúo con la imagen clara de su sexo abriéndose en mi piel.
Supongo que así vivimos todos, pensando que todo lo que hacemos es por penúltima ocasión, que tendremos siempre una oportunidad más. Lo imperfecto, lo terriblemente siniestro es que finalmente llega la última y no queremos darnos cuenta, no lo aceptamos, bajamos los párpados dejándonos seducir. Mierda Marta, mierda.
19
Oigo tocar la puerta. Es demasiado temprano, nadie viene a visitarme a las ocho de la mañana, me levanto de mal humor, abro: es Marta. Se ha vestido como el día que la conocí, pantalones de mezclilla y una blusa verde muy sencilla. Oculta algo esta mañana, no quiero adivinarlo.
Entramos a mi recámara y nos sentamos en la cama, guarda silencio, sigo sus movimientos haciendo un esfuerzo por terminar de despertar, toma una de mis manos, besa los dedos, cierra los ojos y me abraza, nos acostamos, pone su oído en mi pecho, me pide que diga algo. Digo su nombre, me hace repetirlo, se ríe, pone mi mano derecha sobre su corazón, siento los latidos, respira profundamente, en el cuarto sólo se escucha nuestra respiración.
Se acuesta sobre mí, cierro los ojos, con su lengua me roza las cejas, su dedo pasa por mis labios, abrazo su cintura y meto las manos bajo la blusa, le quito el sostén.
20
Terminamos de hacer el amor, desnudos, uno al lado del otro miramos el techo, en lo alto busco figuras hechas por la humedad mientras el sudor se enfría sobre mi piel, quiero quedarme aquí, que nada cambie jamás. Sin pronunciar palabra Marta se pone de pie y comienza a vestirse, pareciera que hasta ahora se da cuenta que ha estado conmigo todo este tiempo, compartiendo su cuerpo con un extraño. Hago el intento de vestirme pero me detiene.
- No me llames más - dice -, voy a vivir con Eduardo.
Es la primera vez que escucho el nombre de su novio y lo ha dicho como sé que jamás pronunciará el mío. Sin añadir más sale del departamento, me quedo sentado en la orilla de la cama, apoyando los codos en las rodillas, contemplando el suelo.
sábado, 26 de junio de 2010
sábado, 19 de junio de 2010
La Hora, capítulo 7
12
Al verla me sentí renovado, como si pudiera recuperar lo que había perdido de mí en las madrugadas que pasé trabajando en el periódico; sin embargo ella se veía diferente, más apurada, miraba el reloj, me hablaba de sus citas, de las nuevas ocupaciones en la revista, difícilmente tendría tiempo de llevar una relación conmigo, si había aceptado esta reunión era porque quería decirme de frente el mal que yo había hecho al abandonarla, eso era todo.
Bajó la cabeza para mirar en silencio su taza de café, me acerqué para besar su mejilla, ella continuó agachada, entonces besé su boca, me dejó hacer pero no movió sus labios, los mantenía cerrados, me sentí estúpido, quise alejarme, entonces comenzó a besarme.
Esa forma de besarnos no tenía nada que ver con la manera en que lo hacíamos meses antes, era más intenso, casi mordíamos nuestras bocas, en cierto sentido era la primera vez que realmente nos tocábamos. Comencé a sentir una ligera erección cuando ella separó su rostro del mío.
- No lo mereces, pero seré sincera contigo - dijo -, tengo una relación, me importa mucho, quizá salga contigo, pero no quiero perderlo, necesito que te quede muy claro.
Yo tenía el pulso acelerado, quería seguir besándola, mi erección era casi completa, escuchaba claramente sus palabras pero su significado era totalmente ajeno a lo que sentía en ese momento, hablaba de algo muy lejano comparado con la realidad inmediata del deseo.
- No importa, sólo quiero estar contigo, quiero compartir lo que podamos compartir, eso es todo, está muy claro.
Debo haber contestado eso ó algo muy parecido. En ese instante no sabía que había perdido mi última oportunidad de salirme de un juego que sería muy doloroso. Volví a besarla, es difícil explicarme, sentía que al mismo tiempo que me llenaba, estaba quedándome vacío, era como si beber agua en lugar de satisfacer la sed, provocara más.
13
Salimos del café, quise tomarla de la mano pero ella se rehusó bruscamente, mientras caminamos contestaba a mis intentos de conversar con monosílabos, cuando faltaban dos calles para llegar al edificio donde vivía se detuvo bajo un árbol, se recargó en un auto estacionado, me abrazó y comenzó a besarme, puse mis manos en su cintura, miré a ambos lados para asegurarme que nadie se aproximara, el sitio estaba suficientemente obscuro así que puse mi mano sobre su pecho, ella me atrajo hasta que pude sentir su abdomen junto al mío, fue un beso largo, yo acariciaba su pecho torpemente, sentía el sostén y, bajo de él, el peso de blando de su carne. Lentamente puso sus manos en mi cintura y me empujó despacio hacia atrás, me separó de ella, se miró en la ventanilla del auto, se volvió hacia mí para decirme: quédate aquí, no quiero que me vean llegar contigo, háblame después. Se alejó antes de que yo consiguiera pronunciar palabra.
14
Durante los días siguientes le llamé por teléfono repetidamente, era difícil encontrarla, supongo que la mayor parte de las veces se negaba a contestar, cuando conseguía que tomara la bocina resultaba imposible tener una cita, evadía mis invitaciones, no tenía tiempo ó no se sentía de humor. Yo había decidido insistir tanto como fuera necesario; no importaba el tiempo que me tomara ni las diferentes formas en que se negara: insistiría, insistiría, insistiría.
Dos semanas después decidió que nos viéramos, sus padres saldrían de viaje un fin de semana y podría regresar tarde a su casa, después de ver a su novio pasaría a mi casa, estaría ahí a las ocho de la noche del viernes, yo debía esperarla y pensar a donde podría invitarla; esas fueron sus instrucciones, sinceramente, en lo único que puse verdadera atención fue en la hora y el lugar, de lo demás ya me preocuparía después.
15
Era viernes a las doce de la noche, cuando decidí irme a dormir, había pasado el día limpiando medianamente la casa y reuniendo dinero para invitarle un trago en un bar que no fuera el Borcelinos; a las siete en punto comencé a esperarla, sentado, leyendo un libro, deseando que el tiempo se fuera rápidamente, quizá llegara temprano y quería que me encontrara listo; me sentía extraño esperándola, regularmente la situación sería inversa, es decir, sería yo quien tendría que pasar por ella a su casa, pero recordé que no quería que me vieran acompañándola, por eso me había citado en mi departamento; sin embargo, cuatro horas más tarde de la hora acordada para vernos era tiempo suficiente para perder la esperanza, esa noche no iría y, seguramente, al otro día yo le llamaría restándole importancia, diciéndole que no había problema y que, claro, cuando ella pudiera yo estaría dispuesto.
Cambié la ropa limpia que me había puesto para verla por un suéter bastante maltratado que utilizaba a manera de pijama, apagué las luces y me metí en la cama; al apagar la luz, lo único que iluminaba mi departamento era el reflejo de un anuncio luminoso. Estaba pensando en lo que Marta podía estar haciendo a esa hora con sus padres lejos de casa y ella sola con su novio, era uno de esos pensamientos masoquistas que no te abandona por más intentos que hagas de pensar en algo diferente y conciliar el sueño. Entonces llamaron a la puerta.
16
Era ella. Vestía una blusa negra con botones al frente, una falda del mismo color y un saco formal, la miré de arriba a abajo, mientras ella veía fijamente el suéter que yo vestía, nos sonreímos, la invité a pasar, me cambiaría y podríamos salir de inmediato, le sugerí. No pareció muy entusiasmada.
- No importa -, me dijo -, mejor tomamos algo aquí, se me ha hecho tarde y no creo que podamos ir a ninguna parte.
- Está bien, yo estoy contento con verte - contesté -, mientras comenzaba a preparar café.
Marta dio una vuelta por mi minúsculo hogar, observando con curiosidad los libros que tenía y los pocos muebles que ocupaba. Finalmente se sentó en un viejo sofá que hacía las veces de sala.
- ¿ No tienes televisor ? - preguntó.
- No, no me gusta verlo, prefiero leer ó ir al cine - le mentí mientras terminaba de servir las tazas de café. Salí de la cocina y me acerqué a ella extendiéndole su bebida.
- Está caliente, ten cuidado - dije al entregársela.
- Gracias - me contestó mientras ponía la taza en el suelo.
Me senté junto a ella y di un pequeño sorbo a mi café, estaba ardiendo, era imposible tomarlo, dejé mi taza junto a la suya.
Guardamos silencio unos instantes, después me animé a decirle:
- Te esperaba más temprano, pensé que no vendrías.
- No me reclames, lo importante es que llegué, me fue bastante difícil llegar para que no lo agradezcas -. Contestó.
Me quedé callado, noté que tenía mal humor y temí echar todo a perder, tomé su mano y la miré esperando que fuese ella quien comenzara a hablar cuando quisiera.
No dijo nada, sujetó mis manos guiándolas suavemente hacia sus pechos; sentí su consistencia firme bajo la blusa, extendí los dedos sobre ellos, abarcándolos, del centro hacia afuera y nuevamente al centro, miré sus ojos buscando aprobación, Marta abrió ligeramente los labios, entonces la besé, primero en la boca y después en los oídos, bajé una mano hacía sus muslos, me excitó sentir sus medias ciñendo sus piernas, avancé bajo su falda mientras continuaba acariciando su pecho, ella cruzó los brazos detrás de mi cabeza y pegó su rostro al mío.
Desabotoné la blusa para tocar su sostén, era de una tela delgada y me permitía acariciar su pezón, levanté con los dedos el tirante para oprimir ligeramente su pecho con la palma de mi mano. Marta puso una de sus piernas entre las mías comenzando a frotar mi pene con su muslo, sentía su carne rozar suave y rítmicamente mis testículos; con la mano que acariciaba sus piernas quise tocar su pubis pero me detuvo poniendo su mano sobre la mía; desabroché el sostén para besar sus senos, mordí sus pezones mientras hacía círculos alrededor de ellos con mi lengua.
Ella continuó frotándome con su pierna, sobre mi pantalón tomó entre sus dedos mi pene, lo acarició firmemente imitando el movimiento que hacía con su muslo, tomé sus pechos con mis manos y la besé en los labios largamente mientras mi semen corría empapando el pantalón.
- ¿ Ya te mojaste ? - me preguntó mientras se reía.
Se puso de pie haciéndome recostar en el sillón, se quitó la falda y la blusa; desabrochó mis pantalones y tomó mi trusa para quitarme ambas prendas con sólo movimiento, yo la dejaba hacer, ayudándole sólo si era necesario, en esos momentos era incapaz de pensar en algo; tomó su sostén entre las manos para limpiar cuidadosamente donde había escurrido mi esperma: primero los muslos, después los testículos para, finalmente, detenerse en el pene. La tela era muy suave y me hizo sentir un cosquilleo casi insoportable; puso una de sus manos en mi abdomen para evitar que me moviera; cuando terminó de limpiarme yo tenía nuevamente una erección. Se quitó las bragas y tapó mis ojos con ellas; sentí su lengua lamer mi pene, lo introdujo entre sus labios, cuando estaba muy cerca de venirme nuevamente se detuvo, quité su ropa interior de mi rostro para verla, se montó en mí poniendo su sexo muy cerca del mío, se mojó el dedo índice en la boca y comenzó a masturbarse; oprimí sus pechos con mis manos; levantó ligeramente sus caderas colocándose sobre mi pene, se dejó caer despacio para que la penetrara muy lentamente, cuando sintió mis testículos rozar su vello púbico se mordió el labio inferior de una forma que no consigo olvidar, parecía que estuviera haciendo el amor con ella misma, entregándose a una forma de placer del cual yo tomara parte sólo de manera incidental.
Movía sus caderas de arriba a abajo a diferentes ritmos, cuando sentía que estaba próximo a eyacular se detenía momentáneamente ó cambiaba de dirección a izquierda y derecha, yo me sentía suspendido en un instante infinito mientras veía mi verga entrar y salir de ella, esforzándome para aguantar lo más posible, entonces abrió un poco más sus piernas dejándose caer despacio pero firmemente sobre mi. No sé como explicarlo, pero estoy seguro que alcancé una parte interior de ella que no puedo definir, algo que no he visto aparecer en ningún gráfico de los libros de anatomía.
Cerré mis ojos hundiendo mis dedos en sus pechos y eyaculé abundantemente. De sus labios salió un grito ahogado, hizo pequeños movimientos hasta exprimir la última gota de semen; cuando se detuvo abrí los ojos: ella sonreía. Puedo jurárselos, esa sonrisa no era humana.
Al verla me sentí renovado, como si pudiera recuperar lo que había perdido de mí en las madrugadas que pasé trabajando en el periódico; sin embargo ella se veía diferente, más apurada, miraba el reloj, me hablaba de sus citas, de las nuevas ocupaciones en la revista, difícilmente tendría tiempo de llevar una relación conmigo, si había aceptado esta reunión era porque quería decirme de frente el mal que yo había hecho al abandonarla, eso era todo.
Bajó la cabeza para mirar en silencio su taza de café, me acerqué para besar su mejilla, ella continuó agachada, entonces besé su boca, me dejó hacer pero no movió sus labios, los mantenía cerrados, me sentí estúpido, quise alejarme, entonces comenzó a besarme.
Esa forma de besarnos no tenía nada que ver con la manera en que lo hacíamos meses antes, era más intenso, casi mordíamos nuestras bocas, en cierto sentido era la primera vez que realmente nos tocábamos. Comencé a sentir una ligera erección cuando ella separó su rostro del mío.
- No lo mereces, pero seré sincera contigo - dijo -, tengo una relación, me importa mucho, quizá salga contigo, pero no quiero perderlo, necesito que te quede muy claro.
Yo tenía el pulso acelerado, quería seguir besándola, mi erección era casi completa, escuchaba claramente sus palabras pero su significado era totalmente ajeno a lo que sentía en ese momento, hablaba de algo muy lejano comparado con la realidad inmediata del deseo.
- No importa, sólo quiero estar contigo, quiero compartir lo que podamos compartir, eso es todo, está muy claro.
Debo haber contestado eso ó algo muy parecido. En ese instante no sabía que había perdido mi última oportunidad de salirme de un juego que sería muy doloroso. Volví a besarla, es difícil explicarme, sentía que al mismo tiempo que me llenaba, estaba quedándome vacío, era como si beber agua en lugar de satisfacer la sed, provocara más.
13
Salimos del café, quise tomarla de la mano pero ella se rehusó bruscamente, mientras caminamos contestaba a mis intentos de conversar con monosílabos, cuando faltaban dos calles para llegar al edificio donde vivía se detuvo bajo un árbol, se recargó en un auto estacionado, me abrazó y comenzó a besarme, puse mis manos en su cintura, miré a ambos lados para asegurarme que nadie se aproximara, el sitio estaba suficientemente obscuro así que puse mi mano sobre su pecho, ella me atrajo hasta que pude sentir su abdomen junto al mío, fue un beso largo, yo acariciaba su pecho torpemente, sentía el sostén y, bajo de él, el peso de blando de su carne. Lentamente puso sus manos en mi cintura y me empujó despacio hacia atrás, me separó de ella, se miró en la ventanilla del auto, se volvió hacia mí para decirme: quédate aquí, no quiero que me vean llegar contigo, háblame después. Se alejó antes de que yo consiguiera pronunciar palabra.
14
Durante los días siguientes le llamé por teléfono repetidamente, era difícil encontrarla, supongo que la mayor parte de las veces se negaba a contestar, cuando conseguía que tomara la bocina resultaba imposible tener una cita, evadía mis invitaciones, no tenía tiempo ó no se sentía de humor. Yo había decidido insistir tanto como fuera necesario; no importaba el tiempo que me tomara ni las diferentes formas en que se negara: insistiría, insistiría, insistiría.
Dos semanas después decidió que nos viéramos, sus padres saldrían de viaje un fin de semana y podría regresar tarde a su casa, después de ver a su novio pasaría a mi casa, estaría ahí a las ocho de la noche del viernes, yo debía esperarla y pensar a donde podría invitarla; esas fueron sus instrucciones, sinceramente, en lo único que puse verdadera atención fue en la hora y el lugar, de lo demás ya me preocuparía después.
15
Era viernes a las doce de la noche, cuando decidí irme a dormir, había pasado el día limpiando medianamente la casa y reuniendo dinero para invitarle un trago en un bar que no fuera el Borcelinos; a las siete en punto comencé a esperarla, sentado, leyendo un libro, deseando que el tiempo se fuera rápidamente, quizá llegara temprano y quería que me encontrara listo; me sentía extraño esperándola, regularmente la situación sería inversa, es decir, sería yo quien tendría que pasar por ella a su casa, pero recordé que no quería que me vieran acompañándola, por eso me había citado en mi departamento; sin embargo, cuatro horas más tarde de la hora acordada para vernos era tiempo suficiente para perder la esperanza, esa noche no iría y, seguramente, al otro día yo le llamaría restándole importancia, diciéndole que no había problema y que, claro, cuando ella pudiera yo estaría dispuesto.
Cambié la ropa limpia que me había puesto para verla por un suéter bastante maltratado que utilizaba a manera de pijama, apagué las luces y me metí en la cama; al apagar la luz, lo único que iluminaba mi departamento era el reflejo de un anuncio luminoso. Estaba pensando en lo que Marta podía estar haciendo a esa hora con sus padres lejos de casa y ella sola con su novio, era uno de esos pensamientos masoquistas que no te abandona por más intentos que hagas de pensar en algo diferente y conciliar el sueño. Entonces llamaron a la puerta.
16
Era ella. Vestía una blusa negra con botones al frente, una falda del mismo color y un saco formal, la miré de arriba a abajo, mientras ella veía fijamente el suéter que yo vestía, nos sonreímos, la invité a pasar, me cambiaría y podríamos salir de inmediato, le sugerí. No pareció muy entusiasmada.
- No importa -, me dijo -, mejor tomamos algo aquí, se me ha hecho tarde y no creo que podamos ir a ninguna parte.
- Está bien, yo estoy contento con verte - contesté -, mientras comenzaba a preparar café.
Marta dio una vuelta por mi minúsculo hogar, observando con curiosidad los libros que tenía y los pocos muebles que ocupaba. Finalmente se sentó en un viejo sofá que hacía las veces de sala.
- ¿ No tienes televisor ? - preguntó.
- No, no me gusta verlo, prefiero leer ó ir al cine - le mentí mientras terminaba de servir las tazas de café. Salí de la cocina y me acerqué a ella extendiéndole su bebida.
- Está caliente, ten cuidado - dije al entregársela.
- Gracias - me contestó mientras ponía la taza en el suelo.
Me senté junto a ella y di un pequeño sorbo a mi café, estaba ardiendo, era imposible tomarlo, dejé mi taza junto a la suya.
Guardamos silencio unos instantes, después me animé a decirle:
- Te esperaba más temprano, pensé que no vendrías.
- No me reclames, lo importante es que llegué, me fue bastante difícil llegar para que no lo agradezcas -. Contestó.
Me quedé callado, noté que tenía mal humor y temí echar todo a perder, tomé su mano y la miré esperando que fuese ella quien comenzara a hablar cuando quisiera.
No dijo nada, sujetó mis manos guiándolas suavemente hacia sus pechos; sentí su consistencia firme bajo la blusa, extendí los dedos sobre ellos, abarcándolos, del centro hacia afuera y nuevamente al centro, miré sus ojos buscando aprobación, Marta abrió ligeramente los labios, entonces la besé, primero en la boca y después en los oídos, bajé una mano hacía sus muslos, me excitó sentir sus medias ciñendo sus piernas, avancé bajo su falda mientras continuaba acariciando su pecho, ella cruzó los brazos detrás de mi cabeza y pegó su rostro al mío.
Desabotoné la blusa para tocar su sostén, era de una tela delgada y me permitía acariciar su pezón, levanté con los dedos el tirante para oprimir ligeramente su pecho con la palma de mi mano. Marta puso una de sus piernas entre las mías comenzando a frotar mi pene con su muslo, sentía su carne rozar suave y rítmicamente mis testículos; con la mano que acariciaba sus piernas quise tocar su pubis pero me detuvo poniendo su mano sobre la mía; desabroché el sostén para besar sus senos, mordí sus pezones mientras hacía círculos alrededor de ellos con mi lengua.
Ella continuó frotándome con su pierna, sobre mi pantalón tomó entre sus dedos mi pene, lo acarició firmemente imitando el movimiento que hacía con su muslo, tomé sus pechos con mis manos y la besé en los labios largamente mientras mi semen corría empapando el pantalón.
- ¿ Ya te mojaste ? - me preguntó mientras se reía.
Se puso de pie haciéndome recostar en el sillón, se quitó la falda y la blusa; desabrochó mis pantalones y tomó mi trusa para quitarme ambas prendas con sólo movimiento, yo la dejaba hacer, ayudándole sólo si era necesario, en esos momentos era incapaz de pensar en algo; tomó su sostén entre las manos para limpiar cuidadosamente donde había escurrido mi esperma: primero los muslos, después los testículos para, finalmente, detenerse en el pene. La tela era muy suave y me hizo sentir un cosquilleo casi insoportable; puso una de sus manos en mi abdomen para evitar que me moviera; cuando terminó de limpiarme yo tenía nuevamente una erección. Se quitó las bragas y tapó mis ojos con ellas; sentí su lengua lamer mi pene, lo introdujo entre sus labios, cuando estaba muy cerca de venirme nuevamente se detuvo, quité su ropa interior de mi rostro para verla, se montó en mí poniendo su sexo muy cerca del mío, se mojó el dedo índice en la boca y comenzó a masturbarse; oprimí sus pechos con mis manos; levantó ligeramente sus caderas colocándose sobre mi pene, se dejó caer despacio para que la penetrara muy lentamente, cuando sintió mis testículos rozar su vello púbico se mordió el labio inferior de una forma que no consigo olvidar, parecía que estuviera haciendo el amor con ella misma, entregándose a una forma de placer del cual yo tomara parte sólo de manera incidental.
Movía sus caderas de arriba a abajo a diferentes ritmos, cuando sentía que estaba próximo a eyacular se detenía momentáneamente ó cambiaba de dirección a izquierda y derecha, yo me sentía suspendido en un instante infinito mientras veía mi verga entrar y salir de ella, esforzándome para aguantar lo más posible, entonces abrió un poco más sus piernas dejándose caer despacio pero firmemente sobre mi. No sé como explicarlo, pero estoy seguro que alcancé una parte interior de ella que no puedo definir, algo que no he visto aparecer en ningún gráfico de los libros de anatomía.
Cerré mis ojos hundiendo mis dedos en sus pechos y eyaculé abundantemente. De sus labios salió un grito ahogado, hizo pequeños movimientos hasta exprimir la última gota de semen; cuando se detuvo abrí los ojos: ella sonreía. Puedo jurárselos, esa sonrisa no era humana.
jueves, 17 de junio de 2010
La Hora, capítulo 6
11 : 10
Marta era una correctora de estilo en la sección deportiva del periódico, acostumbraba acompañarla a su casa cuando terminaba de formar la edición de su página, eso ocurría normalmente a las dos ó tres de la madrugada; conversábamos entre murmullos a la entrada del edificio donde vivía, como si pudiésemos despertar a los vecinos, nos despedíamos con un beso desganado y yo regresaba al periódico para terminar de revelar los negativos.
Tres meses antes de que yo abandonara el empleo ella consiguió un puesto en una revista de publicación mensual; con su nuevo horario de trabajo resultaba imposible vernos, al principio le llamaba por teléfono a su oficina, después dejé de hacerlo, no tenía sentido prolongar una relación reducida a varios minutos de llamadas telefónicas.
Ahora, con todo el tiempo disponible me pareció lo más natural buscarla, sentía curiosidad, quería mirarla durante el día, la conocía de noche, siempre sintiéndonos ligeramente desvelados, presentía que la luz la había transformado en una persona diferente a la que conocía.
11
Fue necesario insistir mucho para que aceptara verme, de acuerdo a sus palabras, se había sentido muy mal cuando dejé de llamarle; la había abandonado, no fui capaz de esforzarme un poco para continuar juntos, que importaba que no durmiera un par de horas para ir, por ejemplo, a comer con ella; ahora la buscaba como si tal cosa, como si no sufriera por mi causa.
Traté de explicarle que ese par de horas en realidad serían cinco, considerando la distancia entre mi casa, su empleo y el periódico, ese era el tiempo que tenía para dormir, resultaba casi imposible sobrevivir sin dormir.
- Si me querías - afirmó -, hasta eso podías haber hecho.
- Está bien, me declaro culpable, pero ahora necesito verte, tengo todo el tiempo para estar contigo - contesté -.
Al parecer fue aceptar mi culpa lo que finalmente la convenció, nos veríamos esa misma tarde en un café cercano a su casa.
Marta era una correctora de estilo en la sección deportiva del periódico, acostumbraba acompañarla a su casa cuando terminaba de formar la edición de su página, eso ocurría normalmente a las dos ó tres de la madrugada; conversábamos entre murmullos a la entrada del edificio donde vivía, como si pudiésemos despertar a los vecinos, nos despedíamos con un beso desganado y yo regresaba al periódico para terminar de revelar los negativos.
Tres meses antes de que yo abandonara el empleo ella consiguió un puesto en una revista de publicación mensual; con su nuevo horario de trabajo resultaba imposible vernos, al principio le llamaba por teléfono a su oficina, después dejé de hacerlo, no tenía sentido prolongar una relación reducida a varios minutos de llamadas telefónicas.
Ahora, con todo el tiempo disponible me pareció lo más natural buscarla, sentía curiosidad, quería mirarla durante el día, la conocía de noche, siempre sintiéndonos ligeramente desvelados, presentía que la luz la había transformado en una persona diferente a la que conocía.
11
Fue necesario insistir mucho para que aceptara verme, de acuerdo a sus palabras, se había sentido muy mal cuando dejé de llamarle; la había abandonado, no fui capaz de esforzarme un poco para continuar juntos, que importaba que no durmiera un par de horas para ir, por ejemplo, a comer con ella; ahora la buscaba como si tal cosa, como si no sufriera por mi causa.
Traté de explicarle que ese par de horas en realidad serían cinco, considerando la distancia entre mi casa, su empleo y el periódico, ese era el tiempo que tenía para dormir, resultaba casi imposible sobrevivir sin dormir.
- Si me querías - afirmó -, hasta eso podías haber hecho.
- Está bien, me declaro culpable, pero ahora necesito verte, tengo todo el tiempo para estar contigo - contesté -.
Al parecer fue aceptar mi culpa lo que finalmente la convenció, nos veríamos esa misma tarde en un café cercano a su casa.
viernes, 11 de junio de 2010
La hora, capítulo 5
8
Era un departamento al sur de la ciudad, ubicado en un sexto piso, desde sus ventanas podía verse una larga avenida iluminada, muy pocas personas caminaban por ahí a esas horas. La amiga con quien vivía y sus amigos, una pareja joven también, se alegraron de verlo; según entendí, tenía la costumbre de perderse sin que supieran donde encontrarlo, en esta ocasión ya eran cuatro días sin tener noticias de él, me los presentó muy informalmente, Alicia, su compañera, era la más amable conmigo, suponía que yo lo había convencido de ir allá y se mostraba agradecida, no hice nada para cambiar su opinión.
-Rudolf ¿dónde estuviste? -le preguntaba con insistencia.
-Por ahí -contestaba él mostrando un poco de fastidio.
-Rodolfo ¿dónde está la bebida? -dije.
Fue entonces a la cocina y regresó con una botella de tequila. Alicia se acercó para murmurarme al oído - no te confíes demasiado, se pone difícil cuando bebe mucho -, - bueno, tendré cuidado - le contesté.
A ellos les gustaba cuidarlo, lo trataban como a un niño prodigio, Alicia era quien más se entusiasmaba con él, lo mimaba aprovechando cualquier oportunidad para acariciar sus manos ó pasar el brazo por sus hombros. Comenzamos a beber y a platicar, quisieron saber como nos conocimos, me preguntaron acerca de mis ocupaciones; nadie me creyó cuando les dije que era desempleado, pero les inspiré confianza, pronto la plática se hizo de ellos cuatro y, finalmente, se hizo de parejas. Me habían excluido, sentí hambre y fui a la cocina.
Abrí el refrigerador, tenían fruta, demasiada fruta y pocos alimentos preparados, seguro son naturistas - pensé -. Elegí dos manzanas y las combiné con sorbos de tequila, la mezcla resultaba horrible; renuncie al tequila y me preparé un café, no tenía humor para una borrachera larga, cuando terminé las manzanas, encontré un trozo de queso y pan, los comí despacio, durante ese tiempo nadie entró a la cocina, terminé el café y noté que no se escuchaba ruido en la sala. Me asomé para mirar que ocurría: Rodolfo estaba echado en el sofá, mientras Alicia se acomodaba encima de él, los otros dos debían estar en una habitación.
Eran tipos muy confiados donde se habían olvidado así de mí. Volví al refrigerador y terminé con el queso, no sabía cuando tendría otra comida gratis, se apagó la luz de la sala, deduje que estaban reconciliándose amorosamente, yo no les preocupaba en lo más mínimo, tomé una bolsa e introduje un racimo de plátanos, apagué la luz de la cocina y recorrí la sala procurando no mirar hacia donde estaban Rudolf y Alicia, al salir, él se interrumpió un instante para decirme - Ven cuando quieras, me gustaría seguir platicando contigo -. Asentí con la cabeza y cerré la puerta sin hacer ruido.
9
El día siguiente lo pasé en mi cama, no tenía fuerza para levantarme; es difícil ponerte de pie cuando te has dado cuenta de la inutilidad de todo. Estar entre las cobijas a las tres de la tarde, ignorando la fecha en que vivía, era una sensación agradable.
Cerré los ojos para continuar durmiendo, descubrí entonces la parte más necesaria de mi cuerpo: los párpados. Es bueno poder cerrar los ojos. Imagina por un momento a todos con los ojos siempre abiertos, siempre mirando algo, sin reposo, imagina caminar por la calles viendo a todos, mostrándote sus rostros con los ojos convertidos en unos globos blancos, y en el centro de esos globos un agujero obscuro, y tú sin poder evitarlos, sin la posibilidad del disimulo, sin la posibilidad de la mentira.
Lo que sostiene al mundo, lo que hace posible pasar por encima de lo más terrible y seguir viviendo son los párpados, es cerrar los ojos, es poder mentir, poder mentirte tu mismo.
Jalé las cobijas y las puse sobre mi cara. Dormí el resto del día y la noche.
Era un departamento al sur de la ciudad, ubicado en un sexto piso, desde sus ventanas podía verse una larga avenida iluminada, muy pocas personas caminaban por ahí a esas horas. La amiga con quien vivía y sus amigos, una pareja joven también, se alegraron de verlo; según entendí, tenía la costumbre de perderse sin que supieran donde encontrarlo, en esta ocasión ya eran cuatro días sin tener noticias de él, me los presentó muy informalmente, Alicia, su compañera, era la más amable conmigo, suponía que yo lo había convencido de ir allá y se mostraba agradecida, no hice nada para cambiar su opinión.
-Rudolf ¿dónde estuviste? -le preguntaba con insistencia.
-Por ahí -contestaba él mostrando un poco de fastidio.
-Rodolfo ¿dónde está la bebida? -dije.
Fue entonces a la cocina y regresó con una botella de tequila. Alicia se acercó para murmurarme al oído - no te confíes demasiado, se pone difícil cuando bebe mucho -, - bueno, tendré cuidado - le contesté.
A ellos les gustaba cuidarlo, lo trataban como a un niño prodigio, Alicia era quien más se entusiasmaba con él, lo mimaba aprovechando cualquier oportunidad para acariciar sus manos ó pasar el brazo por sus hombros. Comenzamos a beber y a platicar, quisieron saber como nos conocimos, me preguntaron acerca de mis ocupaciones; nadie me creyó cuando les dije que era desempleado, pero les inspiré confianza, pronto la plática se hizo de ellos cuatro y, finalmente, se hizo de parejas. Me habían excluido, sentí hambre y fui a la cocina.
Abrí el refrigerador, tenían fruta, demasiada fruta y pocos alimentos preparados, seguro son naturistas - pensé -. Elegí dos manzanas y las combiné con sorbos de tequila, la mezcla resultaba horrible; renuncie al tequila y me preparé un café, no tenía humor para una borrachera larga, cuando terminé las manzanas, encontré un trozo de queso y pan, los comí despacio, durante ese tiempo nadie entró a la cocina, terminé el café y noté que no se escuchaba ruido en la sala. Me asomé para mirar que ocurría: Rodolfo estaba echado en el sofá, mientras Alicia se acomodaba encima de él, los otros dos debían estar en una habitación.
Eran tipos muy confiados donde se habían olvidado así de mí. Volví al refrigerador y terminé con el queso, no sabía cuando tendría otra comida gratis, se apagó la luz de la sala, deduje que estaban reconciliándose amorosamente, yo no les preocupaba en lo más mínimo, tomé una bolsa e introduje un racimo de plátanos, apagué la luz de la cocina y recorrí la sala procurando no mirar hacia donde estaban Rudolf y Alicia, al salir, él se interrumpió un instante para decirme - Ven cuando quieras, me gustaría seguir platicando contigo -. Asentí con la cabeza y cerré la puerta sin hacer ruido.
9
El día siguiente lo pasé en mi cama, no tenía fuerza para levantarme; es difícil ponerte de pie cuando te has dado cuenta de la inutilidad de todo. Estar entre las cobijas a las tres de la tarde, ignorando la fecha en que vivía, era una sensación agradable.
Cerré los ojos para continuar durmiendo, descubrí entonces la parte más necesaria de mi cuerpo: los párpados. Es bueno poder cerrar los ojos. Imagina por un momento a todos con los ojos siempre abiertos, siempre mirando algo, sin reposo, imagina caminar por la calles viendo a todos, mostrándote sus rostros con los ojos convertidos en unos globos blancos, y en el centro de esos globos un agujero obscuro, y tú sin poder evitarlos, sin la posibilidad del disimulo, sin la posibilidad de la mentira.
Lo que sostiene al mundo, lo que hace posible pasar por encima de lo más terrible y seguir viviendo son los párpados, es cerrar los ojos, es poder mentir, poder mentirte tu mismo.
Jalé las cobijas y las puse sobre mi cara. Dormí el resto del día y la noche.
jueves, 10 de junio de 2010
La Hora, capítulo 4
5
Cuando me sentí con suficiente ánimo regresé a la calle, el peligro había desaparecido y, con tranquilidad, pude llegar a la tienda de aparatos usados. Puse mi televisor sobre el mostrador esperando a que el empleado me atendiera.
- Vengo a venderla -, le dije.
- Bien, muéstreme la factura por favor - solicitó.
El sujeto conocía bien su negocio, sabía que sin factura tendría que aceptar mucho menos dinero que el valor del aparato, yo había perdido ese papel hacía bastante tiempo.
- No tengo la factura -, contesté.
- Sin factura no podemos comprarla, no sabemos si es robada - afirmó en un tono concluyente.
- Está bien, ¿cuánto piensas darme? - le insistí.
Me ofreció una cifra que, ambos sabíamos, era mucho menor al precio en que él la vendería cuando hubiese conseguido una factura falsa, pero no tenía ánimo suficiente para ir de tienda en tienda sabiendo que difícilmente conseguiría un importe mucho mayor. Acepté el dinero.
Cuando llegué a mi casa, el lugar me pareció más grande, en realidad, ocupamos muy poco espacio en los lugares que habitamos; nos llenan los objetos, somos un pretexto para la existencia de las cosas, ellas son quienes nos habitan. Quise oír una voz distinta de la mía, entonces me arrepentí de vender el televisor.
6
Fui al Borcelinos, busqué la mesa más alejada del ruido normal del bar, no quería oír la plática de nadie a mí alrededor. Pedí una cerveza, cuando la trajo el mesero, puse el vaso en el centro de la mesa y me dediqué a contemplarlo; desde el fondo de la silla tenía una visión distinta del mundo: miraba el mobiliario y a las personas como si no tuvieran nada que ver conmigo, es decir, como si pertenecieran a un momento diferente al mío, poniendo la misma distancia que, inconscientemente, ponemos al mirar los objetos en un museo. Ahí están, ajenos a nuestra presencia, esperando a quienes cubrían con ellos sus espacios cotidianos. Las cosas no son iguales cuando las llenamos de distancias.
Un tipo alto, de piel blanca y cabello rubio se paró frente a mí, lucía una sonrisa amigable, dijo llamarse Rudolf, tenía una cita - me explicó -, pero lo habían dejado plantado, quería sentarse conmigo, no le gustaba beber solo. Hablaba con acento extranjero, le pregunté donde había nacido.
- En Holanda, soy holandés -, dijo la frase como si contestara a un cuestionario que le hubieran practicado infinidad de veces, me hizo sentir como inspector de aduanas.
- ¿Y que haces aquí?, quiero decir, en este país -, dije tratando de sonar más amistoso.
- Trabajo en un proyecto agrícola, estamos intentando hacer producir más las semillas de un pueblo metido en la sierra - , se mostró agradecido de darle una oportunidad para comenzar la plática.
- Pero, ¿porqué aquí?, ¿porqué no en Holanda? -, me intrigaba que alguien dejara una sociedad industrial para vivir en el tercer mundo.
- Me salí de Holanda cuando se suicidó una amiga, nunca pude entender porqué lo hizo, tenía un buen empleo, dos hijos, su esposo era un buen tipo. La encontraron ahogada en su tina de baño, según decía en la nota que dejó, cuando tuvo todo lo que podía, se dio cuenta que no lo necesitaba. No sé, no consigo explicármelo todavía - narró la historia como si la repitiera para sí mismo, confirmándose que había tomado las decisiones correctas.
- Bueno, no sé, siempre hace falta algo, te acostumbras a necesitar, a buscar; debe ser muy difícil sentirte lleno de pronto, saturado de lo que tu mismo perseguiste - le dije no muy convencido de mi discurso, yo tampoco me encontraba demasiado motivado a pesar de necesitar casi todo.
- Sí, debe ser - afirmó con indiferencia.
7
Pidió las siguientes cervezas, me alegré, justo cuando lo necesitaba aparecía el ángel pagador. La conversación tomó su propio ritmo, era un buen narrador; el trámite para llegar aquí no parecía muy complicado, buscó en la universidad donde estudiaba un proyecto europeo de ayuda a países pobres y se embarcó, ganaba su salario en dólares, eso le permitía vivir bien aquí, además, lejos de sus referencias, de las personas que lo conocían, sentía un nuevo aire, una oportunidad para iniciarse nuevamente. Le gustaba la pobreza que veía en la ciudad, pensaba que era bueno vivir en medio de una sociedad a la que le faltaba todo por hacer, según él, era imposible aburrirte en un país que te permitía construirlo todo nuevo.
Lo interrumpí, la verdad es que vivimos así porque no tenemos más remedio, si pudiéramos cambiarlo lo haríamos, es más, si consiguiéramos irnos a otra parte, la mayoría diría que no, pero aceptaríamos el boleto inmediatamente.
Sonrió, levantó su cerveza y brindamos. Me invitó a su casa, vivía con una amiga, seguro me caería bien; hoy tendrían invitados pero no había problema en llegar con uno más, era una reunión totalmente informal.
Nos fuimos en su auto, manejaba con mucha precaución mientras silbaba una canción holandesa.
Cuando me sentí con suficiente ánimo regresé a la calle, el peligro había desaparecido y, con tranquilidad, pude llegar a la tienda de aparatos usados. Puse mi televisor sobre el mostrador esperando a que el empleado me atendiera.
- Vengo a venderla -, le dije.
- Bien, muéstreme la factura por favor - solicitó.
El sujeto conocía bien su negocio, sabía que sin factura tendría que aceptar mucho menos dinero que el valor del aparato, yo había perdido ese papel hacía bastante tiempo.
- No tengo la factura -, contesté.
- Sin factura no podemos comprarla, no sabemos si es robada - afirmó en un tono concluyente.
- Está bien, ¿cuánto piensas darme? - le insistí.
Me ofreció una cifra que, ambos sabíamos, era mucho menor al precio en que él la vendería cuando hubiese conseguido una factura falsa, pero no tenía ánimo suficiente para ir de tienda en tienda sabiendo que difícilmente conseguiría un importe mucho mayor. Acepté el dinero.
Cuando llegué a mi casa, el lugar me pareció más grande, en realidad, ocupamos muy poco espacio en los lugares que habitamos; nos llenan los objetos, somos un pretexto para la existencia de las cosas, ellas son quienes nos habitan. Quise oír una voz distinta de la mía, entonces me arrepentí de vender el televisor.
6
Fui al Borcelinos, busqué la mesa más alejada del ruido normal del bar, no quería oír la plática de nadie a mí alrededor. Pedí una cerveza, cuando la trajo el mesero, puse el vaso en el centro de la mesa y me dediqué a contemplarlo; desde el fondo de la silla tenía una visión distinta del mundo: miraba el mobiliario y a las personas como si no tuvieran nada que ver conmigo, es decir, como si pertenecieran a un momento diferente al mío, poniendo la misma distancia que, inconscientemente, ponemos al mirar los objetos en un museo. Ahí están, ajenos a nuestra presencia, esperando a quienes cubrían con ellos sus espacios cotidianos. Las cosas no son iguales cuando las llenamos de distancias.
Un tipo alto, de piel blanca y cabello rubio se paró frente a mí, lucía una sonrisa amigable, dijo llamarse Rudolf, tenía una cita - me explicó -, pero lo habían dejado plantado, quería sentarse conmigo, no le gustaba beber solo. Hablaba con acento extranjero, le pregunté donde había nacido.
- En Holanda, soy holandés -, dijo la frase como si contestara a un cuestionario que le hubieran practicado infinidad de veces, me hizo sentir como inspector de aduanas.
- ¿Y que haces aquí?, quiero decir, en este país -, dije tratando de sonar más amistoso.
- Trabajo en un proyecto agrícola, estamos intentando hacer producir más las semillas de un pueblo metido en la sierra - , se mostró agradecido de darle una oportunidad para comenzar la plática.
- Pero, ¿porqué aquí?, ¿porqué no en Holanda? -, me intrigaba que alguien dejara una sociedad industrial para vivir en el tercer mundo.
- Me salí de Holanda cuando se suicidó una amiga, nunca pude entender porqué lo hizo, tenía un buen empleo, dos hijos, su esposo era un buen tipo. La encontraron ahogada en su tina de baño, según decía en la nota que dejó, cuando tuvo todo lo que podía, se dio cuenta que no lo necesitaba. No sé, no consigo explicármelo todavía - narró la historia como si la repitiera para sí mismo, confirmándose que había tomado las decisiones correctas.
- Bueno, no sé, siempre hace falta algo, te acostumbras a necesitar, a buscar; debe ser muy difícil sentirte lleno de pronto, saturado de lo que tu mismo perseguiste - le dije no muy convencido de mi discurso, yo tampoco me encontraba demasiado motivado a pesar de necesitar casi todo.
- Sí, debe ser - afirmó con indiferencia.
7
Pidió las siguientes cervezas, me alegré, justo cuando lo necesitaba aparecía el ángel pagador. La conversación tomó su propio ritmo, era un buen narrador; el trámite para llegar aquí no parecía muy complicado, buscó en la universidad donde estudiaba un proyecto europeo de ayuda a países pobres y se embarcó, ganaba su salario en dólares, eso le permitía vivir bien aquí, además, lejos de sus referencias, de las personas que lo conocían, sentía un nuevo aire, una oportunidad para iniciarse nuevamente. Le gustaba la pobreza que veía en la ciudad, pensaba que era bueno vivir en medio de una sociedad a la que le faltaba todo por hacer, según él, era imposible aburrirte en un país que te permitía construirlo todo nuevo.
Lo interrumpí, la verdad es que vivimos así porque no tenemos más remedio, si pudiéramos cambiarlo lo haríamos, es más, si consiguiéramos irnos a otra parte, la mayoría diría que no, pero aceptaríamos el boleto inmediatamente.
Sonrió, levantó su cerveza y brindamos. Me invitó a su casa, vivía con una amiga, seguro me caería bien; hoy tendrían invitados pero no había problema en llegar con uno más, era una reunión totalmente informal.
Nos fuimos en su auto, manejaba con mucha precaución mientras silbaba una canción holandesa.
miércoles, 9 de junio de 2010
La Hora, capítulo 3
3
Decidí vender la televisión, con el horario del periódico rara vez podía verla; llegaba a casa a las seis de la mañana, a esa hora comenzaban los noticieros y los programas de consejos para la familia feliz, en la tarde, cuando podía ver algo interesante, era la hora en que tenía que salir a trabajar. En ese momento no sentía la necesidad de un televisor y fue lo primero que se me ocurrió vender para hacerme de un poco de recursos.
Me informé de los lugares donde compraban televisores usados, en el centro de la ciudad existían tiendas para vender y adquirir artículos usados; pensé en cómo podían existir ese tipo de ocupaciones, mientras yo tenía que vivir preocupado por un empleo que no me gustaba y no podía dejar; todo ese tiempo desperdiciado en el periódico, cuando había tipos que podían pasarla detrás de un mostrador y la gente llevando y trayendo televisores para que ellos sobrevivieran.
4
La calle donde vendería mi televisión estaba plagada de vendedores ambulantes, ocupaban todo el espacio disponible en las banquetas, era necesario caminar por la calle ó entre los puestos con suficiente agilidad para no pisar sus mercancías, si las pisaba podía verme a mitad de un lío muy fácilmente; los vendedores ambulantes no son muy pacientes cuando alguien daña sus pertenencias, en el periódico había formado alguna vez una página donde narraban la muerte de un usuario del metro a manos de cinco vendedores por intentar devolver una radio en mal estado. Los vendedores lo habían ultimado de veintitrés cuchilladas, cuando la policía detuvo a los culpables, sus compañeros organizaron manifestaciones que desquiciaban el tráfico en la ciudad, al final consiguieron liberarlos de todos los cargos y más espacios para vender dentro de las estaciones del metro.
Considerando esos antecedentes, caminaba cuidadosamente con el televisor en mis brazos. Sostener un cubo de doce pulgadas mientras escuchas los desaforados gritos de los comerciantes y eludes los obstáculos que han puesto en la calle puede ser muy complicado, más si te encuentras de improviso con la primer panadería ambulante de América latina: una señora había instalado, muy hábilmente, sobre cajas de cartón, la variedad más grande de pan dulce que jamás había visto. Pisé accidentalmente una cáscara de fruta muy resbalosa, mi rodilla dio contra una caja de cartón repleta de donas, despacio, muy despacio, se deslizó y tiró otra caja que contenía panqués, una más la siguió en su caída y las donas acabaron en un charco de agua sucia, mientras los panqués se deshacían bajo mis pies.
He leído que el hombre, en situaciones de peligro, puede conseguir hazañas que, bajo condiciones normales, le resulta imposible repetir. Esa ocasión pude constatarlo. Corrí entre los puestos ágilmente, eludiendo a los vendedores que trataron de cerrarme el paso, mis brazos olvidaron el peso del televisor coordinando sus movimientos con los de mis piernas, mi cuerpo era un todo armónico con el aparato de televisión, el cerebro trabajó independiente a la carrera, visualizando claramente los pequeños huecos por donde podía huir. En ese momento viví la claridad que puede encontrar un atleta después de años de entrenamiento, separando al cerebro del resto de sí mismo, para conseguir justo lo que necesita de su cuerpo.
Mis ojos distinguieron una puerta abierta, era la entrada de un edificio, corrí por un pasillo largo, obscuro, al final de él se veía un rectángulo de luz, era un patio formado por las paredes interiores del edificio, desde ahí se distinguían las ventanas de los departamentos. Seguro de haber perdido a mis perseguidores me senté para recuperar el aliento.
El patio estaba silencioso, desde mi posición pude ver a una persona en una de las ventanas mirándome con desconfianza, decidí ignorarla mientras intentaba llenar de aire mis pulmones; durante los siguientes quince minutos no escuché otra cosa que mi respiración, aire entrando, aire saliendo, sale, entra; eso es todo, así será mientras estemos vivos; eso somos, aire entra, aire sale.
Decidí vender la televisión, con el horario del periódico rara vez podía verla; llegaba a casa a las seis de la mañana, a esa hora comenzaban los noticieros y los programas de consejos para la familia feliz, en la tarde, cuando podía ver algo interesante, era la hora en que tenía que salir a trabajar. En ese momento no sentía la necesidad de un televisor y fue lo primero que se me ocurrió vender para hacerme de un poco de recursos.
Me informé de los lugares donde compraban televisores usados, en el centro de la ciudad existían tiendas para vender y adquirir artículos usados; pensé en cómo podían existir ese tipo de ocupaciones, mientras yo tenía que vivir preocupado por un empleo que no me gustaba y no podía dejar; todo ese tiempo desperdiciado en el periódico, cuando había tipos que podían pasarla detrás de un mostrador y la gente llevando y trayendo televisores para que ellos sobrevivieran.
4
La calle donde vendería mi televisión estaba plagada de vendedores ambulantes, ocupaban todo el espacio disponible en las banquetas, era necesario caminar por la calle ó entre los puestos con suficiente agilidad para no pisar sus mercancías, si las pisaba podía verme a mitad de un lío muy fácilmente; los vendedores ambulantes no son muy pacientes cuando alguien daña sus pertenencias, en el periódico había formado alguna vez una página donde narraban la muerte de un usuario del metro a manos de cinco vendedores por intentar devolver una radio en mal estado. Los vendedores lo habían ultimado de veintitrés cuchilladas, cuando la policía detuvo a los culpables, sus compañeros organizaron manifestaciones que desquiciaban el tráfico en la ciudad, al final consiguieron liberarlos de todos los cargos y más espacios para vender dentro de las estaciones del metro.
Considerando esos antecedentes, caminaba cuidadosamente con el televisor en mis brazos. Sostener un cubo de doce pulgadas mientras escuchas los desaforados gritos de los comerciantes y eludes los obstáculos que han puesto en la calle puede ser muy complicado, más si te encuentras de improviso con la primer panadería ambulante de América latina: una señora había instalado, muy hábilmente, sobre cajas de cartón, la variedad más grande de pan dulce que jamás había visto. Pisé accidentalmente una cáscara de fruta muy resbalosa, mi rodilla dio contra una caja de cartón repleta de donas, despacio, muy despacio, se deslizó y tiró otra caja que contenía panqués, una más la siguió en su caída y las donas acabaron en un charco de agua sucia, mientras los panqués se deshacían bajo mis pies.
He leído que el hombre, en situaciones de peligro, puede conseguir hazañas que, bajo condiciones normales, le resulta imposible repetir. Esa ocasión pude constatarlo. Corrí entre los puestos ágilmente, eludiendo a los vendedores que trataron de cerrarme el paso, mis brazos olvidaron el peso del televisor coordinando sus movimientos con los de mis piernas, mi cuerpo era un todo armónico con el aparato de televisión, el cerebro trabajó independiente a la carrera, visualizando claramente los pequeños huecos por donde podía huir. En ese momento viví la claridad que puede encontrar un atleta después de años de entrenamiento, separando al cerebro del resto de sí mismo, para conseguir justo lo que necesita de su cuerpo.
Mis ojos distinguieron una puerta abierta, era la entrada de un edificio, corrí por un pasillo largo, obscuro, al final de él se veía un rectángulo de luz, era un patio formado por las paredes interiores del edificio, desde ahí se distinguían las ventanas de los departamentos. Seguro de haber perdido a mis perseguidores me senté para recuperar el aliento.
El patio estaba silencioso, desde mi posición pude ver a una persona en una de las ventanas mirándome con desconfianza, decidí ignorarla mientras intentaba llenar de aire mis pulmones; durante los siguientes quince minutos no escuché otra cosa que mi respiración, aire entrando, aire saliendo, sale, entra; eso es todo, así será mientras estemos vivos; eso somos, aire entra, aire sale.
martes, 8 de junio de 2010
La Hora, capítulo 2
1
Salí de mi casa, era de noche otra vez, se acercaba el momento de volver al periódico, a otra sesión de formar páginas y obtener negativos en el cuarto oscuro. Me detuve frente a un teléfono público y marqué el número de la oficina, me contestó el jefe de sección:
-Hola, habla Francisco, no iré a trabajar -dije completamente decidido.
-No puedes faltar hoy, hasta mañana es tu día de descanso -contestó él, bastante disgustado.
-No me entiende -aclaré-. No iré a trabajar nunca más, renuncio.
-No lo tomes así -corrigió-. Está bien, encontraré un substituto para el día de hoy, te espero aquí mañana.
Colgué la bocina, no me creerían hasta que faltara una ó dos semanas, entonces contratarían a otro.
Me sentí mejor, sólo un poco mejor. Subí al metro y fui al bar que era mi refugio los días de pago, tenía un nombre que jamás entendí: “bar Borcelinos”, ¿qué significaría Borcelinos?
2
En la mesa acostumbrada encontré a Ismael, era amigo mío desde hacía bastantes años, estudió medicina, pero encontró la forma de hacer una fortuna fabricando helados de yoghurt y abandonó su profesión. Tenía un sentido práctico que le dificultaba ejercer la medicina, no podía ser feliz pensando en los enfermos, no toleraba convivir con el dolor, ni las consecuencias de esa convivencia; no le preocupaba tanto la muerte de sus pacientes como su supervivencia en un mundo donde el dolor los alcanzaría tarde ó temprano, somos demasiados - resumía -, y demasiado complejos.
Bebimos como en los mejores tiempos, despreocupados y tolerantes soportábamos nuestras ocurrencias de borrachos. En aquellos días no conocía la forma de detenerme para no sentir el malestar del exceso de alcohol, salimos del bar en la madrugada y fui vomitando hasta encontrar una banca en un parque, nos sentamos. Caminar mientras se vomita es agotador.
Le platiqué mi resolución de esa tarde: no trabajar hasta encontrar el empleo que hiciera sentirme bien los finales de quincena, el salario podría ser mucho ó poco, lo importante era encontrarme haciendo algo que me llenara lo suficiente como para mandar a segundo término al dinero.
Tienes enferma la cabeza - me decía -. ¿ De qué vas a vivir ahora ?, y reía, le parecía muy gracioso imaginarme muerto de hambre, rogando por un pan a los vecinos. Se tomó un momento para respirar, entonces aproveché para pedirle prestado. Me costaba trabajo pedir algo; cuando has vivido solo, aprendes a vivir con lo que tienes, en ocasiones cuesta trabajo pensar que tu mismo no puedes darte lo que necesitas, es terrible sentir esa fragilidad, aceptar que es posible escuchar un no como respuesta y sentirte culpable por escucharlo.
Ismael me miró entendiendo mi necesidad, todos nos rompemos alguna vez contra nosotros mismos y supo que había llegado mi momento. Me prestó lo suficiente para pagar la renta de dos meses. Habiendo resuelto donde dormir sólo tendría que preocuparme de comer.
Salí de mi casa, era de noche otra vez, se acercaba el momento de volver al periódico, a otra sesión de formar páginas y obtener negativos en el cuarto oscuro. Me detuve frente a un teléfono público y marqué el número de la oficina, me contestó el jefe de sección:
-Hola, habla Francisco, no iré a trabajar -dije completamente decidido.
-No puedes faltar hoy, hasta mañana es tu día de descanso -contestó él, bastante disgustado.
-No me entiende -aclaré-. No iré a trabajar nunca más, renuncio.
-No lo tomes así -corrigió-. Está bien, encontraré un substituto para el día de hoy, te espero aquí mañana.
Colgué la bocina, no me creerían hasta que faltara una ó dos semanas, entonces contratarían a otro.
Me sentí mejor, sólo un poco mejor. Subí al metro y fui al bar que era mi refugio los días de pago, tenía un nombre que jamás entendí: “bar Borcelinos”, ¿qué significaría Borcelinos?
2
En la mesa acostumbrada encontré a Ismael, era amigo mío desde hacía bastantes años, estudió medicina, pero encontró la forma de hacer una fortuna fabricando helados de yoghurt y abandonó su profesión. Tenía un sentido práctico que le dificultaba ejercer la medicina, no podía ser feliz pensando en los enfermos, no toleraba convivir con el dolor, ni las consecuencias de esa convivencia; no le preocupaba tanto la muerte de sus pacientes como su supervivencia en un mundo donde el dolor los alcanzaría tarde ó temprano, somos demasiados - resumía -, y demasiado complejos.
Bebimos como en los mejores tiempos, despreocupados y tolerantes soportábamos nuestras ocurrencias de borrachos. En aquellos días no conocía la forma de detenerme para no sentir el malestar del exceso de alcohol, salimos del bar en la madrugada y fui vomitando hasta encontrar una banca en un parque, nos sentamos. Caminar mientras se vomita es agotador.
Le platiqué mi resolución de esa tarde: no trabajar hasta encontrar el empleo que hiciera sentirme bien los finales de quincena, el salario podría ser mucho ó poco, lo importante era encontrarme haciendo algo que me llenara lo suficiente como para mandar a segundo término al dinero.
Tienes enferma la cabeza - me decía -. ¿ De qué vas a vivir ahora ?, y reía, le parecía muy gracioso imaginarme muerto de hambre, rogando por un pan a los vecinos. Se tomó un momento para respirar, entonces aproveché para pedirle prestado. Me costaba trabajo pedir algo; cuando has vivido solo, aprendes a vivir con lo que tienes, en ocasiones cuesta trabajo pensar que tu mismo no puedes darte lo que necesitas, es terrible sentir esa fragilidad, aceptar que es posible escuchar un no como respuesta y sentirte culpable por escucharlo.
Ismael me miró entendiendo mi necesidad, todos nos rompemos alguna vez contra nosotros mismos y supo que había llegado mi momento. Me prestó lo suficiente para pagar la renta de dos meses. Habiendo resuelto donde dormir sólo tendría que preocuparme de comer.
lunes, 7 de junio de 2010
La Hora, capítulo 1
11:00
Trabajaba en el cuarto oscuro de un periódico, revelando las fotografías y los negativos que conformaban las páginas del diario matutino. La jornada comenzaba a las ocho de la noche terminando en las primeras horas de la mañana siguiente. Era un sitio triste, la penumbra hacía imposible ver más allá de mis manos. Cuando mis ojos se acostumbraron a ver en ese ambiente, al salir de trabajar, el sol me molestaba. Caminar por la calle durante del día era más difícil: la luz no me dejaba ver. Era un ciego de la luz.
Cobré esa tarde, aparté el dinero para la renta, pagué mis deudas y descubrí que me quedaba apenas lo necesario para sobrevivir dos ó tres días. Me sentí desolado. Era evidente que algo no funcionaba, quizá era yo mismo quien no funcionaba. Entré a mi cuarto y me tiré en la cama, miré el techo durante horas, sin desear otra cosa que permanecer echado.
Pasarme la vida haciendo lo que no quiero y además estar jodido, estar jodido, estar jodido… había caído en un círculo, estaba perdiendo mi salud mental, no conseguía dejar esa idea, su eco me impedía concentrarme en alguna otra cosa, estar jodido… estar jodido… estar jodido…
Trabajaba en el cuarto oscuro de un periódico, revelando las fotografías y los negativos que conformaban las páginas del diario matutino. La jornada comenzaba a las ocho de la noche terminando en las primeras horas de la mañana siguiente. Era un sitio triste, la penumbra hacía imposible ver más allá de mis manos. Cuando mis ojos se acostumbraron a ver en ese ambiente, al salir de trabajar, el sol me molestaba. Caminar por la calle durante del día era más difícil: la luz no me dejaba ver. Era un ciego de la luz.
Cobré esa tarde, aparté el dinero para la renta, pagué mis deudas y descubrí que me quedaba apenas lo necesario para sobrevivir dos ó tres días. Me sentí desolado. Era evidente que algo no funcionaba, quizá era yo mismo quien no funcionaba. Entré a mi cuarto y me tiré en la cama, miré el techo durante horas, sin desear otra cosa que permanecer echado.
Pasarme la vida haciendo lo que no quiero y además estar jodido, estar jodido, estar jodido… había caído en un círculo, estaba perdiendo mi salud mental, no conseguía dejar esa idea, su eco me impedía concentrarme en alguna otra cosa, estar jodido… estar jodido… estar jodido…
Bienvenida
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