11 : 27
Los días siguientes viví una soledad muy intensa, salía de mi casa para dar largas caminatas, el vagabundeo terminaba a media tarde cuando me introducía en un cine sin importarme cual fuese la película que se exhibía ó me abandonaba en una mesa de un restaurante de comida rápida, aprovechando que llenaban interminablemente mi taza de café. Cuando la obscuridad avanzaba lo suficiente volvía a la calle. Miraba entonces a oficinistas dirigiéndose a su casa, sentía cierta nostalgia por mi empleo, por mi rutina.
Descubrí que más doloroso que la ausencia de Marta, era perder los hábitos que construí con ella el período muy corto que convivimos, si puedo llamar convivencia a mi búsqueda desesperada y a sus negativas continuas. Puede parecer lo contrario, pero soy un tipo que aprecia bastante las costumbres, esos días de paseos sin rumbo me permitieron descubrir esa particularidad mía: genero hábitos muy fácilmente, quizá la falta de arraigo me hace encontrar seguridad en ritos y formas intranscendentes cuya repetición frecuente me hace naufragar apenas se alteran.
Recordaba ciertas relaciones superficiales que, a poco tiempo de establecerlas, me costaba un considerable esfuerzo terminarlas, por ejemplo, durante un tiempo acostumbré limpiar mis zapatos con un tipo muy agradable que ponía su puesto a pocos metros de la entrada del periódico, antes de mis labores platicaba con él diez ó quince minutos. Un día desapareció sin avisar, esperé encontrarlo al día siguiente, tampoco llegó; semanas más tarde lo encontré por otro rumbo, se había mudado de casa y le dificultaba mucho ir al periódico, ahora ofrecía sus servicios en otro sitio. Bueno, pues su ausencia me entristeció estúpidamente varios días.
Esa era la clase de cambios que podían alterarme, así que pueden imaginar cual era mi estado de ánimo sabiendo que Marta se había alejado irremediablemente.
28
Varios días después lavé mis pantalones que ya pedían a gritos el agua y jabón, al sumergirlos en la cubeta un papel salió a flote, era el número de Claudia, la tinta se había corrido pero aún era legible. Le llamé ese mismo día.
Se alegró al oírme, quiso que pasara a su empleo por ella, después iríamos al cine, trabajaba en una oficina del gobierno, se encargaba del sistema que distribuía desayunos infantiles en las escuelas primarias; salía temprano y tenía toda la tarde libre, del sujeto que la había hecho sentirse tan miserable el día de la fiesta mejor no hablar, si prometía no mencionarlo, ella tampoco se acordaría de la mujer que me había puesto en ese estado. Acordadas esas reglas se sentiría feliz de verme a las tres en punto fuera de su oficina.
El resultado de la llamada excedió en mucho mis expectativas, mi ánimo mejoró notablemente, me afeité y cubrí mis mejillas con cantidades industriales de loción barata. Después de las reuniones clandestinas y tortuosas con Marta era lindo tener una cita normal.
29
Salimos en varias ocasiones sintiéndonos terriblemente inocentes; ella tenía un auto compacto en el cual cruzábamos la ciudad buscando películas que nos parecía urgente ver, todas eran comedias románticas con finales felices, salíamos del cine sintiéndonos afortunados de estar vivos. En la obscuridad, mientras se proyectaba el filme, ella tomaba mi mano y la guardaba en su regazo, mis dedos sudaban abundantemente pero no le importaba demasiado, a lo más, limpiaba cuidadosamente mi sudor con un pañuelo desechable, para después tomar mi mano con más fuerza.
No sé como definiríamos nuestra relación, pero nos veíamos como amigos solidarios, dos personas que se habían encontrado para compartir las horas de la tarde y los problemas cotidianos, nada profundo ni demasiado complicado, además, estaba el ingrediente de la atracción sexual que evidentemente sentíamos. Sabíamos que cuando la dejáramos salir nos tomaría como rehenes, debíamos acercarnos a ella con cuidado, si no queríamos estropearlo todo.
30
Consumir palomitas de maíz y refresco durante las funciones de cine me provocaron una barriga que desentonaba con el resto de mi cuerpo; pensé que Tomás podía ayudarme mediante una rutina de ejercicios en su gimnasio. Me levanté temprano, metí en una maleta pequeña alguna ropa deportiva y encaminé mis pasos decidido a incluir en mi vida una sesión diaria de sano ejercicio.
