lunes, 26 de julio de 2010

La Hora, capítulo 11

11:37

Debo haber comido un pedazo de muerte, por eso estoy aquí, enfermo desde hace tres días, no puedo levantarme. He pasado este tiempo mirando el reloj despertador que aguarda a un lado de mi cama, aprendí lo que es una hora: es el tiempo que tarda la manecilla grande en alcanzar a la chica, después la abandona para seguir su carrera cruzando el campo marcado por pequeñas líneas y números enormes. Eso es una hora.

Siento a las sábanas inflarse con aire frío, el aire se adhiere a mi cuerpo convirtiéndose en sudor, también frío, helado. Las cobijas caen sobre mí con todo su peso. El tiempo se reduce cuando cierro los ojos, en esa obscuridad intento adivinar que veo, a quién escondo. Abro la boca para respirar, la abro lo más posible, grande, que entre en mi todo el aire que flota en la recámara.

En el piso se dibuja un rectángulo de luz, su palidez me indica que pronto será de noche, entonces intentaré dormir un poco, antes tendré que ponerme de pie para ir al baño y defecar las peste negra que cargo en el estómago. Siento a las serpientes girar en mis tripas, dan de vueltas enloquecidas, consigo calmarlas si me paro en la ventana y el sol calienta mi abdomen, pero no resisto mucho en esa posición. Termino por marearme y dejar caer mi humanidad en el colchón.

Son cuatro pasos los que necesito para alcanzar el retrete, no recuerdo si la última vez dejé correr el agua, el olor a mierda es insoportable. Tengo los intestinos llenos de aire, siento al pedo salir y meto la nariz en las cobijas, entonces huele peor que el baño, pero es mi peste, por eso la soporto, puede ser que hasta me agrade.

Ayer en la noche fue horrible, mientras dormía sentí crecer la tierra a mis espaldas, me sostenían pilares de tierra, cualquier movimiento implicaba el riesgo de caer. ¿ Caer a dónde ?. No volveré a comer jamás.

He cagado cuanto he podido, la diarrea es humillante, no me permite alejar el trasero dos metros del baño, es tan humillante como estar parado en el quicio de una puerta esperando a que termine de llover, peleando el espacio con otros miserables que tampoco quieren mojarse. La lluvia y la enfermedad son irremediables y perversas.

Están forzando la puerta, es el futuro, se tardó tanto en llegar que ya no lo esperaba, dejaré que entre sin oponerle resistencia, de cualquier forma siempre hace lo que quiere.

Al abrirse la puerta distingo la forma del cuarto que ocupo: es una alcancía, he sido ahorrado toda mi vida y hoy vienen por mí para gastarme, soy una moneda reluciente, podrán comprar algo conmigo ¿ cuánto valdré ?, ¿ para cuánto alcanzo ?. Una alcancía, todo es una alcancía y hasta ahora me entero, he vivido en una caja fuerte preocupándome por lo que iba a comer mañana.

Oigo voces, cierro los ojos con fuerza, quiero parecer indiferente a sus decisiones, no importa lo que hagan conmigo, si pudiera les gritaría que son el culo del universo pero se darían cuenta de que finjo, pensarían que me quiero pasar de vivo. Ahora escucho risas, me han descubierto, no tengo más remedio, voy a abrir los ojos.

38

Esto debe ser una mala broma, lo que veo es a Ismael tocándome la frente mientras en su rostro se refleja la preocupación que mostraba cuando practicaba la medicina: resignación sin resignarse, no se puede eliminar la enfermedad, pero siempre debe intentarse algo, parece decirme. Dirige unos murmullos a la persona que lo acompaña, no la distingo, no sé quien pueda ser.

Han puesto una toalla húmeda sobre mi cabeza, Ismael me quita de encima las cobijas.

- Tengo frío -, les digo.

Ellos sonríen, sinceramente no veo la gracia en permitir que me congele, intento añadir algo pero me interrumpen asegurándome que pronto estaré mejor. Yo quiero estar bien ahora, en este instante, no mañana.

39

Cuando despierto no reconozco la cama en la que estoy acostado, me cubre un par de sábanas limpias, aún tengo la toalla mojada sobre la frente, pero ha desaparecido la molesta sensación de la fiebre, el estómago ha dejado de dolerme y tampoco siento la urgencia de ir al baño.

Ismael entra en la habitación sonriendo amablemente, me acerca una taza de té, me incorporo a medias apoyándome en un brazo, doy un pequeño sorbo a la bebida, una sensación agradable de calor baja por mi esófago.

- ¿ Qué me pasó ?- le pregunto a Ismael.
- Comiste algo contaminado con salmonela - me explica -, estuviste encerrado durante varios días, Claudia se preocupó cuando no recibió llamadas tuyas, vino a buscarme y la acompañe a tu departamento. Gracias a que el conserje tenía un duplicado conseguimos entrar. Estabas hecho un desastre, con fiebre y delirando, tuviste suerte de que llegáramos antes de que te disolvieras en tu mierda.
- Te agradezco - afirmo, aunque no me convence mucho eso de disolverme en la mierda.
- Si quieres morirte - continúa - busca una forma diferente, morir de diarrea me parece poco digno.

Así son las bromas de Ismael, siempre sutiles y delicadas.

Termino el té, le extiendo el recipiente vacío a Ismael.

- Estarás de invitado aquí en mi casa mientras te recuperas del todo, procura portarte bien, obedece a tu médico - añade mientras abandonaba la recámara mostrándome una amplia sonrisa.

40

Los días siguientes fueron un adelanto de lo que espero sea mi vejez: despertaba a media mañana y, enfundado en una bata que Ismael tuvo a bien prestarme, salía a tomar un poco de sol al patio, leía un libro hasta que la esposa de mi amigo llegaba con un jugo en naranja, ese era el desayuno que mi débil estómago podía consumir. Mientras lo bebía platicábamos de cualquier trivialidad, sólo nos deteníamos cuando se acercaba la hora de la comida, entonces ella se refugiaba en la cocina mientras yo continuaba mi lectura.

Al terminar de comer mirábamos el televisor, durante ese tiempo me puse al día con las series, los programas de concurso, el campeonato de liga de fútbol, los noticieros, en fin, las horas completamente llenas de programación antes de la cena, que en mi caso consistía de una infusión de hierbas amargas endulzada con miel.

Ismael llegaba lo más tarde posible, en ocasiones bastaba mirar la sonrisa que cargaba para saber que había pasado la tarde fornicando. Si yo podía notarlo era obvio que su esposa también. En esos momentos me despedía discretamente de ambos y desaparecía lo más pronto posible. Desde mi habitación podía escuchar las recriminaciones que mutuamente se hacían.

Quince días después mi amigo me dio de alta, estaba sano pero debía andarme con cuidado, me hizo una lista de recomendaciones: que debía evitar comer, que podía tomar si me sentía enfermo, por último me indicó que se había organizado una reunión en el Borcelinos para la tarde siguiente, íbamos a festejar mi regreso al mundo de los vivos. Me despedí de su esposa agradeciéndole de todas las formas posibles sus atenciones.

41

Al llegar al bar distinguí en una mesa a Rudolf, Alicia, Tomás, Rebeca, Ismael, Claudia y dos desconocidos invitados por Rudolf; todos me saludaron efusivamente, Claudia me abrazó cariñosamente, - estas muy delgado - murmuró en mi oído, - claro, me tragué la mitad del infierno - contesté.

Ocupé mi lugar en la mesa, Tomás me miraba con desprecio, esperó a que terminaran las felicitaciones por mi recuperación para decirme:

- Todo eso te pasa por perezoso, si continuaras con el programa de ejercicios, jamás te enfermarías, mírame, tengo el cuerpo garantizado para funcionar perfectamente.

Pretendí ignorarlo, no tenía ánimos para involucrarme en una discusión sin sentido, pedí al mesero un refresco de manzana y me refugié en una conversación a media voz con Claudia.

El grupo retomó entonces el tema que habían interrumpido con mi llegada; Rebeca, la pequeña niña de azúcar que casi desaparecía en los brazos de Tomás, iba a competir en el campeonato mundial de Tae Kwan Do. No pude menos que sorprenderme, me parecía imposible imaginar a esa criatura tirando patadas y golpes en medio de gritos amenazadores. También sentí compasión por el mesero que, semanas antes, había recibido en los huevos una muestra de lo que podía hacer nuestra representante nacional en ese brusco deporte.

Mientras se entusiasmaban con las perspectiva de la competencia que tendría lugar dentro de muy poco, mi atención se enfocó en las burbujas que se formaban en el interior del refresco de manzana, esos diminutos círculos me recordaban los esquemas del átomo que había aprendido en la escuela. Finalmente, si tú, yo, la salmonela, todo, está formado por moléculas,¿ porqué otras moléculas te pueden joder tanto ?

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