viernes, 5 de noviembre de 2010

Ocho días

1. En el primer día abro el libro de las mil y una noches para sumergirme en la magia del verbo. En el principio era la palabra y por la palabra aprendí lo que era bueno y lo que valía la pena vivir aunque los otros dijeran que era malo. Por las palabras me abrí paso entre mis semejantes y el prójimo se hizo próximo. Por las palabras me adueñé del pensamiento y pensé, más que en cosas, en ideas. Pude entonces imaginar un mundo diferente.

2. En el segundo día vi a un charco transformarse en un océano. La espuma de las olas cobijó mis pies y el horizonte era una mancha azul. Mis pasos en el agua hicieron ondas y un barco de papel sobrevivió al naufragio. Jugué con las sombras y una breve inclinación era una montaña indescifrable. La hierba más breve era el pretexto para edificar batallas y conquistas. Corrí sobre un potro imaginario y alcancé lo imposible que habitaba en mí.

3. En el tercer día me puse un uniforme, caminé con los otros y en una mesa, observando un pizarrón, descubrí que la vida era más ancha que mi casa y una gota de agua más profunda que todo mi universo. Descubrí que antes de nosotros hubo muchos, igual de sorprendidos frente a todo. Y su sorpresa la hicieron conocimiento, y saberlo nos hacía cada vez más poderosos.

4. En el cuarto día un compañero se hizo amigo, y compartimos el asombro de sabernos vivos. Platicamos y las horas se hicieron solidarias. Lo que pasaba nos pasaba juntos, y aprendí que la vida es distinta cuando nos acompañamos.

5. En el quinto día supe del trabajo como fuerza que nos cambia mientras cambiamos al mundo. Y el trabajo era bueno cuando nos apropiábamos de él para sabernos útiles, cuando podíamos compartir el esfuerzo y el producto. Y el trabajo era terrible cuando se hace para que otro no trabaje. Cuando el sudor es apropiado y se expropian las ideas. Aprendí que la libertad es un sueño que se gana cada día, y que soy libre en comunión con otros hombres.

6. En el sexto apareció ella y me tocó con su magia, y mis labios nunca volvieron a ser míos. Mis ojos eran el pretexto para mirar su cuerpo, y su piel era un desierto donde la arena hacía de la noche un milagro cotidiano. Junto a su presencia lo demás palidecía. Juntos fuimos más que dos y poco menos que infinitos.

7. En el séptimo día ella apareció en mis brazos, pequeña y frágil como un diamante. Su vida el producto de nuestra vida. Ella era el motivo de mis desvelos y alegrías. Su rostro es la suma todo los enigmas. Cree que todo lo sé y me pregunta porque las jirafas tiene el cuello tan largo, y la nieve es tan fría, y el agua tan brillante y el aire tan ligero. Me pregunta cómo fui yo en mi primer día mientras se duerme en mis brazos tan confiada, como si no hubiese dejado en mis hombros un peso mayor a todos los soles que recuerdo.

8. El octavo día descanso. Me entrego a la pereza con el placer de un dios agradecido. Extiendo mi espalda sobre mi cama mientras cuento el aire que entra en mis pulmones. Descanso y duermo, respiro profundo y sueño. Ya habrá más días la próxima semana.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Trayectorias

Emma está desnuda, mirando la ventana, distraída. Son las seis de la tarde, pero en el invierno neoyorquino ya es noche cerrada. Afuera hace frío; aquí, en este minúsculo departamento que compartimos la temperatura es cálida y amable. Nuestros encuentros amorosos tienen la mediana intensidad de una buena costumbre, suficiente para sorprendernos todavía.

-El problema es que nunca aprendimos a pensar por nosotros mismos -dice sin dejar de mirar por la ventana.

Tengo que salir a ganarme el pan vendiendo árboles de navidad. Me visto muy despacio. Las botas pesan, como el hambre que me hizo emigrar al norte, a ganar dólares para hacer un futuro posible.

El frío alcanzó los quince grados bajo cero, la calle se transforma en un bloque donde la noche se guarda sólida, dura como el concreto. Avanzo, me cuido de los árboles y las banquetas, vigilo el paso de los automóviles, escucho el largo aullido de las ambulancias, miro el reflejo azul y rojo de las patrullas, envidio los abrigos negros y largos como el café que me calienta.

Ahí, en ese sitio tan ajeno, en ese lugar donde no ocurren los milagros, donde la historia avanza y se detiene, ahí lo observo: flotando, trazando en el aire trayectorias imposibles, comprimiendo en su cristal el frío, los edificios, los amargos transeúntes, ahí está: el primer trozo de nieve que ilumina mis manos.

Este fragmento de hielo hace real la noche, la ciudad, el invierno, mi cuerpo, la ausencia, mi distancia. Y así, despacio, se derrite en mis manos y desaparece.

domingo, 19 de septiembre de 2010

La Hora, capítulo 15

12 : 00

Si pudiera, me gustaría repetir mentalmente todos los días de mi vida para tener plena conciencia de en qué momento se echó todo a perder. Quizá fueron las expectativas ó la fe ciega que tuve en ellas. Si consiguiera todas las piezas del rompecabezas tal vez lograra formar una figura diferente. Lo más triste sería que, después de ese esfuerzo, terminara en el mismo sitio, dentro de este mismo departamento, sintiendo que la vida se ha quedado con algo que me pertenecía.

Escarbo los bolsillos de mis pantalones en busca de las últimas monedas. La cantidad que consigo reunir es apenas suficiente para comprar un periódico y hacer un par de llamadas telefónicas. Tendré que pedir un nuevo préstamo a Ismael. Salgo de mi habitación con tres firmes convicciones.

Ejecuto la primera. Marco el número de Claudia. Tarda unos segundos en contestar, me dice que no puede entretenerse mucho ahora, está a mitad de un informe que debe entregar hoy mismo, pero quiere escuchar lo que tengo que decirle.

-Quiero vivir contigo -le digo. Lo más pronto posible, he descubierto que necesito sentirme cerca de ti…
-Está bien, yo también te quiero -me interrumpe. Pasa por mí al trabajo, platicaremos mejor en la tarde.
Antes de colgar me envía un beso con todo su amor.

La segunda, más que convicción es una necesidad, le llamo a Ismael. Me contesta su secretaria, se encuentra un poco ocupado pero tomará la llamada.

-¿Qué tal? -me saluda.
-¿Sabes que Rudolf se va a Holanda? -le pregunto solamente por hacer plática.
-Sí, me llamó ayer, por cierto nos espera el próximo miércoles para su fiesta de despedida -me contesta. Adivino cierta urgencia por cortar lo más pronto posible.
-Oye, necesito un préstamo, intentaré que sea el último -le digo tratando de restarle importancia al asunto.
-No hay problema, te llevo el dinero a casa de Rudolf, nos vemos.
-Adiós -me despido sintiendo cierta desazón, ahora estoy obligado a ir a la reunión y enfrentarme nuevamente con Alicia.

Por último, con el resto de la convicción que me queda, camino rumbo al puesto de periódicos. Adquiero el más gordo, sospecho que a mayor número de páginas, mayor número de anuncios y mayor número de posibilidades.

De regreso en mi hogar, tomo un bolígrafo y extiendo la sección de empleos:

EMPLEOS
Auxiliar de contabilidad …
Auxiliar de contabilidad …
Auxiliar de contabilidad …
Estar jodido …
Auxiliar de contabilidad …
Auxiliar de contabilidad …
Estar jodido…
Auxiliar de contabilidad …
Auxiliar de contabilidad …
Auxiliar de contabilidad …
Estar jodido…
Auxiliar de contabilidad …

La Hora, capítulo 14

11 : 57

Tengo doce años de edad, son las seis de la mañana cuando comienza a sonar el despertador, hace frío, sigue tan obscuro como si fuese de noche, tomo el despertador en mis manos, me divierte mirar al martillito ir de una campanilla a otra produciendo el ruido intolerable que me despierta diariamente.

La ropa me espera doblada en una silla, me visto despacio, cuesta trabajo terminar de abrir los ojos, uso unas botas con largas agujetas que me gusta atar formando un lazo grande, dejándolas colgar como si fueran orejas de conejo. Me dirijo a la cocina, de la alacena tomo la olla de peltre y la tarjeta que me permite adquirir la leche.

Es una tarjeta que muestra en una cuadrícula los días consecutivos de cada mes, semejante a un calendario. Al realizar una compra, la encargada de la lechería realiza una perforación, impidiendo que se hagan dobles compras. También sirve para verificar que asistas los días que te corresponde. Si muestras una tarjeta con pocas perforaciones indica que no asistes regularmente, entonces se retira el servicio y no puedes adquirir la leche al precio preferencial que ofrece el gobierno.

Casi siempre la fila en la lechería es enorme y hoy no es la excepción. Me formo detrás de varias señoras que ya se conocen, platican de las escuelas de sus hijos, del frío que se ha desatado los últimos días. Me entretengo mirando el cierre de mi chamarra y haciendo salir largas columnas de humo por mi boca.

La encargada perfora mi tarjeta, pago el importe de la leche y me entrega tres fichas, una por cada litro al que tenemos derecho. Introduzco las fichas en la máquina expendedora. El chorro de leche llena mi olla formando un circulo de espuma. Esto debe ser muy parecido a ordeñar las vacas.

58

Me cuelgo la mochila al hombro, llevo en ella lo necesario para la escuela. Soy un buen alumno, estudio lo suficiente para obtener las mejores notas posibles, con eso consigo que los maestros no se metan conmigo, tampoco los compañeros, saben que les irá mal si le hacen algo al estudioso de la clase.

En el autobús recupero la hora de sueño que perdí al ir por la leche. Afortunadamente vivo cerca de la terminal y siempre encuentro asientos vacíos. Varias paradas después el transporte está lleno de personas impacientes y malhumoradas. Junto a mi lugar se para una señora que, cargando un niño, espera que alguien le ceda el asiento. Nadie lo hace, en esos momentos estoy dormido ó fingiendo que duermo, como todos los demás.

La escuela no representa mayores contratiempos. Asisto con la firme convicción de que el futuro será mejor si algún día voy a la universidad. He sido educado con esa idea y nada de lo que me ha ocurrido hasta los doce años parece contradecirlo.

59

La casa está vacía cuando regreso de clases. Mis padres están trabajando y debo atenderme solo. Caliento la comida que me han dejado preparada un día antes. Enciendo el televisor. El noticiero de las dos treinta me acompaña. A mi edad muchas noticias son incomprensibles, es decir, entiendo claramente qué pasa, pero no veo las razones de porqué las cosas son así y no de otra manera. Cuando crezca aprenderé que el propio conductor del noticiero tampoco lo sabe.


Termino mis tareas temprano. Me da tiempo de ir a casa de un compañero para avanzar en un trabajo que debemos entregar en equipo. Regreso a mi hogar para ver a mi madre consumiendo las telenovelas, intercambiamos preguntas de rutina. Me hace un encargo de la tienda, salgo a cumplirlo y aprovecho para comprar el pan. Mi padre llegará más tarde.

Cenamos mientras vemos una serie de televisión, debo acostarme antes de las nueve de la noche si no quiero sufrir para levantarme. No me siento cansado al momento de ir a la cama, únicamente percibo dentro de mí una ligera inquietud, algo que me promete cierta libertad dentro de algunos años, cuando no sea necesario levantarme temprano para comprar leche barata, ni llegar puntualmente a la escuela, ni comer comida recalentada, ni hacer trabajos en equipo, ni comprar el pan. Algo deberá ocurrir en el futuro.

La Hora capítulo 13

11 : 47

Tomás insistió en que visitara su gimnasio, logré persuadirlo de que la enfermedad me había dejado en una condición que hacía imposible cualquier ejercicio, iría únicamente si me permitía pasarme la tarde acostado en la tabla de abdominales. Aceptó de mala gana.

Lo encontré enfundado en una sudadera, ciñendo su cintura con una faja de cuero, bañado completamente en sudor. Me saludó con su poderosa mano enguantada.
-Estamos haciendo sentadillas -dijo con la voz entrecortada, su pecho se hinchaba a cada inspiración profunda, recordé sus recomendaciones: el aire debe entrar por la nariz, salir por la boca.