Tomás se alegró con mi visita, traté de explicarle mi intención antes de iniciar los ejercicios: no me interesaba ganar músculos ni convertirme en un verdadero atleta , únicamente quería deshacerme de la incipiente panza que comenzaba a colgarme. Me interrumpió, si alguien sabía en ese lugar lo que convenía a cada persona en deporte y ejercicios era él, así que lo mejor era callarme, vestirme con la ropa que guardaba en mi maleta y obedecer al pie de la letra sus instrucciones. No añadí más, me puse la ropa deportiva y comencé mi primer rutina en el gimnasio.
Realicé los primeros ejercicios sorprendiéndome de mi capacidad, los pesos que Tomás ponía en los aparatos eran fáciles de levantar, incluso añadí algunas repeticiones a las que él me requería, llegué a lamentar no haber iniciado antes mi programa de ejercicios. Dos horas después, bañado en sudor, terminé la rutina.
Bien - dijo Tomás - vete a la regadera, te invito a comer. Su rostro adquiría matices de verdadero profesional cuando se trataba de ser instructor del gimnasio, nada de bromas ni juegos, ese lugar era un sitio de trabajo para quienes, como yo ahora, queríamos mejorar nuestra vida haciéndonos conscientes de la importancia de un cuerpo sano y bien formado.
Bajo el chorro de agua caliente comencé a sentir bastante hambre, mis músculos se relajaban agradablemente, le dediqué a mi panza una mirada de despedida, dentro de poco la barriga desaparecería para dejar en su lugar un abdomen plano y agradable.
31
- ¿ Cómo te sientes ? - preguntó Tomás cuando salí de la ducha.
- Bien, con hambre - contesté.
- Nos iremos a comer apenas llegue Rebeca, es mi novia, vamos a comer y después a tomar algunas cervezas, te ayudarán con el ejercicio - aclaró.
Me quedé pensando como podrían ayudarme unas cervezas con el ejercicio, pero elegí ahorrarme su liturgia acerca de los azúcares y la estrecha relación que guardaban con el metabolismo … preferí decirle que necesitaba hacer una llamada telefónica; quería comunicarme con Claudia para que nos alcanzara en el sitio donde estaríamos en la tarde. Pregunté donde se encontraba un teléfono público.
- Ten, llama por aquí - me contestó extendiéndome su teléfono celular.
32
Comimos abundantemente, seguro había recuperado la grasa que había conseguido bajar en el gimnasio, pero no importaba mucho, el asunto era conservar la disciplina, los resultados se verían con el tiempo. Después de la comida Tomás nos llevó a un bar donde, aseguraba, servían la mejor cerveza de barril que él hubiera tenido oportunidad de probar.
Rebeca, su novia, era una mujercita delgada y de apariencia frágil, se colgaba de su brazo con orgullo, esforzándose en demostrar que él era dueño total de su existencia; cuando pedimos las bebidas, fue Tomás quien ordenó por ella, apenas levantaba la mirada cuando hablaba conmigo, preferentemente dirigía su vista hacia Tomás aunque la pregunta fuese para mí. Yo le contestaba a él, quien repetía mi respuesta como si se tratara de nuestro traductor, era obvio que ella temía los celos de Tomás; descansé cuando Claudia llegó al lugar, podíamos hablar más tranquilos si la plática se dividía entre cuatro y, sobre todo, eliminábamos cualquier sospecha de un acercamiento mío a Rebeca.
Aligerado el ambiente con la presencia de Claudia la conversación se hizo más agradable; comentamos brevemente mi experiencia en el gimnasio, Claudia se mostró entusiasmada, hacía bien - me decía - en ocuparme de algo en lugar de estar todo el tiempo entregado al ocio, si veía una mejora en mí, tal vez ella se animara, sería buena idea hacer ejercicio juntos. De ahí pasamos a otros temas, Tomás resultaba un conversador excelente si lo manteníamos alejado de los aspectos deportivos; al final quedamos comprometidos para vernos con ellos la siguiente semana.
Antes de salir del bar me levanté en compañía de Tomás para ir al baño, cuando estabamos de regreso, al acercarnos a la mesa, él golpeó la cabeza de Rebeca con la mano abierta:
- ¿ A quién has estado viendo ? - le preguntó.
- A nadie - contestó ella abriendo los ojos con terror.
- Haces bien, vámonos - repuso él.
Claudia me dirigió una mirada, estaba francamente sorprendida con la actitud de Tomás. Me encogí de hombros, no lo conocía lo suficiente como para explicar la situación, prevenidamente apresuré nuestra salida. Nos adelantamos a la puerta y ahí los esperamos.
Mientras ellos caminaban para alcanzarnos, un mesero que podía competir en ancho con Tomás, miró insistentemente a Rebeca. Tomás sujetó a su pareja firmemente de un brazo y comenzó a decirle entre dientes: - Puta, eres una puta -.
El mesero no se mantuvo al margen; se paró frente a Tomás para exigirle que la soltará, no podían tratar a una mujer así, él estaba ahí si pensaba que nadie podía defenderla. Rebeca se zafó de Tomás, caminó con decisión hacia el mesero y le plantó un certero puntapié en los testículos. El pobre hombre cayó en acción retardada: dobló primero las rodillas, después su voluminoso pecho se encogió sobre su abdomen, quedó hecho un ovillo en el suelo.
- El hace conmigo lo que quiera, pendejo - le espetó Rebeca mientras se alejaba abrazada de Tomás.
Cuando nos retirábamos, varios compañeros del mesero le ayudaban a ponerse de pie tratando de aguantar la risa.
33
Al día siguiente, cuando intenté levantarme para continuar mi programa de ejercicios, descubrí con desagrado que el cuerpo entero se había convertido en una masa adolorida; los brazos, el cuello, las piernas, el abdomen, todo me dolía con el menor movimiento, llegué casi arrastrándome al baño, creo que hasta los dedos tenía entumidos por el dolor; estaba viviendo los estragos de mi primer - y último - día de físico - culturista. Mis movimientos eran semejantes a un hombre de hojalata, sentarme en el retrete para defecar se convertía en una hazaña bajo esas circunstancias.
Tirado en la cama tardé alrededor de quince minutos para encontrar una posición más ó menos tolerable, quedé boca abajo, mirando al suelo. Tenía unos periódicos viejos, los acerqué para leerlos, parecía ser la única actividad posible de realizar sin que sintiera un estacazo.
Al hojear los diarios sentí que las noticias de uno ó dos meses atrás bien podían ser las de ahora, tanta información hacía imposible seguir siquiera una historia de principio a fin. Con el empleo en el periódico perdí la costumbre de comprar diarios; descubrí que todos contenían las mismas notas. El proceso parece sencillo: las agencias informativas internacionales envían los reportajes a todo el mundo, cada jefe de sección elige aquellos que parecen más interesantes, los huecos se llenan con escritos elaborados por reporteros del propio periódico, que no por casualidad, cubren los mismos eventos que el resto de los reporteros de otros diarios, al final tenemos veinte ó treinta periódicos perfectamente uniformes, si has leído uno, has leído todos.
Dejé las viejas publicaciones; realizando un lento y doloroso giro me ocupé de las características del techo, desde mi infancia he llenado muchas horas hilando palabras mientras miro las manchas en el techo, inicio con la primera que me viene a la mente y relaciono la siguiente, después la tercera y así, consecutivamente hasta que me harto ó consigo dormir.
A media mañana las molestias provocadas por el ejercicio eran más o menos tolerables, me vestí trabajosamente y salí del departamento para concertar mi cita vespertina con Claudia, caminaba despacio, evitando cualquier movimiento brusco. En el pasillo topé con dos vecinas que charlaban amigablemente, las saludé y seguí de largo, al alejarme pude escuchar como una le decía a la otra:
- Los perros orinan donde quieren.
Ese tipo de verdades contundentes son lo que necesitamos para darle sentido a la existencia, pensé.
34
Después de hablar con Claudia me quedaban varias horas disponibles, ni en la peor de las locuras regresaría al gimnasio, preferí dar un paseo por la ciudad, abordé el primer autobús que pasó. Es muy confortable moverse sin dirigirse a un lugar preconcebido, disfruté viendo los rostros de las personas que subían y bajaban al transporte, imaginaba su estado de ánimo ó las historias que las precedían; el autobús cruzaba el centro de la ciudad, me apeé frente a un gran almacén departamental.