Se colocó junto al aparato que servía para hacer sentadillas, mediante dos columnas de acero detenían la barra donde colocaban los discos de diferentes pesos. Un alumno se ubicó bajo la barra para sostenerla con los hombros, Tomás se paró detrás de él para ayudarle en caso necesario, el joven realizó diez repeticiones, al finalizar la serie lanzó un grito victorioso.

-Bien, bien -dijo Tomás, después añadió un disco de veinte kilogramos a cada lado de la barra, se dirigió hacia mí para decirme: Son 190 kilos, haré diez sentadillas.

Afirmó sus pies frente al aparato, al tiempo que cargaba la barra sobre sus hombros emitió un sonido que me sonó a "sí puedo".

-Una -respiración profunda seguida por queja ahogada.
-Dos -sus piernas tiemblan mientras levanta el peso.
-Tres -al comenzar el movimiento para elevar la barra, Tomás arroja las pesas y rueda por el piso; se asemeja a un toro cuando se vence después de recibir una estocada certera. Siento deseos de reírme, pero me contengo cuando veo una expresión de angustia en el rostro de su asistente, quien se aproxima a él para preguntarle como se siente. Tomás intenta incorporarse, pero lo convencen de que se tienda en el suelo mientras lo ventilan agitando una toalla.

-Déjenlo respirar, déjenlo respirar -les pide a los otros alumnos que se acercan curiosos.

Me doy cuenta de que los menos musculosos, así como los más obesos intercambian miradas mientras contienen la risa. Minutos después Tomás se pone de pie, está completamente pálido, camina hacia la tabla de abdominales donde continuo acostado.

-Ayer me desvelé -me dice con un tono que parece disculpa.
-Si, es difícil levantar pesas cuando estás desvelado -le contesto.

48

La distancia que concerté con Claudia se hacía cada vez más pesada, con el pretexto de pensar la situación salía de mi departamento desde la mañana para dar largas caminatas, a la misma hora que el resto de las personas realizaban actividades productivas como ir a la escuela o trabajar o comprar la comida, yo vagabundeaba bajo el sol.

Subo a un puente peatonal, los autos circulan por debajo de mí, veo las azoteas de los edificios; cuando vives en una ciudad pierdes la costumbre de mirar hacia arriba, pasas la vida arrastrando la nariz a ras del suelo. Sopla un viento fuerte que empuja la contaminación hacía los montes que rodean la ciudad, desde mi puesto de vigía consigo ver los límites de la urbe, parece una ola, un reflujo de concreto, entiendo porque los transeúntes nos movemos frenéticos, drogados por una sustancia desconocida, la ciudad se mete al cerebro y lo embota con peores resultados que el alcohol.

El barandal del puente tiende dos sombras paralelas sobre el pavimento, las sigo con la mirada, se confunden con las sombras de las personas, de los perros callejeros, de los puestos ambulantes; a plena luz del día la ciudad parece abandonarse a sí misma, gigante, inhabitable, tan amorosa como una amante a quien le pagas con tu vida por sus servicios.

Bajo del puente, camino varias calles hasta encontrarme frente a un viejo edificio, entro en él, deben haberlo construido en los años treinta o cuarenta, subo por la escalera, los pasillos son largos, obscuros y silenciosos. Llego a la azotea, hay ropa tendida encerrada en jaulas, tinacos, tanques de gas, distingo una estrecha escalera de caracol, bajo por ella.

Al final de la escalera encuentro varias puertas, intento abrir alguna de ellas, una cede, es un pequeño cuarto ocupado por una cama y algunos muebles desvencijados, sobre la cama reposa una bolsa de plástico que contiene un par de zapatos y un monedero. El monedero guarda algunos billetes arrugados, los tomo. Sin prisa regreso a la calle, con el dinero robado compro media docena de cervezas y me encierro en mi departamento para beberlas.

49

Me sentía ligeramente ebrio, me apetecía continuar la borrachera en Borcelinos, pero no quería continuarla solo, se me ocurrió pasar por Tomás, a esa hora debía estar por concluir su jornada en el gimnasio.

Al encontrarme a media calle de distancia vi las luces apagadas, seguí caminando, la cortina de metal no estaba totalmente cerrada, quizá Tomás continuara ahí, avancé más de prisa. Había un espacio de cincuenta centímetros entre la cortina y el suelo, me puse de rodillas para mirar dentro, estaba obscuro pero escuché unas voces apagadas, me escurrí por debajo de la cortina.

Mientras mis ojos se acostumbraron a la obscuridad sólo percibí suspiros ahogados y un rechinido rítmico que provenía de donde debían estar las tablas abdominales. Supuse que se trataba de Tomás fornicando con Rebeca, quise mirarlos discretamente antes de salir.

En efecto, una de las personas era Tomás, quien se encontraba acostado boca abajo en la tabla de abdominales, sobre él un muchacho de cabello rubio y rostro de niño lo penetraba con energía. El joven empujaba y Tomás pedía con voz apagada:
-Así, más hondo, así.

Cuando terminaron, Tomás dio vuelta, acarició los hombros del muchacho y lo besó. Una cosa era muy clara, lo trataba con más ternura que a Rebeca. Afortunadamente ninguno de los dos notó mi presencia, salí de ahí por debajo de la cortina. Mentalmente repasé la imagen de Tomás levantando la barra con 190 kilogramos, ahora sabía porque estaba perdiendo su condición física.

50

Llamé por teléfono a Ismael, no quería que el efecto de las cervezas desapareciera antes de llegar al bar. Lo encontré en su oficina, estaba muy atareado con sus helados, planeaba abrir una sucursal próximamente y le resultaba difícil acompañarme, pero me sugirió llamar a Rudolf, si terminaba a una hora razonable nos alcanzaría en el bar.

Marqué el número telefónico de Rudolf, fue Alicia quien contestó, su voz se escuchó contrariada al mencionarle a Rudolf, aprovechó para desahogarse conmigo, al parecer, él estaba desaparecido hacía una semana, ya la estaba poniendo harta, era demasiado inconstante, demasiado infantil y ella demasiado tonta por aguantarlo, en fin, si volvía a tiempo le daría mi mensaje, quizá se animara y me viera en Borcelinos.

Terminé bebiendo solo. Durante las semanas que había vivido hecho un vago desarrollé algo que llamé instinto, era una parte de mis pensamientos que se encontraba alerta mientras me ocupaba de otras cosas, es decir, una esponja encargada de absorber al mundo mientras caminaba ó comía.

Ese instinto me decía que las cosas funcionaban bien, que los responsables seguían en su sitio, manteniendo el movimiento perpetuo. Esas personas estaban a esa hora recibiendo su recompensa, en sus casas, descansando después de dar ó recibir órdenes, de construir y destruir al mundo en ocho horas de trabajo y una de descanso. El enemigo suele habitarnos silencioso, esperando cualquier distracción para entregarnos al vacío, ahí estaba yo, abandonado, echando de menos todas las posibilidades que había negado en el camino.

51

Me sorprendió ver llegar a Alicia sola, buscó con la mirada y al encontrarme se acercó a la mesa, me besó en la mejilla a manera de saludo y pidió una cerveza igual a la que yo consumía. Cuando la llamé -explicó- comenzó a sentirse desesperada, sabía que preocupándose no conseguiría que Rudolf volviera más pronto, decidió ir al bar esperando hallarme todavía ahí, necesitaba hablar con alguien.

Salvo la ocasión en que la consulté acerca de mi relación con Marta, había tenido pocas oportunidades de hablar con ella. Estaba intrigada por la forma de vida que yo llevaba, no parecía muy convencida de mi actitud despreocupada. Entendía que pudiera renunciar a llevar un empleo convencional, pero seguramente algo debía llenarme por dentro.

No sé si conseguí explicarme. Le dije que, en esos momentos no descubría aún el propósito o propósitos que me hicieran mover en alguna dirección. Sabía que dentro de mí algo se desplazaba en ese sentido, pero mi sensibilidad estaba demasiado aletargada como para escuchar esa corriente interior. Me consideraba tan estúpidamente puro que hubiera visto como una traición realizar cualquier actividad de la cual no estuviera plenamente convencido, y nada tenía hasta entonces suficiente fuerza como para convencerme.

Supongo que dejé de parecerle un huevón que busca la manera de vivir sin trabajar para transformarme en un huevón que no ha encontrado algo que hacer. Era difícil saber cual de las dos figuras prefería, pero evidentemente no le agradaba mi inactividad.

Después hablamos de ella. Había estudiado antropología social y daba clases en una preparatoria. El sueldo de maestra le alcanzaba para comprar alguna ropa ó libros que le gustaban, el grueso de sus ingresos provenía de la casa paterna. Le ayudaban con la renta, los gastos del auto y la comida. En resumen, sus actividades resultaban tan improductivas como las mías, pero se sentía satisfecha con ocupar un lugar en la formación de las nuevas generaciones.

Comentó que había adquirido algunas películas en vídeo y no había podido ver algunas, si me parecía bien podíamos ir a su casa a verlas. Quizá cuando llegáramos ya estuviera Rudolf por ahí.

52

Alicia siempre se preocupaba por ser buena anfitriona. Era enemiga declarada de la comida chatarra así que preparó una ensalada y abrió una botella de vino que consumimos mientras veíamos la película. Era una filme asqueroso. A un estudiante de arte se le ocurría matar personas para extraer sus órganos, encapsularlos en acrílico y construir una escultura. Cuando terminó su obra, la policía quedó consternada al ver aparecer la escultura a mitad de una plaza pública. Las escenas de los asesinatos y la disección de cadáveres eran extraordinariamente vívidas, se podía ver la sangre chorreando por la improvisada mesa de operaciones del asesino.

Sinceramente el filme provocó que no terminara mi porción de ensalada y dejara a medias el vaso de vino. Sin embargo, Alicia parecía encantada, las imágenes no le producían el menor rechazó. Terminó por agotar la botella de vino y se acabó la ensalada antes que la película finalizara.

La expresión de mi rostro debía reflejar muchas interrogantes acerca del vídeo porque Alicia, bastante entonada por la bebida, comenzó inmediatamente a explicarme en qué consistía el valor de la película. Se trataba de una historia basada en hechos reales ocurridos en una universidad europea, el artista jamás había sido encarcelado y el paradero de su obra permanecía en el misterio. Varios conocedores pensaban que algún coleccionista privado la había comprado a la policía.

Su animada explicación no modificó mi estado de ánimo. Sugirió que viéramos otro vídeo mientras destapaba una nueva botella de vino.

53

La segunda película que vi con Alicia era insoportablemente lenta. A diferencia de la anterior, en esta la acción era bastante limitada y los diálogos que se pretendían profundos terminaban siendo aburridos. Aprovechando una escena particularmente tediosa, Alicia se puso de pie para ir al baño, avanzaba torpemente, era muy claro que no estaba acostumbrada a beber y los efectos eran evidentes.

Cuando volvió a la sala, no regresó al sillón que ocupaba anteriormente. Se sentó a mi lado, apoyó su espalda en mi pecho y tomó mi brazo para que la rodeara. Con su nuca a la altura de mis labios me quedé quieto. Temía incluso respirar. Ella se movió hacia atrás, oprimiendo mi abdomen con su trasero. No resistí más y besé su cabello. Como respuesta cruzó sus dedos con los míos y apoyó la palma de mi mano en su pecho, comencé a morder suavemente sus oídos.

Dio vuelta para besarme en los labios, tenía un penetrante olor al vino que había estado bebiendo. Quiso introducir su lengua en mi boca pero lo impedí con un ligero movimiento. Metí las manos bajo su blusa. No usaba sostén. Acaricié sus pechos mientras me mostraba una sonrisa indicándome que aprovechara una oportunidad que muy probablemente jamás se repetiría.

Giramos y caímos accidentalmente del sillón, pude sentir su cuerpo blando bajo el mío, mi erección reposaba sobre su sexo, lo único que me impedía penetrarla era la escasa distancia de nuestra ropa. Los zapatos no permitían que su pantalón saliera con más facilidad, me ayudó a quitárselos, desabrochó el cierre del pantalón y de un tirón se quedó sin él. A mitad de su piel blanca el triángulo que conformaba su vello púbico resplandecía, lo besé mientras sus dedos acariciaban mi cabello, subí por su torso besando su ombligo, los botones rosados de su pecho, me detuve en su cuello, entonces la penetré, despacio, quería prolongar indefinidamente mi pausa en su cuerpo.

Me olvidé de cualquier estrategia que conociera para resultar un buen amante, entregado a ese momento seguí mi propio camino para llegar al final, no me importó que ella lo disfrutara, ese era mi instante, mi trozo de eternidad, para llevármelo lo devoré despacio; cuando mordía suavemente uno de sus pechos me llegó un tenue sabor, parecido a las manzanas que había comido la primer ocasión que estuve en su casa. Eyaculé sintiendo el placer subiendo por mi espalda para detenerse en algún lugar de mi cerebro, simultáneamente Alicia rodeo mi cintura con sus muslos, no permitió que me separara hasta que terminó de compartir su orgasmo conmigo.

Hay situaciones que jamás imaginé y una vez que ocurrieron no terminan nunca, se han quedado flotando, sucediendo una y otra vez cada que las recuerdo; son esos momentos infinitos, en los que pareciera no existir límites ni distancias, cuando realizas algo que por imposible lo considerabas impensable, después de ellos sé que estoy más cerca de la muerte, precisamente porque me han hecho vivir.

54

Si consideras que estás en camino de resolver un problema difícil, pronto estarás en medio de otro más complicado. Las ideas se confundían creando una sensación de vértigo en mi cabeza; no sabía cuanto deseaba a Alicia hasta que la tuve bajo el peso de mi cuerpo, era uno de esos sentimientos que conscientemente niegas pero crece en tu interior, esperando la primer oportunidad para estallar y reventarte en pedazos, era cierto, estaba Rudolf a mitad del camino, sin embargo me gustaba pensar que tenía alguna oportunidad con ella.

Por otra parte, la pregunta de Claudia seguía ahí, esperando que la contestara de una vez por todas, si no conseguía una definición pronto perdería cualquier posibilidad. En ambos casos yo tenía desventaja, mientras buscaba dentro de mí una respuesta, ellas sabían perfectamente que hacer conmigo.

Me encerré en mi departamento decidido a continuar ahí hasta tener una respuesta, solo me había metido en el embrollo y solo tenía que salir de él, era suficiente, no podía permanecer en la indecisión por más tiempo, había detenido mi vida por un largo período, era el momento de echarla a andar de nuevo.

55

Dirigí mis pasos a casa de Alicia, quería hablar claramente, no tenía fuerzas suficientes para jugar a la seducción, si era posible tener algo con ella necesitaba saberlo, si no, me alejaría lo más posible, era mejor estrellarme cuando aún no había tomado demasiado impulso.

Ensayé cientos de diálogos antes de oprimir el timbre, previne todas las preguntas y respuestas, la acorralaría, no me retiraría hasta obtener una posición muy clara, debía ser contundente, si o no rotundos. Reuní todo el valor de que fui capaz, respiré lo más hondo que pude y llamé a la puerta.

Al abrirse la puerta vi al amigable rostro de Rudolf mostrándome una luminosa sonrisa. Me invitó a pasar, nos sentamos en la sala, Alicia se encontraba en la cocina preparando café, Rudolf le notificó mi presencia con un grito, al tiempo que le solicitó preparar una taza de café adicional para mí. Si, había vuelto, su desaparición se explicaba muy fácilmente, fue a la sierra para supervisar los progresos de su proyecto agrícola, no le avisó a Alicia porque no quería mal acostumbrarla, en su trabajo eran necesarias esas escapadas y no quería tener preocupaciones por su mujercita, ella lo entendía o pretendía entenderlo, en todo caso no tenía más remedio.

Alicia salió de la cocina, quise verla a los ojos pero desvió la mirada, la situación se hizo más clara que con todos los diálogos que había ensayado; volvimos a ser los buenos amigos de siempre; aprovechando mi visita comenzaron a platicarme los planes de su próximo viaje: irían a Holanda, el proyecto en la sierra avanzaba bien y Rudolf necesitaba arreglar algunos asuntos en su país, para Alicia representaba unas buenas vacaciones, ya las necesitaba, nada mejor que pasar una temporada en la tierra de los tulipanes y los molinos de viento. Quizá cuando volvieran decidieran por fin casarse, vivían juntos pero la relación comenzaba a exigirles certezas.

56

No conseguí abandonar el departamento hasta que acepté la invitación de Rudolf para acompañarlos en la comida, obviamente él no sabía nada acerca de la sesión de videos y su desenlace. Preferí guardar silencio, su hospitalidad me hacía sentir un sujeto de la peor ralea. Como pude me tragué los alimentos, me despedí de Rudolf con un abrazo, me invitaría a una pequeña reunión que planeaban hacer antes de partir a Holanda, besé en la mejilla a Alicia quien me dirigió una mirada de agradecimiento, me había sabido callar y eso contaba.

Abordé un autobús con la esperanza de que me llevara al fin del mundo sin opción de regreso. Estaba apabullado, recorrí la ciudad sin fijarme el camino que seguía, la sucesión de edificios y rostros me era totalmente indiferente; súbitamente escuché la voz del conductor anunciándome el final de la ruta. Bajé del autobús, no tenía la más pálida idea de donde me encontraba, decidí esperar a que saliera el siguiente autobús que me llevara de vuelta.

Terminé mi recorrido en el centro de la ciudad, caminé algunas calles hasta encontrar un local de juegos de computadora, entré y cambie todo mi dinero por fichas. Me entregué al delirio de los autos virtuales estrellándose aparatosamente, después encontré un juego de tiro al blanco que simulaba el asalto a un banco, el jugador simulaba ser un policía, con la pistola de plástico había que eliminar a los ladrones, teniendo cuidado de no matar a los civiles que de pronto cruzaban la pantalla. No pude evitar relacionar a los civiles con Rudolf, parado a mitad de un tiroteo y él ni enterado.

Me retiré de los juegos electrónicos totalmente agotado, sin fichas ni dinero, hice el camino a casa a pie, después de varias horas llegué a mi departamento, si hubiese sido posible me habría separado de mi cuerpo para dejarlo ahí abandonado.

La Hora capítulo 13

11 : 47

Tomás insistió en que visitara su gimnasio, logré persuadirlo de que la enfermedad me había dejado en una condición que hacía imposible cualquier ejercicio, iría únicamente si me permitía pasarme la tarde acostado en la tabla de abdominales. Aceptó de mala gana.

Lo encontré enfundado en una sudadera, ciñendo su cintura con una faja de cuero, bañado completamente en sudor. Me saludó con su poderosa mano enguantada. - Estamos haciendo sentadillas -, dijo con la voz entrecortada, su pecho se hinchaba a cada inspiración profunda, recordé sus recomendaciones: el aire debe entrar por la nariz, salir por la boca.

Se colocó junto al aparato que servía para hacer sentadillas, mediante dos columnas de acero detenían la barra donde colocaban los discos de diferentes pesos. Un alumno se ubicó bajo la barra para sostenerla con los hombros, Tomás se paró detrás de él para ayudarle en caso necesario, el joven realizó diez repeticiones, al finalizar la serie lanzó un grito victorioso.

- Bien, bien - dijo Tomás, después añadió un disco de veinte kilogramos a cada lado de la barra, se dirigió hacia mí para decirme: Son 190 kilos, haré diez sentadillas.

Afirmó sus pies frente al aparato, al tiempo que cargaba la barra sobre sus hombros emitió un sonido que me sonó a - si puedo -.

- Una - respiración profunda seguida por queja ahogada.
- Dos - sus piernas tiemblan mientras levanta el peso.
- Tres - al comenzar el movimiento para elevar la barra, Tomás arroja las pesas y rueda por el piso; se asemeja a un toro cuando se vence después de recibir una estocada certera. Siento deseos de reírme, pero me contengo cuando veo una expresión de angustia en el rostro de su asistente, quien se aproxima a él para preguntarle como se siente. Tomás intenta incorporarse, pero lo convence de que se tienda en el suelo mientras lo ventila agitando una toalla.

- Déjenlo respirar, déjenlo respirar - les pide a los otros alumnos que se acercan curiosos.

Me doy cuenta de que los menos musculosos, así como los más obesos intercambian miradas mientras contienen la risa. Minutos después Tomás se pone de pie, está completamente pálido, camina hacia la tabla de abdominales donde continuo acostado.

- Ayer me desvelé - me dice con un tono que parece disculpa.
- Si, es difícil levantar pesas cuando estás desvelado - le contesto.

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La distancia que concerté con Claudia se hacía cada vez más pesada, con el pretexto de pensar la situación salía de mi departamento desde la mañana para dar largas caminatas, a la misma hora que el resto de las personas realizaban actividades productivas como ir a la escuela o trabajar o comprar la comida, yo vagabundeaba bajo el sol.

Subo a un puente peatonal, los autos circulan por debajo de mí, veo las azoteas de los edificios; cuando vives en una ciudad pierdes la costumbre de mirar hacia arriba, pasas la vida arrastrando la nariz a ras del suelo. Sopla un viento fuerte que empuja la contaminación hacía los montes que rodean la ciudad, desde mi puesto de vigía consigo ver los límites de la urbe, parece una ola, un reflujo de concreto, entiendo porque los transeúntes nos movemos frenéticos, drogados por una sustancia desconocida, la ciudad se mete al cerebro y lo embota con peores resultados que el alcohol.

El barandal del puente tiende dos sombras paralelas sobre el pavimento, las sigo con la mirada, se confunden con las sombras de las personas, de los perros callejeros, de los puestos ambulantes; a plena luz del día la ciudad parece abandonarse a sí misma, gigante, inhabitable, tan amorosa como una amante a quien le pagas con tu vida por sus servicios.

Bajo del puente, camino varias calles hasta encontrarme frente a un viejo edificio, entro en él, deben haberlo construido en los años treinta o cuarenta, subo por la escalera, los pasillos son largos, obscuros y silenciosos. Llego a la azotea, hay ropa tendida encerrada en jaulas, tinacos, tanques de gas, distingo una estrecha escalera de caracol, bajo por ella.

Al final de la escalera encuentro varias puertas, intento abrir alguna de ellas, una cede, es un pequeño cuarto ocupado por una cama y algunos muebles desvencijados, sobre la cama reposa una bolsa de plástico que contiene un par de zapatos y un monedero. El monedero guarda algunos billetes arrugados, los tomo. Sin prisa regreso a la calle, con el dinero robado compro media docena de cervezas y me encierro en mi departamento para beberlas.

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Me sentía ligeramente ebrio, me apetecía continuar la borrachera en Borcelinos, pero no quería continuarla solo, se me ocurrió pasar por Tomás, a esa hora debía estar por concluir su jornada en el gimnasio.

Al encontrarme a media calle de distancia vi las luces apagadas, seguí caminando, la cortina de metal no estaba totalmente cerrada, quizá Tomás continuara ahí, avancé más de prisa. Había un espacio de cincuenta centímetros entre la cortina y el suelo, me puse de rodillas para mirar dentro, estaba obscuro pero escuché unas voces apagadas, me escurrí por debajo de la cortina.

Mientras mis ojos se acostumbraron a la obscuridad sólo percibí suspiros ahogados y un rechinido rítmico que provenía de donde debían estar las tablas abdominales. Supuse que se trataba de Tomás fornicando con Rebeca, quise mirarlos discretamente antes de salir.

En efecto, una de las personas era Tomás, quien se encontraba acostado boca abajo en la tabla de abdominales, sobre él un muchacho de cabello rubio y rostro de niño lo penetraba con energía. El joven empujaba y Tomás pedía con voz apagada: - así, más hondo, así -.

Cuando terminaron, Tomás dio vuelta, acarició los hombros del muchacho y lo besó; una cosa era muy clara, lo trataba con más ternura que a Rebeca. Afortunadamente ninguno de los dos notó mi presencia, salí de ahí por debajo de la cortina. Mentalmente repasé la imagen de Tomás levantando la barra con 190 kilogramos, ahora sabía porque estaba perdiendo su condición física.

50

Llamé por teléfono a Ismael, no quería que el efecto de las cervezas desapareciera antes de llegar al bar. Lo encontré en su oficina, estaba muy atareado con sus helados, planeaba abrir una sucursal próximamente y le resultaba difícil acompañarme, pero me sugirió llamar a Rudolf, si terminaba a una hora razonable nos alcanzaría en el bar.

Marqué el número telefónico de Rudolf, fue Alicia quien contestó, su voz se escuchó contrariada al mencionarle a Rudolf, aprovechó para desahogarse conmigo, al parecer, él estaba desaparecido hacía una semana, ya la estaba poniendo harta, era demasiado inconstante, demasiado infantil y ella demasiado tonta por aguantarlo, en fin, si volvía a tiempo le daría mi mensaje, quizá se animara y me viera en Borcelinos.

Terminé bebiendo solo. Durante las semanas que había vivido hecho un vago desarrollé algo que llamé instinto, era una parte de mis pensamientos que se encontraba alerta mientras me ocupaba de otras cosas, es decir, una esponja encargada de absorber al mundo mientras caminaba ó comía.

Ese instinto me decía que las cosas funcionaban bien, que los responsables seguían en su sitio, manteniendo el movimiento perpetuo. Esas personas estaban a esa hora recibiendo su recompensa, en sus casas, descansando después de dar ó recibir órdenes, de construir y destruir al mundo en ocho horas de trabajo y una de descanso. El enemigo suele habitarnos silencioso, esperando cualquier distracción para entregarnos al vacío, ahí estaba yo, abandonado, echando de menos todas las posibilidades que había negado en el camino.

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Me sorprendió ver llegar a Alicia sola, buscó con la mirada y al encontrarme se acercó a la mesa, me besó en la mejilla a manera de saludo y pidió una cerveza igual a la que yo consumía. Cuando la llamé - explicó - comenzó a sentirse desesperada, sabía que preocupándose no conseguiría que Rudolf volviera más pronto, decidió ir al bar esperando hallarme todavía ahí, necesitaba hablar con alguien.

Salvo la ocasión en que la consulté acerca de mi relación con Marta, había tenido pocas oportunidades de hablar con ella; estaba intrigada por la forma de vida que yo llevaba, no parecía muy convencida de mi actitud despreocupada, entendía que pudiera renunciar a llevar un empleo convencional, pero seguramente algo debía llenarme por dentro.

No sé si conseguí explicarme, le dije que, en esos momentos no descubría aún el propósito o propósitos que me hicieran mover en alguna dirección, sabía que dentro de mí algo se desplazaba en ese sentido, pero mi sensibilidad estaba demasiado aletargada como para escuchar esa corriente interior. Me consideraba tan estúpidamente puro que hubiera visto como una traición realizar cualquier actividad de la cual no estuviera plenamente convencido, y nada tenía hasta entonces suficiente fuerza como para convencerme.

Supongo que dejé de parecerle un huevón que busca la manera de vivir sin trabajar para transformarme en un huevón que no ha encontrado algo que hacer, era difícil saber cual de las dos figuras prefería, pero evidentemente no le agradaba mi inactividad.

Después hablamos de ella, había estudiado antropología social y daba clases en una preparatoria. El sueldo de maestra le alcanzaba para comprar alguna ropa ó libros que le gustaban, el grueso de sus ingresos provenía de la casa paterna, le ayudaban con la renta, los gastos del auto y la comida. En resumen, sus actividades resultaban tan improductivas como las mías, pero se sentía satisfecha con ocupar un lugar en la formación de las nuevas generaciones.

Comentó que había adquirido algunas películas en vídeo y no había podido ver algunas, si me parecía bien podíamos ir a su casa a verlas, quizá cuando llegáramos ya estuviera Rudolf por ahí.

52

Alicia siempre se preocupaba por ser buena anfitriona, era enemiga declarada de la comida chatarra así que preparó una ensalada y abrió una botella de vino que consumimos mientras veíamos la película. Era una filme asqueroso, a un estudiante de arte se le ocurría matar personas para extraer sus órganos, encapsularlos en acrílico y construir una escultura, cuando terminó su obra, la policía quedó consternada al ver aparecer la escultura a mitad de una plaza pública. Las escenas de los asesinatos y la disección de cadáveres eran extraordinariamente vívidas, se podía ver la sangre chorreando por la improvisada mesa de operaciones del psicópata asesino.

Sinceramente el filme provocó que no terminara mi porción de ensalada y dejara a medias el vaso de vino, sin embargo, Alicia parecía encantada, las imágenes no le producían el menor rechazó, terminó por agotar la botella de vino y se acabó la ensalada antes que la película finalizara.

La expresión de mi rostro debía reflejar muchas interrogantes acerca del vídeo porque Alicia, bastante entonada por la bebida, comenzó inmediatamente a explicarme en qué consistía el valor de la película. Se trataba de una historia basada en hechos reales ocurridos en una universidad europea, el artista jamás había sido encarcelado y el paradero de su obra permanecía en el misterio, varios conocedores pensaban que algún coleccionista privado la había comprado a la policía.

Su animada explicación no modificó mi estado de ánimo, sugirió que viéramos otro vídeo mientras destapaba una nueva botella de vino.

53

La segunda película que vi con Alicia era insoportablemente lenta, a diferencia de la anterior, en esta la acción era bastante limitada y los diálogos que se pretendían profundos terminaban siendo aburridos. Aprovechando una escena particularmente tediosa, Alicia se puso de pie para ir al baño, avanzaba torpemente, era muy claro que no estaba acostumbrada a beber y los efectos eran evidentes.

Cuando volvió a la sala, no regresó al sillón que ocupaba anteriormente, se sentó a mi lado, apoyó su espalda en mi pecho y tomó mi brazo para que la rodeara. Con su nuca a la altura de mis labios me quedé quieto, temía incluso respirar, ella se movió hacia atrás, oprimiendo mi abdomen con su trasero, no resistí más y besé su cabello, como respuesta cruzó sus dedos con los míos y apoyó la palma de mi mano en su pecho, comencé a morder suavemente sus oídos.

Dio vuelta para besarme en los labios, tenía un penetrante olor al vino que había estado bebiendo, quiso introducir su lengua en mi boca pero lo impedí con un ligero movimiento; metí las manos bajo su blusa, no usaba sostén, acaricié sus pechos mientras me mostraba una sonrisa indicándome que aprovechara una oportunidad que muy probablemente jamás se repetiría.

Giramos y caímos accidentalmente del sillón, pude sentir su cuerpo blando bajo el mío, mi erección reposaba sobre su sexo, lo único que me impedía penetrarla era la escasa distancia de nuestra ropa. Los zapatos no permitían que su pantalón saliera con más facilidad, me ayudó a quitárselos, desabrochó el cierre del pantalón y de un tirón se quedó sin él. A mitad de su piel blanca el triángulo que conformaba su vello púbico resplandecía, lo besé mientras sus dedos acariciaban mi cabello, subí por su torso besando su ombligo, los botones rosados de su pecho, me detuve en su cuello, entonces la penetré, despacio, quería prolongar indefinidamente mi pausa en su cuerpo.

Me olvidé de cualquier estrategia que conociera para resultar un buen amante, entregado a ese momento seguí mi propio camino para llegar al final, no me importó que ella lo disfrutara, ese era mi instante, mi trozo de eternidad, para llevármelo lo devoré despacio; cuando mordía suavemente uno de sus pechos me llegó un tenue sabor, parecido a las manzanas que había comido la primer ocasión que estuve en su casa. Eyaculé sintiendo el placer subiendo por mi espalda para detenerse en algún lugar de mi cerebro, simultáneamente Alicia rodeo mi cintura con sus muslos, no permitió que me separara hasta que terminó de compartir su orgasmo conmigo.

Hay situaciones que jamás imaginé y una vez que ocurrieron no terminan nunca, se han quedado flotando, sucediendo una y otra vez cada que las recuerdo; son esos momentos infinitos, en los que pareciera no existir límites ni distancias, cuando realizas algo que por imposible lo considerabas impensable, después de ellos sé que estoy más cerca de la muerte, precisamente porque me han hecho vivir.

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Si consideras que estás en camino de resolver un problema difícil, pronto estarás en medio de otro más complicado. Las ideas se confundían creando una sensación de vértigo en mi cabeza; no sabía cuanto deseaba a Alicia hasta que la tuve bajo el peso de mi cuerpo, era uno de esos sentimientos que conscientemente niegas pero crece en tu interior, esperando la primer oportunidad para estallar y reventarte en pedazos, era cierto, estaba Rudolf a mitad del camino, sin embargo me gustaba pensar que tenía alguna oportunidad con ella.

Por otra parte, la pregunta de Claudia seguía ahí, esperando que la contestara de una vez por todas, si no conseguía una definición pronto perdería cualquier posibilidad. En ambos casos yo tenía desventaja, mientras buscaba dentro de mí una respuesta, ellas sabían perfectamente que hacer conmigo.

Me encerré en mi departamento decidido a continuar ahí hasta tener una respuesta, solo me había metido en el embrollo y solo tenía que salir de él, era suficiente, no podía permanecer en la indecisión por más tiempo, había detenido mi vida por un largo período, era el momento de echarla a andar de nuevo.

55

Dirigí mis pasos a casa de Alicia, quería hablar claramente, no tenía fuerzas suficientes para jugar a la seducción, si era posible tener algo con ella necesitaba saberlo, si no, me alejaría lo más posible, era mejor estrellarme cuando aún no había tomado demasiado impulso.

Ensayé cientos de diálogos antes de oprimir el timbre, previne todas las preguntas y respuestas, la acorralaría, no me retiraría hasta obtener una posición muy clara, debía ser contundente, si o no rotundos. Reuní todo el valor de que fui capaz, respiré lo más hondo que pude y llamé a la puerta.

Al abrirse la puerta vi al amigable rostro de Rudolf mostrándome una luminosa sonrisa. Me invitó a pasar, nos sentamos en la sala, Alicia se encontraba en la cocina preparando café, Rudolf le notificó mi presencia con un grito, al tiempo que le solicitó preparar una taza de café adicional para mí. Si, había vuelto, su desaparición se explicaba muy fácilmente, fue a la sierra para supervisar los progresos de su proyecto agrícola, no le avisó a Alicia porque no quería mal acostumbrarla, en su trabajo eran necesarias esas escapadas y no quería tener preocupaciones por su mujercita, ella lo entendía o pretendía entenderlo, en todo caso no tenía más remedio.

Alicia salió de la cocina, quise verla a los ojos pero desvió la mirada, la situación se hizo más clara que con todos los diálogos que había ensayado; volvimos a ser los buenos amigos de siempre; aprovechando mi visita comenzaron a platicarme los planes de su próximo viaje: irían a Holanda, el proyecto en la sierra avanzaba bien y Rudolf necesitaba arreglar algunos asuntos en su país, para Alicia representaba unas buenas vacaciones, ya las necesitaba, nada mejor que pasar una temporada en la tierra de los tulipanes y los molinos de viento. Quizá cuando volvieran decidieran por fin casarse, vivían juntos pero la relación comenzaba a exigirles certezas.

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No conseguí abandonar el departamento hasta que acepté la invitación de Rudolf para acompañarlos en la comida, obviamente él no sabía nada acerca de la sesión de videos y su desenlace. Preferí guardar silencio, su hospitalidad me hacía sentir un sujeto de la peor ralea. Como pude me tragué los alimentos, me despedí de Rudolf con un abrazo, me invitaría a una pequeña reunión que planeaban hacer antes de partir a Holanda, besé en la mejilla a Alicia quien me dirigió una mirada de agradecimiento, me había sabido callar y eso contaba.

Abordé un autobús con la esperanza de que me llevara al fin del mundo sin opción de regreso. Estaba apabullado, recorrí la ciudad sin fijarme el camino que seguía, la sucesión de edificios y rostros me era totalmente indiferente; súbitamente escuché la voz del conductor anunciándome el final de la ruta. Bajé del autobús, no tenía la más pálida idea de donde me encontraba, decidí esperar a que saliera el siguiente autobús que me llevara de vuelta.

Terminé mi recorrido en el centro de la ciudad, caminé algunas calles hasta encontrar un local de juegos de computadora, entré y cambie todo mi dinero por fichas. Me entregué al delirio de los autos virtuales estrellándose aparatosamente, después encontré un juego de tiro al blanco que simulaba el asalto a un banco, el jugador simulaba ser un policía, con la pistola de plástico había que eliminar a los ladrones, teniendo cuidado de no matar a los civiles que de pronto cruzaban la pantalla. No pude evitar relacionar a los civiles con Rudolf, parado a mitad de un tiroteo y él ni enterado.

Me retiré de los juegos electrónicos totalmente agotado, sin fichas ni dinero, hice el camino a casa a pie, después de varias horas llegué a mi departamento, si hubiese sido posible me habría separado de mi cuerpo para dejarlo ahí abandonado.

La Hora capítulo 12

11 : 42

Claudia y yo levantamos nuestro ayuno sexual con una orgía interminable, hemos practicado todas las formas y posiciones que se nos han ocurrido. Le gusta chuparme el pene y no ha perdido oportunidad de hacerlo, es lo mejor que ha pasado desde mi enfermedad, me preparo para una convalecencia muy dulce en su compañía. Ha ido a la cocina por un vaso de agua, queremos refrescar un poco la garganta antes de entregarnos a un sueño reparador.

Desnuda, recargada en el marco de la puerta, da un largo trago al agua, me mira con una expresión seria en el rostro, parece tomar aire para preguntarme:

- ¿ Porqué no vivimos juntos ?.

La propuesta me ha caído de peso, esperaba algo semejante pero no tan pronto, juego con la idea, no me parece totalmente desagradable, sin embargo no creo estar listo para compartirme de esa manera, quizá tengo miedo, un profundo miedo a convertirme en un tipo de los que siempre he detestado, aquellos que viven con una mujer que no aman y no tienen el valor de decírselo.

Trato de explicarle de la mejor manera, pero deja de escucharme apenas se da cuenta de que me estoy negando, que estoy confundido y dándole largas al asunto. Resolvemos tranquilamente darnos un poco de tiempo, pensarlo bien, si estamos listos lo haremos, claro que no es una decisión fácil, pongamos algo de espacio para entrar en esto completamente seguros.

Somos un par de mentirosos estúpidos.

43

Los días siguientes los ocupé para sumergirme en la ciudad buscando resolver el dilema que Claudia había introducido en mi vida. Me gustaba caminar en las plazas comerciales, ver a la gente circulando, girando como si estuviesen encerrados en una pecera, es tranquilizante observar la precisión con la que seguimos instrucciones, foco verde, siga, foco rojo, alto.

Con fijarme en la apariencia de una persona podía adivinar la tienda que visitaría, sus preferencias, los objetos que ansía poseer y jamás podrá comprar. Todos tenemos un escaparate favorito, un anuncio favorito, un color favorito, una marca favorita, un culo favorito. Los favoritos inventaron la vida.

También disfrutaba ver las piernas de las adolescentes, mostrando lo que permiten mostrar sus uniformes escolares, al darse cuenta de que las miraba fingían indiferencia, entonces me acercaba cautelosamente, si se distraían yo conseguía meter una mano bajo su falda para sentir la firmeza de sus muslos antes de salir huyendo rápidamente. Ahora que lo pienso, debo haber parecido poco menos que un enfermo recién salido del manicomio o de la cárcel.

44

Una tarde, mientras esperaba para cruzar la calle, observé a un niño vendiendo diarios, tenía una habilidad de serpiente para meterse entre los autos, comenzaba a sentir verdadera admiración por él cuando un automóvil lo embistió arrojándolo a varios metros, los periódicos salieron volando en desorden, sin embargo, el chico debía ser de plástico porque se levantó sin dar muestras de dolor, si acaso, un poco confundido por el golpe.

Del auto salió una mujer dando alaridos:
- ¡ Idiota, idiota, ves que viene el coche y no te paras !.

En la esquina una señora vendía atole y tamales, al ver el accidente se aproximó blandiendo el cucharón que utilizaba para servir el atole.

- La pendeja es usted, le voy a partir la madre - decía mientras agitaba con furia el cucharón frente a los despavoridos ojos de la automovilista, quien sólo atinó a subir a su auto y asegurar las portezuelas.

La señora del atole comenzó a golpear los cristales del auto, no descansó hasta ver estrellado el parabrisas, la conductora lloraba en silencio, esperando que el semáforo cambiara de color para pisar el acelerador.

45

Estoy sentado en la banca de un parque, en la esquina hay un puesto de tacos, no me atrevo a comerlos, mi enfermedad está demasiado reciente para arriesgarme.

El taquero ha dispuesto una bandeja llena de pepinos en rodajas, rábanos y limones, no ha llegado aún la clientela habitual y el sitio luce vacío. Veo a un vago aproximarse, conforme se acerca al puesto camina más despacio, de pronto mete la mano a la bandeja y saca un puñado de pepinos, saliendo a toda carrera. El taquero apenas puede reaccionar, levanta el cuchillo con el que corta la carne mientras grita:

- ¡ Vas a ver cabrón, cuando te agarre !

El vago ha cruzado la calle internándose en el parque, se siente más confiado en su territorio, elige una banca sobre la que extiende una cobija harapienta, comienza a comer los pepinos mirando ferozmente hacia los lados. Creo que mataría a cualquiera que en estos momentos se atreviera a disputarle su comida.

46

Caminaba por una calle estrecha del centro de la ciudad cuando encontré un cine donde se exhibían películas pornográficas; pagué mi entrada y ocupé una butaca en la fila más alejada de la pantalla. Era una cinta japonesa, la trama no tenía muchas complicaciones, ocurría que un pobre tipo tenía el pene demasiado pequeño, incapaz de satisfacer a su esposa, quien comenzaba darle con cualquier fulano que estuviera disponible: el cartero, el doctor, el farmacéutico, el policía…

Cuando la señora cogía con el tendero yo tenía una erección bastante incómoda, tuve que vencer algo de pudor para sacármelo y comenzar a masturbarme. En la obscuridad de la sala, mientras la mujer y el tendero alcanzaban su séptimo orgasmo, me corrí sobre el papel higiénico que había extraído de mi bolsillo.

Al abandonar el asiento me sentí aliviado, caminé por el pasillo rumbo a la salida, advertí entonces que un sujeto sentado varias filas adelante de mí también se estaba masturbando. Esa tarde me enteré que vivía en la ciudad más poblada del planeta.

lunes, 26 de julio de 2010

La Hora, capítulo 11

11:37

Debo haber comido un pedazo de muerte, por eso estoy aquí, enfermo desde hace tres días, no puedo levantarme. He pasado este tiempo mirando el reloj despertador que aguarda a un lado de mi cama, aprendí lo que es una hora: es el tiempo que tarda la manecilla grande en alcanzar a la chica, después la abandona para seguir su carrera cruzando el campo marcado por pequeñas líneas y números enormes. Eso es una hora.

Siento a las sábanas inflarse con aire frío, el aire se adhiere a mi cuerpo convirtiéndose en sudor, también frío, helado. Las cobijas caen sobre mí con todo su peso. El tiempo se reduce cuando cierro los ojos, en esa obscuridad intento adivinar que veo, a quién escondo. Abro la boca para respirar, la abro lo más posible, grande, que entre en mi todo el aire que flota en la recámara.

En el piso se dibuja un rectángulo de luz, su palidez me indica que pronto será de noche, entonces intentaré dormir un poco, antes tendré que ponerme de pie para ir al baño y defecar las peste negra que cargo en el estómago. Siento a las serpientes girar en mis tripas, dan de vueltas enloquecidas, consigo calmarlas si me paro en la ventana y el sol calienta mi abdomen, pero no resisto mucho en esa posición. Termino por marearme y dejar caer mi humanidad en el colchón.

Son cuatro pasos los que necesito para alcanzar el retrete, no recuerdo si la última vez dejé correr el agua, el olor a mierda es insoportable. Tengo los intestinos llenos de aire, siento al pedo salir y meto la nariz en las cobijas, entonces huele peor que el baño, pero es mi peste, por eso la soporto, puede ser que hasta me agrade.

Ayer en la noche fue horrible, mientras dormía sentí crecer la tierra a mis espaldas, me sostenían pilares de tierra, cualquier movimiento implicaba el riesgo de caer. ¿ Caer a dónde ?. No volveré a comer jamás.

He cagado cuanto he podido, la diarrea es humillante, no me permite alejar el trasero dos metros del baño, es tan humillante como estar parado en el quicio de una puerta esperando a que termine de llover, peleando el espacio con otros miserables que tampoco quieren mojarse. La lluvia y la enfermedad son irremediables y perversas.

Están forzando la puerta, es el futuro, se tardó tanto en llegar que ya no lo esperaba, dejaré que entre sin oponerle resistencia, de cualquier forma siempre hace lo que quiere.

Al abrirse la puerta distingo la forma del cuarto que ocupo: es una alcancía, he sido ahorrado toda mi vida y hoy vienen por mí para gastarme, soy una moneda reluciente, podrán comprar algo conmigo ¿ cuánto valdré ?, ¿ para cuánto alcanzo ?. Una alcancía, todo es una alcancía y hasta ahora me entero, he vivido en una caja fuerte preocupándome por lo que iba a comer mañana.

Oigo voces, cierro los ojos con fuerza, quiero parecer indiferente a sus decisiones, no importa lo que hagan conmigo, si pudiera les gritaría que son el culo del universo pero se darían cuenta de que finjo, pensarían que me quiero pasar de vivo. Ahora escucho risas, me han descubierto, no tengo más remedio, voy a abrir los ojos.

38

Esto debe ser una mala broma, lo que veo es a Ismael tocándome la frente mientras en su rostro se refleja la preocupación que mostraba cuando practicaba la medicina: resignación sin resignarse, no se puede eliminar la enfermedad, pero siempre debe intentarse algo, parece decirme. Dirige unos murmullos a la persona que lo acompaña, no la distingo, no sé quien pueda ser.

Han puesto una toalla húmeda sobre mi cabeza, Ismael me quita de encima las cobijas.

- Tengo frío -, les digo.

Ellos sonríen, sinceramente no veo la gracia en permitir que me congele, intento añadir algo pero me interrumpen asegurándome que pronto estaré mejor. Yo quiero estar bien ahora, en este instante, no mañana.

39

Cuando despierto no reconozco la cama en la que estoy acostado, me cubre un par de sábanas limpias, aún tengo la toalla mojada sobre la frente, pero ha desaparecido la molesta sensación de la fiebre, el estómago ha dejado de dolerme y tampoco siento la urgencia de ir al baño.

Ismael entra en la habitación sonriendo amablemente, me acerca una taza de té, me incorporo a medias apoyándome en un brazo, doy un pequeño sorbo a la bebida, una sensación agradable de calor baja por mi esófago.

- ¿ Qué me pasó ?- le pregunto a Ismael.
- Comiste algo contaminado con salmonela - me explica -, estuviste encerrado durante varios días, Claudia se preocupó cuando no recibió llamadas tuyas, vino a buscarme y la acompañe a tu departamento. Gracias a que el conserje tenía un duplicado conseguimos entrar. Estabas hecho un desastre, con fiebre y delirando, tuviste suerte de que llegáramos antes de que te disolvieras en tu mierda.
- Te agradezco - afirmo, aunque no me convence mucho eso de disolverme en la mierda.
- Si quieres morirte - continúa - busca una forma diferente, morir de diarrea me parece poco digno.

Así son las bromas de Ismael, siempre sutiles y delicadas.

Termino el té, le extiendo el recipiente vacío a Ismael.

- Estarás de invitado aquí en mi casa mientras te recuperas del todo, procura portarte bien, obedece a tu médico - añade mientras abandonaba la recámara mostrándome una amplia sonrisa.

40

Los días siguientes fueron un adelanto de lo que espero sea mi vejez: despertaba a media mañana y, enfundado en una bata que Ismael tuvo a bien prestarme, salía a tomar un poco de sol al patio, leía un libro hasta que la esposa de mi amigo llegaba con un jugo en naranja, ese era el desayuno que mi débil estómago podía consumir. Mientras lo bebía platicábamos de cualquier trivialidad, sólo nos deteníamos cuando se acercaba la hora de la comida, entonces ella se refugiaba en la cocina mientras yo continuaba mi lectura.

Al terminar de comer mirábamos el televisor, durante ese tiempo me puse al día con las series, los programas de concurso, el campeonato de liga de fútbol, los noticieros, en fin, las horas completamente llenas de programación antes de la cena, que en mi caso consistía de una infusión de hierbas amargas endulzada con miel.

Ismael llegaba lo más tarde posible, en ocasiones bastaba mirar la sonrisa que cargaba para saber que había pasado la tarde fornicando. Si yo podía notarlo era obvio que su esposa también. En esos momentos me despedía discretamente de ambos y desaparecía lo más pronto posible. Desde mi habitación podía escuchar las recriminaciones que mutuamente se hacían.

Quince días después mi amigo me dio de alta, estaba sano pero debía andarme con cuidado, me hizo una lista de recomendaciones: que debía evitar comer, que podía tomar si me sentía enfermo, por último me indicó que se había organizado una reunión en el Borcelinos para la tarde siguiente, íbamos a festejar mi regreso al mundo de los vivos. Me despedí de su esposa agradeciéndole de todas las formas posibles sus atenciones.

41

Al llegar al bar distinguí en una mesa a Rudolf, Alicia, Tomás, Rebeca, Ismael, Claudia y dos desconocidos invitados por Rudolf; todos me saludaron efusivamente, Claudia me abrazó cariñosamente, - estas muy delgado - murmuró en mi oído, - claro, me tragué la mitad del infierno - contesté.

Ocupé mi lugar en la mesa, Tomás me miraba con desprecio, esperó a que terminaran las felicitaciones por mi recuperación para decirme:

- Todo eso te pasa por perezoso, si continuaras con el programa de ejercicios, jamás te enfermarías, mírame, tengo el cuerpo garantizado para funcionar perfectamente.

Pretendí ignorarlo, no tenía ánimos para involucrarme en una discusión sin sentido, pedí al mesero un refresco de manzana y me refugié en una conversación a media voz con Claudia.

El grupo retomó entonces el tema que habían interrumpido con mi llegada; Rebeca, la pequeña niña de azúcar que casi desaparecía en los brazos de Tomás, iba a competir en el campeonato mundial de Tae Kwan Do. No pude menos que sorprenderme, me parecía imposible imaginar a esa criatura tirando patadas y golpes en medio de gritos amenazadores. También sentí compasión por el mesero que, semanas antes, había recibido en los huevos una muestra de lo que podía hacer nuestra representante nacional en ese brusco deporte.

Mientras se entusiasmaban con las perspectiva de la competencia que tendría lugar dentro de muy poco, mi atención se enfocó en las burbujas que se formaban en el interior del refresco de manzana, esos diminutos círculos me recordaban los esquemas del átomo que había aprendido en la escuela. Finalmente, si tú, yo, la salmonela, todo, está formado por moléculas,¿ porqué otras moléculas te pueden joder tanto ?

lunes, 19 de julio de 2010

La Hora, capítulo 10

11 : 27

Los días siguientes viví una soledad muy intensa, salía de mi casa para dar largas caminatas, el vagabundeo terminaba a media tarde cuando me introducía en un cine sin importarme cual fuese la película que se exhibía ó me abandonaba en una mesa de un restaurante de comida rápida, aprovechando que llenaban interminablemente mi taza de café. Cuando la obscuridad avanzaba lo suficiente volvía a la calle. Miraba entonces a oficinistas dirigiéndose a su casa, sentía cierta nostalgia por mi empleo, por mi rutina.

Descubrí que más doloroso que la ausencia de Marta, era perder los hábitos que construí con ella el período muy corto que convivimos, si puedo llamar convivencia a mi búsqueda desesperada y a sus negativas continuas. Puede parecer lo contrario, pero soy un tipo que aprecia bastante las costumbres, esos días de paseos sin rumbo me permitieron descubrir esa particularidad mía: genero hábitos muy fácilmente, quizá la falta de arraigo me hace encontrar seguridad en ritos y formas intranscendentes cuya repetición frecuente me hace naufragar apenas se alteran.

Recordaba ciertas relaciones superficiales que, a poco tiempo de establecerlas, me costaba un considerable esfuerzo terminarlas, por ejemplo, durante un tiempo acostumbré limpiar mis zapatos con un tipo muy agradable que ponía su puesto a pocos metros de la entrada del periódico, antes de mis labores platicaba con él diez ó quince minutos. Un día desapareció sin avisar, esperé encontrarlo al día siguiente, tampoco llegó; semanas más tarde lo encontré por otro rumbo, se había mudado de casa y le dificultaba mucho ir al periódico, ahora ofrecía sus servicios en otro sitio. Bueno, pues su ausencia me entristeció estúpidamente varios días.

Esa era la clase de cambios que podían alterarme, así que pueden imaginar cual era mi estado de ánimo sabiendo que Marta se había alejado irremediablemente.

28

Varios días después lavé mis pantalones que ya pedían a gritos el agua y jabón, al sumergirlos en la cubeta un papel salió a flote, era el número de Claudia, la tinta se había corrido pero aún era legible. Le llamé ese mismo día.

Se alegró al oírme, quiso que pasara a su empleo por ella, después iríamos al cine, trabajaba en una oficina del gobierno, se encargaba del sistema que distribuía desayunos infantiles en las escuelas primarias; salía temprano y tenía toda la tarde libre, del sujeto que la había hecho sentirse tan miserable el día de la fiesta mejor no hablar, si prometía no mencionarlo, ella tampoco se acordaría de la mujer que me había puesto en ese estado. Acordadas esas reglas se sentiría feliz de verme a las tres en punto fuera de su oficina.

El resultado de la llamada excedió en mucho mis expectativas, mi ánimo mejoró notablemente, me afeité y cubrí mis mejillas con cantidades industriales de loción barata. Después de las reuniones clandestinas y tortuosas con Marta era lindo tener una cita normal.

29

Salimos en varias ocasiones sintiéndonos terriblemente inocentes; ella tenía un auto compacto en el cual cruzábamos la ciudad buscando películas que nos parecía urgente ver, todas eran comedias románticas con finales felices, salíamos del cine sintiéndonos afortunados de estar vivos. En la obscuridad, mientras se proyectaba el filme, ella tomaba mi mano y la guardaba en su regazo, mis dedos sudaban abundantemente pero no le importaba demasiado, a lo más, limpiaba cuidadosamente mi sudor con un pañuelo desechable, para después tomar mi mano con más fuerza.

No sé como definiríamos nuestra relación, pero nos veíamos como amigos solidarios, dos personas que se habían encontrado para compartir las horas de la tarde y los problemas cotidianos, nada profundo ni demasiado complicado, además, estaba el ingrediente de la atracción sexual que evidentemente sentíamos. Sabíamos que cuando la dejáramos salir nos tomaría como rehenes, debíamos acercarnos a ella con cuidado, si no queríamos estropearlo todo.




30

Consumir palomitas de maíz y refresco durante las funciones de cine me provocaron una barriga que desentonaba con el resto de mi cuerpo; pensé que Tomás podía ayudarme mediante una rutina de ejercicios en su gimnasio. Me levanté temprano, metí en una maleta pequeña alguna ropa deportiva y encaminé mis pasos decidido a incluir en mi vida una sesión diaria de sano ejercicio.

Tomás se alegró con mi visita, traté de explicarle mi intención antes de iniciar los ejercicios: no me interesaba ganar músculos ni convertirme en un verdadero atleta , únicamente quería deshacerme de la incipiente panza que comenzaba a colgarme. Me interrumpió, si alguien sabía en ese lugar lo que convenía a cada persona en deporte y ejercicios era él, así que lo mejor era callarme, vestirme con la ropa que guardaba en mi maleta y obedecer al pie de la letra sus instrucciones. No añadí más, me puse la ropa deportiva y comencé mi primer rutina en el gimnasio.

Realicé los primeros ejercicios sorprendiéndome de mi capacidad, los pesos que Tomás ponía en los aparatos eran fáciles de levantar, incluso añadí algunas repeticiones a las que él me requería, llegué a lamentar no haber iniciado antes mi programa de ejercicios. Dos horas después, bañado en sudor, terminé la rutina.

Bien - dijo Tomás - vete a la regadera, te invito a comer. Su rostro adquiría matices de verdadero profesional cuando se trataba de ser instructor del gimnasio, nada de bromas ni juegos, ese lugar era un sitio de trabajo para quienes, como yo ahora, queríamos mejorar nuestra vida haciéndonos conscientes de la importancia de un cuerpo sano y bien formado.

Bajo el chorro de agua caliente comencé a sentir bastante hambre, mis músculos se relajaban agradablemente, le dediqué a mi panza una mirada de despedida, dentro de poco la barriga desaparecería para dejar en su lugar un abdomen plano y agradable.

31

- ¿ Cómo te sientes ? - preguntó Tomás cuando salí de la ducha.
- Bien, con hambre - contesté.
- Nos iremos a comer apenas llegue Rebeca, es mi novia, vamos a comer y después a tomar algunas cervezas, te ayudarán con el ejercicio - aclaró.

Me quedé pensando como podrían ayudarme unas cervezas con el ejercicio, pero elegí ahorrarme su liturgia acerca de los azúcares y la estrecha relación que guardaban con el metabolismo … preferí decirle que necesitaba hacer una llamada telefónica; quería comunicarme con Claudia para que nos alcanzara en el sitio donde estaríamos en la tarde. Pregunté donde se encontraba un teléfono público.

- Ten, llama por aquí - me contestó extendiéndome su teléfono celular.

32

Comimos abundantemente, seguro había recuperado la grasa que había conseguido bajar en el gimnasio, pero no importaba mucho, el asunto era conservar la disciplina, los resultados se verían con el tiempo. Después de la comida Tomás nos llevó a un bar donde, aseguraba, servían la mejor cerveza de barril que él hubiera tenido oportunidad de probar.

Rebeca, su novia, era una mujercita delgada y de apariencia frágil, se colgaba de su brazo con orgullo, esforzándose en demostrar que él era dueño total de su existencia; cuando pedimos las bebidas, fue Tomás quien ordenó por ella, apenas levantaba la mirada cuando hablaba conmigo, preferentemente dirigía su vista hacia Tomás aunque la pregunta fuese para mí. Yo le contestaba a él, quien repetía mi respuesta como si se tratara de nuestro traductor, era obvio que ella temía los celos de Tomás; descansé cuando Claudia llegó al lugar, podíamos hablar más tranquilos si la plática se dividía entre cuatro y, sobre todo, eliminábamos cualquier sospecha de un acercamiento mío a Rebeca.

Aligerado el ambiente con la presencia de Claudia la conversación se hizo más agradable; comentamos brevemente mi experiencia en el gimnasio, Claudia se mostró entusiasmada, hacía bien - me decía - en ocuparme de algo en lugar de estar todo el tiempo entregado al ocio, si veía una mejora en mí, tal vez ella se animara, sería buena idea hacer ejercicio juntos. De ahí pasamos a otros temas, Tomás resultaba un conversador excelente si lo manteníamos alejado de los aspectos deportivos; al final quedamos comprometidos para vernos con ellos la siguiente semana.

Antes de salir del bar me levanté en compañía de Tomás para ir al baño, cuando estabamos de regreso, al acercarnos a la mesa, él golpeó la cabeza de Rebeca con la mano abierta:

- ¿ A quién has estado viendo ? - le preguntó.
- A nadie - contestó ella abriendo los ojos con terror.
- Haces bien, vámonos - repuso él.

Claudia me dirigió una mirada, estaba francamente sorprendida con la actitud de Tomás. Me encogí de hombros, no lo conocía lo suficiente como para explicar la situación, prevenidamente apresuré nuestra salida. Nos adelantamos a la puerta y ahí los esperamos.

Mientras ellos caminaban para alcanzarnos, un mesero que podía competir en ancho con Tomás, miró insistentemente a Rebeca. Tomás sujetó a su pareja firmemente de un brazo y comenzó a decirle entre dientes: - Puta, eres una puta -.

El mesero no se mantuvo al margen; se paró frente a Tomás para exigirle que la soltará, no podían tratar a una mujer así, él estaba ahí si pensaba que nadie podía defenderla. Rebeca se zafó de Tomás, caminó con decisión hacia el mesero y le plantó un certero puntapié en los testículos. El pobre hombre cayó en acción retardada: dobló primero las rodillas, después su voluminoso pecho se encogió sobre su abdomen, quedó hecho un ovillo en el suelo.

- El hace conmigo lo que quiera, pendejo - le espetó Rebeca mientras se alejaba abrazada de Tomás.

Cuando nos retirábamos, varios compañeros del mesero le ayudaban a ponerse de pie tratando de aguantar la risa.

33

Al día siguiente, cuando intenté levantarme para continuar mi programa de ejercicios, descubrí con desagrado que el cuerpo entero se había convertido en una masa adolorida; los brazos, el cuello, las piernas, el abdomen, todo me dolía con el menor movimiento, llegué casi arrastrándome al baño, creo que hasta los dedos tenía entumidos por el dolor; estaba viviendo los estragos de mi primer - y último - día de físico - culturista. Mis movimientos eran semejantes a un hombre de hojalata, sentarme en el retrete para defecar se convertía en una hazaña bajo esas circunstancias.

Tirado en la cama tardé alrededor de quince minutos para encontrar una posición más ó menos tolerable, quedé boca abajo, mirando al suelo. Tenía unos periódicos viejos, los acerqué para leerlos, parecía ser la única actividad posible de realizar sin que sintiera un estacazo.

Al hojear los diarios sentí que las noticias de uno ó dos meses atrás bien podían ser las de ahora, tanta información hacía imposible seguir siquiera una historia de principio a fin. Con el empleo en el periódico perdí la costumbre de comprar diarios; descubrí que todos contenían las mismas notas. El proceso parece sencillo: las agencias informativas internacionales envían los reportajes a todo el mundo, cada jefe de sección elige aquellos que parecen más interesantes, los huecos se llenan con escritos elaborados por reporteros del propio periódico, que no por casualidad, cubren los mismos eventos que el resto de los reporteros de otros diarios, al final tenemos veinte ó treinta periódicos perfectamente uniformes, si has leído uno, has leído todos.

Dejé las viejas publicaciones; realizando un lento y doloroso giro me ocupé de las características del techo, desde mi infancia he llenado muchas horas hilando palabras mientras miro las manchas en el techo, inicio con la primera que me viene a la mente y relaciono la siguiente, después la tercera y así, consecutivamente hasta que me harto ó consigo dormir.

A media mañana las molestias provocadas por el ejercicio eran más o menos tolerables, me vestí trabajosamente y salí del departamento para concertar mi cita vespertina con Claudia, caminaba despacio, evitando cualquier movimiento brusco. En el pasillo topé con dos vecinas que charlaban amigablemente, las saludé y seguí de largo, al alejarme pude escuchar como una le decía a la otra:

- Los perros orinan donde quieren.

Ese tipo de verdades contundentes son lo que necesitamos para darle sentido a la existencia, pensé.

34

Después de hablar con Claudia me quedaban varias horas disponibles, ni en la peor de las locuras regresaría al gimnasio, preferí dar un paseo por la ciudad, abordé el primer autobús que pasó. Es muy confortable moverse sin dirigirse a un lugar preconcebido, disfruté viendo los rostros de las personas que subían y bajaban al transporte, imaginaba su estado de ánimo ó las historias que las precedían; el autobús cruzaba el centro de la ciudad, me apeé frente a un gran almacén departamental.

Vi los escaparates sintiendo un poco de nostalgia, nunca había poseído gran cosa, pero recordaba los tiempos en que ambicionaba tener, llenarme con algo: una relación, un buen empleo, objetos agradables, ropa. En mi condición había perdido ese estímulo, el deseo de comprar una lavadora ó un comedor me parecía absurdo.

Entré a la tienda, evidentemente yo no era un objeto de mercado, los vendedores no se acercaban a mí, quizá la única inquietud que podía provocar era en los guardias de seguridad. Me detuve frente a una pared tapizada con televisores, había de varios tamaños reproduciendo la misma señal en sus pantallas, el sonido ambiental ejecutaba una balada en inglés, si me lo proponía podía conseguir que, mentalmente, el sonido se sincronizara con la imagen, cualquier sonido podía combinarse exitosamente con las imágenes. Todos los televisores iguales, todos los sonidos iguales, todos los diarios iguales, todos los consumidores… Me descubrí mirándome atentamente las manos, toqué mi cara con la yema de los dedos. Una vendedora se acercó para preguntarme si me sentía bien; salí del almacén sin contestarle.

35

Me dirigí al trabajo de Claudia en el metro, durante el trayecto observé atentamente a los pasajeros que aparentaban tener más urgencia por llegar a su destino; estaban llenos de importancia, sus ademanes, la forma en que consultaban continuamente su reloj, la manera en que miraban a sus compañeros de viaje, todo en ellos exudaba importancia. Un pensamiento se fijó claramente en mi mente, como una iluminación: todos, incluidos los importantes somos un manojo de carne con hoyos, la boca, la nariz, el culo… lo peor es darse cuenta que esos agujeros no tienen salida, terminan en nuestras vísceras, nuestra importancia se agota en las tripas que nos llenan y vacían. Por fortuna llegué a la estación cercana a la oficina de Claudia antes de sentirme verdaderamente enfermo, al encontrarme en la calle aspiré con toda la fuerza de mis pulmones.

La película elegida para ese día se exhibía en un cine relativamente alejado del trabajo de Claudia, calculamos el tiempo estimado para llegar, era suficiente si teníamos la suerte de encontrar el tráfico fluido. No fue así, nos encontramos atascados entre un centenar de autos que no conseguían moverse, una marcha de obreros y estudiantes ocupaba una avenida principal resultando imposible continuar nuestro camino.

Desesperada Claudia buscó una ruta alterna, el resultado fue perder por completo el rumbo, si queríamos ver la cinta tendríamos que esperar a una mejor ocasión. Conducir en esas circunstancias agotó notablemente a mi compañera; desalentada por la situación decidió estacionarse un momento para tomar un pequeño descanso.

36

El sitio donde nos detuvimos era una calle cerrada, limitada por un campo deportivo al frente de nosotros, del lado del conductor, hacía donde estabamos estacionados, se extendía un lote baldío, era un lugar silencioso y solitario.

Besé a Claudia en la mejilla, le dije que no importaba, podíamos ver la película después, ella respondió besándome los labios, introduciendo su lengua en mi boca y desabrochando le hebilla de mi cinturón. Me sorprendió la velocidad con la que había actuado, era obvio que buscaba sexo rápido, pero yo no tenía aún una erección plena, bajó el cierre de mi bragueta y se percató de que mi pene reposaba blandamente en mis testículos; inclinó su cabeza y comenzó a chupármelo mientras yo acariciaba sus cabellos diciendo su nombre con la respiración entrecortada.

Con ese tratamiento, mi verga tardó muy poco en encontrarse plenamente lista para penetrarla. Claudia vestía una falda muy amplia que le llegaba hasta los pies, la levantó y se desembarazó de sus bragas con facilidad, ágilmente saltó de su asiento al mío para montarse en mis muslos, movía su cintura hacía adelante y hacía atrás murmurando - métemelo, métemelo - la obedecí de inmediato.

Fue un orgasmo corto pero intenso el que tuvimos, al terminar, sus antebrazos reposaban en el respaldo del asiento rodeando mi cuello, mis manos se sujetaban firmemente a sus nalgas. - Vamos a tu casa - propuso.

Después de ese día las visitas a los cines fueron cada vez menos frecuentes.

miércoles, 7 de julio de 2010

La Hora, capítulo 9

11 : 21

Estoy acostado sobre una tabla acolchonada, me despierta la sensación de mi saliva escurriéndome por la mejilla, no reconozco el lugar, en la pared hay fotografías de hombres y mujeres luciendo musculaturas impresionantes, percibo un penetrante olor a vómito, levanto ligeramente la cabeza, distingo diferentes aparatos para levantar pesas, estoy en un gimnasio. Me pongo de pie, camino entre las poleas y barras que asemejan instrumentos de tortura. Tengo sed y un mal sabor de boca, en el fondo del salón se encuentran los baños, camino hacia ellos. Mojo abundantemente mi cabeza, me veo en el espejo, mi reflejo es el mismo de siempre, eso me tranquiliza. Comienzo a recordar.

22

Cuando Marta se fue me dejó confundido, sin entender cabalmente lo que había ocurrido, llamé por teléfono a Ismael para compartirle mi desdicha, me dijo que habían organizado una fiesta en casa de Rudolf para esa noche; podíamos vernos ahí y platicar con más calma.

Salí a caminar, me sentía como si hubiera recibido una paliza y los golpes aún no se hubieran enfriado, el dolor comenzaría a sentirse dentro de poco, no quise esperar hasta la noche estando totalmente sobrio, decidí comprar una botella de mezcal barato y beberla lentamente hasta que fuera hora de ir a casa de Rudolf.

Me pasé las horas del día sentado en el sillón, dando discretos sorbos a mi bebida, evitando al máximo pensar, permitiendo al alcohol ocupar lentamente mis sentidos, era una dulce sensación de abandono, mis ideas dejaron de circular por el cerebro. No sentí hambre ni sueño, me movía sólo si era indispensable, durante ese tiempo fui un bulto ajeno a cualquier indicio de vida. Apenas obscureció me encaminé a la reunión con mis amigos, confiando en mi instinto para cruzar la ciudad sin perderme.

23

Había mucha gente en casa de Rudi, únicamente reconocí a la pareja que estaba con la Alicia la primera vez que los visité, la borrachera de mezcal estaba ligeramente oculta, esperando un pequeño impulso para tomarme nuevamente por asalto, le di esa oportunidad sirviéndome un generoso trago de vodka y naranjada. Reanimado busqué a Ismael, lo encontré platicando con una mujer bastante aceptable, me acerqué sintiendo florecer dentro de mí la euforia proporcionada por la nueva dosis de alcohol en mi sangre.

Al extender mi mano para saludar a Ismael debo haber sonreído como estúpido porque él y su acompañante se movieron hacia atrás inmediatamente; quise platicarles la historia de lo ocurrido en la mañana pero sólo escupí un montón de palabras sin sentido. Ismael rodeó mis hombros con su brazo y me sentó en un sillón.

No te muevas - me recomendó -, quédate aquí mientras se te baja un poco la borrachera, ahora estoy ocupado, regresaré por ti más tarde.

Quedé sentado hecho un idiota, sonreía a las parejas que bailaban y saludaba a todos los desconocidos. Alicia se acercó a saludarme pero cuando notó mi estado se alejó lo más posible. Bebí de algunos vasos que casualmente se detenían en la mesa de centro que había frente a mí, era la mesa que Rudolf destrozara la ocasión pasada, el carpintero la reparó bastante bien. Necesité ir al baño; torpemente llegué al retrete y deposité en él una abundante cantidad de orines, salí con rumbo a la sala pero mis pies decidieron introducirme a una recámara.

24

Recargado en la cabecera de la cama estaba Ismael, abrazando a la mujer guapa con quien lo había visto momentos antes, cerca de ellos otra mujer, al parecer su amiga, balbuceaba sin quitar la vista de un cuadro que colgaba en la pared. Ismael se puso de pie para hablarme al oído:

- Llévatela de aquí, por favor, hemos querido sacarla pero insiste en contarnos todas sus desgracias.
- No te preocupes, voy a hacer algo - contesté.

Me senté junto a ella, acaricié su cabello, no se movió, lo interpreté como una aceptación y me atreví a rodearla con un brazo mientras besaba suavemente su cabeza.

- ¿ Qué pasa ? - pregunté.
- No te importa - contestó.
- Tienes razón - repuse y me volví a mirar atentamente el mismo cuadro que ella veía, giró entonces hacia mí, me besó la mejilla y colgó sus brazos de mi cuello.
- Es que lo quiero mucho - dijo.
- Yo también la quiero mucho y hoy me avisó que se larga a vivir con otro tipo - contesté.
- Son unos hijos de puta - añadió.
- Si, todos son unos hijos de puta - finalicé.

Nos besamos largamente. Ismael caminó con rapidez hacia la puerta asegurándola para evitar más visitas desagradables.

- Les toca la mitad de la cama - nos dijo mientras apagaba la luz.

25

Mi pareja estaba tan ebria como yo, nos acariciábamos torpemente al tiempo que intentábamos quitarnos la ropa, usaba pantaletas de encaje blanco que permitían ver un obscuro bosque de vello púbico, me excité e introduje uno de mis dedos en su vagina, ella suspiró empujando sus caderas para que la alcanzara más profundamente. Nos metimos a la cama y terminamos de desnudarnos bajo las cobijas, me aferré a su cintura y la penetre con fuerza, ella me abrazó murmurando - gracias, gracias - no entendí entonces y no entiendo ahora su agradecimiento.

Cualquiera que ha tenido sexo en medio de una borrachera sabe que el alcohol te permite retardar indefinidamente la eyaculación, yo aproveché esta circunstancia para alargar nuestros juegos sexuales: ella encima de mí, yo encima de ella, ella chupando mi pene mientras yo lamía su coño, nuevamente montada en mí, ahora sus piernas en mis hombros, cambiamos de posición y aprovecho para acariciar sus pechos con mi verga. Cuando sentí que, fatigado, iba a perder mi erección, me hundí en su cuerpo como si quisiera ahogarme en él, mordí uno de sus hombros permitiendo que un chorro mi esperma saliera de una buena vez; fue un orgasmo largo, acompañado por los gritos ahogados de mi compañera.

Abrazados, con los efectos de la bebida bastante diluidos intentamos dormirnos. La cama comenzó a agitarse, era Ismael quien ahora le daba con su amiga, esa mujer era verdaderamente escandalosa, ¡ estoy bien caliente, estoy bien caliente, no te vengas ! - exclamaba -, verlos coger terminó por animarnos, volvimos a hacer el amor, la idea de la cama comunitaria había resultado bastante afortunada: si una pareja parecía perder aire, la otra ayudaba con su ejemplo. Para desgracia nuestra, no poseíamos energía infinita, cuando llegó el momento en que los cuatro nos cansamos, la cama dejó de moverse y dormimos exhaustos.

26

Debían ser las tres de la mañana cuando mi nueva amiga se despertó alarmada:

- Tengo que irme, es muy tarde - me dijo en voz baja -, te dejo mi teléfono, llámame.

Me extendió un trozo de papel donde se leía “ Claudia ”, seguido por un número. Encendió la luz para retocarse el maquillaje y abandonó la habitación enviándome un beso a manera de despedida. Yo estaba aturdido todavía, a mi lado Ismael y su pareja roncaban plácidamente, intenté dormir pero fue imposible, me vestí para regresar a la sala.

En la fiesta quedaban aún varias personas, en un sillón distinguí a Rudolf platicando con un tipo enorme, en su espalda podía colgarse fácilmente una manta publicitaria, cuando hablaba daba palmadas en el hombro de Rudolf quien se veía bastante tranquilo en compañía de ese gorila, no había más sitio donde sentarse que a su lado. Me serví un trago y me acomodé junto a ellos.

- Tomás, te presento a Francisco - dijo Rudolf señalándome.

Al extender mi mano para saludarlo el gigantón aprovechó para demostrarme su fuerza haciendo puré mis dedos. Al llegar había interrumpido una discusión acerca de deportes que reanudaron después de saludarme. La plática no resultaba demasiado interesante, dejé de ponerle atención fingiendo seguirla mientras bebía recordando los momentos anteriores con Claudia, noté entonces que fue hasta que me dio su número telefónico cuando me enteré de su nombre.

Estaba inmerso en mis pensamientos cuando Tomás preguntó mi opinión acerca de la selección de fútbol holandesa de 1974, dije que si, que sin duda eran los mejores. Error, en ese momento él trataba de demostrar que aún jugándose en otro país, la selección de Alemania hubiese ganado ese campeonato mundial. Se olvidó de Rudolf y enfocó toda su argumentación en mí; no opuse demasiada resistencia, apenas la suficiente para que no notara que le estaba dando por su lado, terminé cayéndole bien, preguntó que estaba bebiendo, cuando le dije que vodka se levantó para acercar una botella casi llena, insistió en que la bebiéramos sin mezclarla, según él, era mejor si queríamos evitar que afectara nuestro metabolismo. En su plática utilizaba mucha jerga de físico - constructivismo.

Del fútbol pasó al basquetbol, de ahí a los deportes de pista y campo, después natación, regresó al fútbol; en todos los casos comenzaba con una descripción detallada de las ventajas que proporcionaba levantar pesas para mejorar el rendimiento, para todos los casos existían ejercicios que harían de cualquier alfeñique un atleta consumado; una vez detallados estos aspectos, comenzaba a enumerar representantes de cada disciplina que podían haber superado sus marcas mediante rutinas adecuadas, hacía una pausa esperando mi asentimiento, continuaba entonces añadiendo ejemplos que comprobaban su teoría.

Un par de horas más tarde habíamos consumido medio litro de vodka y agotado la paciencia de nuestros anfitriones; Rudolf estaba medio dormido con la cabeza recostada en las piernas de Alicia; no habían podido entrar a su recámara que seguía ocupada por Ismael. Tomás parecía tener cuerda para tres días más de juerga, ahora me contaba historias de su gimnasio, insistiendo en que tocara sus bíceps, su pecho, los tríceps.

Levanto 180 kilos en sentadilla - afirmó -, hice una expresión de duda lo que sirvió de pretexto para que, tomándome en sus brazos, se agachara y levantara tres veces consecutivas.

- Vámonos -, me ordenó mientras me regresaba al suelo.
- Tengo sueño -, me atreví a decirle.
- No importa, allá te duermes -, dijo sin darme más oportunidades de escapar.

Me despedí apuradamente de Alicia, quien levantó una mano agradeciendo que por fin saliéramos de ahí. Una vez en el auto de Tomás me dormí profundamente, cuando recuperé la conciencia estaba sobre la tabla de abdominales.

sábado, 26 de junio de 2010

la Hora, capítulo 8

17

Después de esa noche yo necesitaba unos tragos, convencí a Ismael de que los pagara, iríamos a Borcelinos donde ya había citado a Rudolf. Cuando llegamos estaba con Alicia, la llevaba para que conociera el lugar.

Pedimos cerveza, yo no tenía muchas ganas de hablar, más bien quería compañía mientras bebía. Afortunadamente Ismael y Rudolf se cayeron bien y hablaban animadamente mientras yo fingía ponerles atención.

Tomamos varias rondas, me sentía ligeramente ebrio, pero a excepción de Alicia, era quien reflejaba menos los efectos de la bebida. Rudolf pidió tequila, recordé que, de acuerdo a la recomendación que me había hecho Alicia en su casa, dejaba de ser un tipo tan amable si se excedía bebiendo, de cualquier manera decidí dejarlo continuar, quería saber hasta donde llegaban los holandeses ebrios. Ismael también mostró síntomas de borrachera: comenzó a predicar; tiene ese defecto, con varios tragos encima te pide perdón o te predica, sobre todo si recién te conoce.

Todo es cuestión de voluntad, afirmaba Ismael mientras pasaba un brazo por los hombros de Rudolf, de tener los cojones bien puestos, si no todo importa un carajo. Puedes tener lo que sea, pero sin huevos no llegas ni a la esquina.

Rudolf sonrió al oír la palabra huevos, le gustó, comenzó a repetirla: huevos, huevos, huevos… bebió el tequila de un trago y pidió otro que también terminó de golpe, huevos, sí, eso huevos, decía. Ismael guardó silencio, nunca esperó tener un discípulo tan adelantado, en la primer lección había comprendido toda su filosofía. Rudolf sacó su billetera, pagó la cuenta y nos invitó a su departamento.

Alicia se encargó de conducir mientras dirigía miradas discretas al asiento trasero del auto, donde se habían instalado Ismael y Rudolf, enfrascados en una plática ininteligible para nosotros. Mientras subíamos por las escaleras del edificio Rudolf gritaba ¡ huevos !, una puerta se abrió mostrándonos el rostro de una vecina preocupada por el escándalo. Alicia desistió del intento por callarlo y comenzó a sonreír.

Entramos al departamento, Rudolf tomó la mesa de centro y al grito de ¡ huevos ! la deshizo contra el suelo, ¡ huevos ! y acabó con tres vasos, ¡ huevos !, adiós televisor, ¡ huevos ! adiós florero, ¡ huevos ! y Rudolf estaba en el suelo, dormido como un ángel. Alicia lo desvistió y le ayudamos a meterlo en la cama. Esa mujer estaba verdaderamente enamorada.

Discúlpenlo - dijo - en el fondo se siente un extraño aquí, por eso se comporta de esta manera. ¿ Quieren algo de tomar ?

Nos sirvió un té preparado con una mezcla de hierbas especiales para evitar que la resaca del día siguiente fuera tan intensa. Ismael tenía sueño y se acomodó en un sillón, en pocos minutos estaba roncando tranquilamente. Con Alicia sentí que era una de esas personas en quienes puedes confiar sin mucho esfuerzo, tienen un sentido natural para decirte lo que necesitas oír sin dar grandes explicaciones. Le platiqué mi historia con Marta, necesitaba el punto de vista femenino en ese asunto, procuré no omitir detalles, estaba muy inquieto con las expresiones de Marta mientras hacíamos el amor y lo que había sentido en el momento de penetrarla; mientras describía mis sensaciones más confuso me parecía, finalmente le pedí su opinión buscando un poco de claridad.

Dio un sorbo a su té y me miró con el mismo rostro, mitad preocupado, mitad atento, que tenía mientras le ayudábamos a acomodar a Rudolf en su cama:

- Ya te cogieron - dijo.

Le creí.

18

En las semanas siguientes Ismael y Rudolf construían las bases para una sólida amistad, es decir, se acompañaban frecuentemente al Borcelinos tratando de elaborar entre cervezas y tequilas un sistema que les permitiera sobrevivir la realidad, mientras yo me perdía de su esfuerzo tratando de alcanzar a la inasible Marta.

Ella sabía muy bien lo que había provocado, lo sabía cuando la buscaba, cuando me hablaba de su novio sin mencionarlo por su nombre, cuando me hacía odiarla hasta sentirme fastidiado, con el firme propósito de no verla nunca más y aparecía en mi casa, a media tarde, para ocultar mi voluntad en su cuerpo mediante cogidas inolvidables. Haciendo lo necesario para estar siempre ausente y presente, para buscarla sabiendo que la encontraría únicamente si ella quería encontrarme.

Presentí que Marta guardaba un secreto, un fragmento escondido en su estructura mental que para mí sería imposible descubrir. Me seducía mediante la esperanza y el engaño, por ejemplo, yo sabía que tenía otra relación y sin embargo seguía conmigo, haciéndome creer que era posible vivir así indefinidamente.

En eso consistía su misterio, en su capacidad para hacerme creer en un futuro inexistente; en cierto sentido, creo, es la esperanza lo que termina matándonos; si de antemano supiéramos que nuestros esfuerzos son inútiles todo lo terminaríamos antes de comenzarlo, es la esperanza de alcanzar nuestros deseos lo que nos mantiene vivos y termina aniquilándonos.

Ella lo sabía a su modo. Siempre conseguía que la esperara otra vez, una más que fuera la penúltima, nunca la última. Ha pasado el tiempo y aún sigo pensando en verla nuevamente, en sentirla entrañable como entonces, no sé si vive pero continúo con la imagen clara de su sexo abriéndose en mi piel.

Supongo que así vivimos todos, pensando que todo lo que hacemos es por penúltima ocasión, que tendremos siempre una oportunidad más. Lo imperfecto, lo terriblemente siniestro es que finalmente llega la última y no queremos darnos cuenta, no lo aceptamos, bajamos los párpados dejándonos seducir. Mierda Marta, mierda.

19

Oigo tocar la puerta. Es demasiado temprano, nadie viene a visitarme a las ocho de la mañana, me levanto de mal humor, abro: es Marta. Se ha vestido como el día que la conocí, pantalones de mezclilla y una blusa verde muy sencilla. Oculta algo esta mañana, no quiero adivinarlo.

Entramos a mi recámara y nos sentamos en la cama, guarda silencio, sigo sus movimientos haciendo un esfuerzo por terminar de despertar, toma una de mis manos, besa los dedos, cierra los ojos y me abraza, nos acostamos, pone su oído en mi pecho, me pide que diga algo. Digo su nombre, me hace repetirlo, se ríe, pone mi mano derecha sobre su corazón, siento los latidos, respira profundamente, en el cuarto sólo se escucha nuestra respiración.

Se acuesta sobre mí, cierro los ojos, con su lengua me roza las cejas, su dedo pasa por mis labios, abrazo su cintura y meto las manos bajo la blusa, le quito el sostén.


20

Terminamos de hacer el amor, desnudos, uno al lado del otro miramos el techo, en lo alto busco figuras hechas por la humedad mientras el sudor se enfría sobre mi piel, quiero quedarme aquí, que nada cambie jamás. Sin pronunciar palabra Marta se pone de pie y comienza a vestirse, pareciera que hasta ahora se da cuenta que ha estado conmigo todo este tiempo, compartiendo su cuerpo con un extraño. Hago el intento de vestirme pero me detiene.

- No me llames más - dice -, voy a vivir con Eduardo.

Es la primera vez que escucho el nombre de su novio y lo ha dicho como sé que jamás pronunciará el mío. Sin añadir más sale del departamento, me quedo sentado en la orilla de la cama, apoyando los codos en las rodillas, contemplando el suelo.