Vi los escaparates sintiendo un poco de nostalgia, nunca había poseído gran cosa, pero recordaba los tiempos en que ambicionaba tener, llenarme con algo: una relación, un buen empleo, objetos agradables, ropa. En mi condición había perdido ese estímulo, el deseo de comprar una lavadora ó un comedor me parecía absurdo.
Entré a la tienda, evidentemente yo no era un objeto de mercado, los vendedores no se acercaban a mí, quizá la única inquietud que podía provocar era en los guardias de seguridad. Me detuve frente a una pared tapizada con televisores, había de varios tamaños reproduciendo la misma señal en sus pantallas, el sonido ambiental ejecutaba una balada en inglés, si me lo proponía podía conseguir que, mentalmente, el sonido se sincronizara con la imagen, cualquier sonido podía combinarse exitosamente con las imágenes. Todos los televisores iguales, todos los sonidos iguales, todos los diarios iguales, todos los consumidores… Me descubrí mirándome atentamente las manos, toqué mi cara con la yema de los dedos. Una vendedora se acercó para preguntarme si me sentía bien; salí del almacén sin contestarle.
35
Me dirigí al trabajo de Claudia en el metro, durante el trayecto observé atentamente a los pasajeros que aparentaban tener más urgencia por llegar a su destino; estaban llenos de importancia, sus ademanes, la forma en que consultaban continuamente su reloj, la manera en que miraban a sus compañeros de viaje, todo en ellos exudaba importancia. Un pensamiento se fijó claramente en mi mente, como una iluminación: todos, incluidos los importantes somos un manojo de carne con hoyos, la boca, la nariz, el culo… lo peor es darse cuenta que esos agujeros no tienen salida, terminan en nuestras vísceras, nuestra importancia se agota en las tripas que nos llenan y vacían. Por fortuna llegué a la estación cercana a la oficina de Claudia antes de sentirme verdaderamente enfermo, al encontrarme en la calle aspiré con toda la fuerza de mis pulmones.
La película elegida para ese día se exhibía en un cine relativamente alejado del trabajo de Claudia, calculamos el tiempo estimado para llegar, era suficiente si teníamos la suerte de encontrar el tráfico fluido. No fue así, nos encontramos atascados entre un centenar de autos que no conseguían moverse, una marcha de obreros y estudiantes ocupaba una avenida principal resultando imposible continuar nuestro camino.
Desesperada Claudia buscó una ruta alterna, el resultado fue perder por completo el rumbo, si queríamos ver la cinta tendríamos que esperar a una mejor ocasión. Conducir en esas circunstancias agotó notablemente a mi compañera; desalentada por la situación decidió estacionarse un momento para tomar un pequeño descanso.
36
El sitio donde nos detuvimos era una calle cerrada, limitada por un campo deportivo al frente de nosotros, del lado del conductor, hacía donde estabamos estacionados, se extendía un lote baldío, era un lugar silencioso y solitario.
Besé a Claudia en la mejilla, le dije que no importaba, podíamos ver la película después, ella respondió besándome los labios, introduciendo su lengua en mi boca y desabrochando le hebilla de mi cinturón. Me sorprendió la velocidad con la que había actuado, era obvio que buscaba sexo rápido, pero yo no tenía aún una erección plena, bajó el cierre de mi bragueta y se percató de que mi pene reposaba blandamente en mis testículos; inclinó su cabeza y comenzó a chupármelo mientras yo acariciaba sus cabellos diciendo su nombre con la respiración entrecortada.
Con ese tratamiento, mi verga tardó muy poco en encontrarse plenamente lista para penetrarla. Claudia vestía una falda muy amplia que le llegaba hasta los pies, la levantó y se desembarazó de sus bragas con facilidad, ágilmente saltó de su asiento al mío para montarse en mis muslos, movía su cintura hacía adelante y hacía atrás murmurando - métemelo, métemelo - la obedecí de inmediato.
Fue un orgasmo corto pero intenso el que tuvimos, al terminar, sus antebrazos reposaban en el respaldo del asiento rodeando mi cuello, mis manos se sujetaban firmemente a sus nalgas. - Vamos a tu casa - propuso.
Después de ese día las visitas a los cines fueron cada vez menos frecuentes.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario