domingo, 19 de septiembre de 2010

La Hora capítulo 13

11 : 47

Tomás insistió en que visitara su gimnasio, logré persuadirlo de que la enfermedad me había dejado en una condición que hacía imposible cualquier ejercicio, iría únicamente si me permitía pasarme la tarde acostado en la tabla de abdominales. Aceptó de mala gana.

Lo encontré enfundado en una sudadera, ciñendo su cintura con una faja de cuero, bañado completamente en sudor. Me saludó con su poderosa mano enguantada.
-Estamos haciendo sentadillas -dijo con la voz entrecortada, su pecho se hinchaba a cada inspiración profunda, recordé sus recomendaciones: el aire debe entrar por la nariz, salir por la boca.

Se colocó junto al aparato que servía para hacer sentadillas, mediante dos columnas de acero detenían la barra donde colocaban los discos de diferentes pesos. Un alumno se ubicó bajo la barra para sostenerla con los hombros, Tomás se paró detrás de él para ayudarle en caso necesario, el joven realizó diez repeticiones, al finalizar la serie lanzó un grito victorioso.

-Bien, bien -dijo Tomás, después añadió un disco de veinte kilogramos a cada lado de la barra, se dirigió hacia mí para decirme: Son 190 kilos, haré diez sentadillas.

Afirmó sus pies frente al aparato, al tiempo que cargaba la barra sobre sus hombros emitió un sonido que me sonó a "sí puedo".

-Una -respiración profunda seguida por queja ahogada.
-Dos -sus piernas tiemblan mientras levanta el peso.
-Tres -al comenzar el movimiento para elevar la barra, Tomás arroja las pesas y rueda por el piso; se asemeja a un toro cuando se vence después de recibir una estocada certera. Siento deseos de reírme, pero me contengo cuando veo una expresión de angustia en el rostro de su asistente, quien se aproxima a él para preguntarle como se siente. Tomás intenta incorporarse, pero lo convencen de que se tienda en el suelo mientras lo ventilan agitando una toalla.

-Déjenlo respirar, déjenlo respirar -les pide a los otros alumnos que se acercan curiosos.

Me doy cuenta de que los menos musculosos, así como los más obesos intercambian miradas mientras contienen la risa. Minutos después Tomás se pone de pie, está completamente pálido, camina hacia la tabla de abdominales donde continuo acostado.

-Ayer me desvelé -me dice con un tono que parece disculpa.
-Si, es difícil levantar pesas cuando estás desvelado -le contesto.

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La distancia que concerté con Claudia se hacía cada vez más pesada, con el pretexto de pensar la situación salía de mi departamento desde la mañana para dar largas caminatas, a la misma hora que el resto de las personas realizaban actividades productivas como ir a la escuela o trabajar o comprar la comida, yo vagabundeaba bajo el sol.

Subo a un puente peatonal, los autos circulan por debajo de mí, veo las azoteas de los edificios; cuando vives en una ciudad pierdes la costumbre de mirar hacia arriba, pasas la vida arrastrando la nariz a ras del suelo. Sopla un viento fuerte que empuja la contaminación hacía los montes que rodean la ciudad, desde mi puesto de vigía consigo ver los límites de la urbe, parece una ola, un reflujo de concreto, entiendo porque los transeúntes nos movemos frenéticos, drogados por una sustancia desconocida, la ciudad se mete al cerebro y lo embota con peores resultados que el alcohol.

El barandal del puente tiende dos sombras paralelas sobre el pavimento, las sigo con la mirada, se confunden con las sombras de las personas, de los perros callejeros, de los puestos ambulantes; a plena luz del día la ciudad parece abandonarse a sí misma, gigante, inhabitable, tan amorosa como una amante a quien le pagas con tu vida por sus servicios.

Bajo del puente, camino varias calles hasta encontrarme frente a un viejo edificio, entro en él, deben haberlo construido en los años treinta o cuarenta, subo por la escalera, los pasillos son largos, obscuros y silenciosos. Llego a la azotea, hay ropa tendida encerrada en jaulas, tinacos, tanques de gas, distingo una estrecha escalera de caracol, bajo por ella.

Al final de la escalera encuentro varias puertas, intento abrir alguna de ellas, una cede, es un pequeño cuarto ocupado por una cama y algunos muebles desvencijados, sobre la cama reposa una bolsa de plástico que contiene un par de zapatos y un monedero. El monedero guarda algunos billetes arrugados, los tomo. Sin prisa regreso a la calle, con el dinero robado compro media docena de cervezas y me encierro en mi departamento para beberlas.

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Me sentía ligeramente ebrio, me apetecía continuar la borrachera en Borcelinos, pero no quería continuarla solo, se me ocurrió pasar por Tomás, a esa hora debía estar por concluir su jornada en el gimnasio.

Al encontrarme a media calle de distancia vi las luces apagadas, seguí caminando, la cortina de metal no estaba totalmente cerrada, quizá Tomás continuara ahí, avancé más de prisa. Había un espacio de cincuenta centímetros entre la cortina y el suelo, me puse de rodillas para mirar dentro, estaba obscuro pero escuché unas voces apagadas, me escurrí por debajo de la cortina.

Mientras mis ojos se acostumbraron a la obscuridad sólo percibí suspiros ahogados y un rechinido rítmico que provenía de donde debían estar las tablas abdominales. Supuse que se trataba de Tomás fornicando con Rebeca, quise mirarlos discretamente antes de salir.

En efecto, una de las personas era Tomás, quien se encontraba acostado boca abajo en la tabla de abdominales, sobre él un muchacho de cabello rubio y rostro de niño lo penetraba con energía. El joven empujaba y Tomás pedía con voz apagada:
-Así, más hondo, así.

Cuando terminaron, Tomás dio vuelta, acarició los hombros del muchacho y lo besó. Una cosa era muy clara, lo trataba con más ternura que a Rebeca. Afortunadamente ninguno de los dos notó mi presencia, salí de ahí por debajo de la cortina. Mentalmente repasé la imagen de Tomás levantando la barra con 190 kilogramos, ahora sabía porque estaba perdiendo su condición física.

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Llamé por teléfono a Ismael, no quería que el efecto de las cervezas desapareciera antes de llegar al bar. Lo encontré en su oficina, estaba muy atareado con sus helados, planeaba abrir una sucursal próximamente y le resultaba difícil acompañarme, pero me sugirió llamar a Rudolf, si terminaba a una hora razonable nos alcanzaría en el bar.

Marqué el número telefónico de Rudolf, fue Alicia quien contestó, su voz se escuchó contrariada al mencionarle a Rudolf, aprovechó para desahogarse conmigo, al parecer, él estaba desaparecido hacía una semana, ya la estaba poniendo harta, era demasiado inconstante, demasiado infantil y ella demasiado tonta por aguantarlo, en fin, si volvía a tiempo le daría mi mensaje, quizá se animara y me viera en Borcelinos.

Terminé bebiendo solo. Durante las semanas que había vivido hecho un vago desarrollé algo que llamé instinto, era una parte de mis pensamientos que se encontraba alerta mientras me ocupaba de otras cosas, es decir, una esponja encargada de absorber al mundo mientras caminaba ó comía.

Ese instinto me decía que las cosas funcionaban bien, que los responsables seguían en su sitio, manteniendo el movimiento perpetuo. Esas personas estaban a esa hora recibiendo su recompensa, en sus casas, descansando después de dar ó recibir órdenes, de construir y destruir al mundo en ocho horas de trabajo y una de descanso. El enemigo suele habitarnos silencioso, esperando cualquier distracción para entregarnos al vacío, ahí estaba yo, abandonado, echando de menos todas las posibilidades que había negado en el camino.

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Me sorprendió ver llegar a Alicia sola, buscó con la mirada y al encontrarme se acercó a la mesa, me besó en la mejilla a manera de saludo y pidió una cerveza igual a la que yo consumía. Cuando la llamé -explicó- comenzó a sentirse desesperada, sabía que preocupándose no conseguiría que Rudolf volviera más pronto, decidió ir al bar esperando hallarme todavía ahí, necesitaba hablar con alguien.

Salvo la ocasión en que la consulté acerca de mi relación con Marta, había tenido pocas oportunidades de hablar con ella. Estaba intrigada por la forma de vida que yo llevaba, no parecía muy convencida de mi actitud despreocupada. Entendía que pudiera renunciar a llevar un empleo convencional, pero seguramente algo debía llenarme por dentro.

No sé si conseguí explicarme. Le dije que, en esos momentos no descubría aún el propósito o propósitos que me hicieran mover en alguna dirección. Sabía que dentro de mí algo se desplazaba en ese sentido, pero mi sensibilidad estaba demasiado aletargada como para escuchar esa corriente interior. Me consideraba tan estúpidamente puro que hubiera visto como una traición realizar cualquier actividad de la cual no estuviera plenamente convencido, y nada tenía hasta entonces suficiente fuerza como para convencerme.

Supongo que dejé de parecerle un huevón que busca la manera de vivir sin trabajar para transformarme en un huevón que no ha encontrado algo que hacer. Era difícil saber cual de las dos figuras prefería, pero evidentemente no le agradaba mi inactividad.

Después hablamos de ella. Había estudiado antropología social y daba clases en una preparatoria. El sueldo de maestra le alcanzaba para comprar alguna ropa ó libros que le gustaban, el grueso de sus ingresos provenía de la casa paterna. Le ayudaban con la renta, los gastos del auto y la comida. En resumen, sus actividades resultaban tan improductivas como las mías, pero se sentía satisfecha con ocupar un lugar en la formación de las nuevas generaciones.

Comentó que había adquirido algunas películas en vídeo y no había podido ver algunas, si me parecía bien podíamos ir a su casa a verlas. Quizá cuando llegáramos ya estuviera Rudolf por ahí.

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Alicia siempre se preocupaba por ser buena anfitriona. Era enemiga declarada de la comida chatarra así que preparó una ensalada y abrió una botella de vino que consumimos mientras veíamos la película. Era una filme asqueroso. A un estudiante de arte se le ocurría matar personas para extraer sus órganos, encapsularlos en acrílico y construir una escultura. Cuando terminó su obra, la policía quedó consternada al ver aparecer la escultura a mitad de una plaza pública. Las escenas de los asesinatos y la disección de cadáveres eran extraordinariamente vívidas, se podía ver la sangre chorreando por la improvisada mesa de operaciones del asesino.

Sinceramente el filme provocó que no terminara mi porción de ensalada y dejara a medias el vaso de vino. Sin embargo, Alicia parecía encantada, las imágenes no le producían el menor rechazó. Terminó por agotar la botella de vino y se acabó la ensalada antes que la película finalizara.

La expresión de mi rostro debía reflejar muchas interrogantes acerca del vídeo porque Alicia, bastante entonada por la bebida, comenzó inmediatamente a explicarme en qué consistía el valor de la película. Se trataba de una historia basada en hechos reales ocurridos en una universidad europea, el artista jamás había sido encarcelado y el paradero de su obra permanecía en el misterio. Varios conocedores pensaban que algún coleccionista privado la había comprado a la policía.

Su animada explicación no modificó mi estado de ánimo. Sugirió que viéramos otro vídeo mientras destapaba una nueva botella de vino.

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La segunda película que vi con Alicia era insoportablemente lenta. A diferencia de la anterior, en esta la acción era bastante limitada y los diálogos que se pretendían profundos terminaban siendo aburridos. Aprovechando una escena particularmente tediosa, Alicia se puso de pie para ir al baño, avanzaba torpemente, era muy claro que no estaba acostumbrada a beber y los efectos eran evidentes.

Cuando volvió a la sala, no regresó al sillón que ocupaba anteriormente. Se sentó a mi lado, apoyó su espalda en mi pecho y tomó mi brazo para que la rodeara. Con su nuca a la altura de mis labios me quedé quieto. Temía incluso respirar. Ella se movió hacia atrás, oprimiendo mi abdomen con su trasero. No resistí más y besé su cabello. Como respuesta cruzó sus dedos con los míos y apoyó la palma de mi mano en su pecho, comencé a morder suavemente sus oídos.

Dio vuelta para besarme en los labios, tenía un penetrante olor al vino que había estado bebiendo. Quiso introducir su lengua en mi boca pero lo impedí con un ligero movimiento. Metí las manos bajo su blusa. No usaba sostén. Acaricié sus pechos mientras me mostraba una sonrisa indicándome que aprovechara una oportunidad que muy probablemente jamás se repetiría.

Giramos y caímos accidentalmente del sillón, pude sentir su cuerpo blando bajo el mío, mi erección reposaba sobre su sexo, lo único que me impedía penetrarla era la escasa distancia de nuestra ropa. Los zapatos no permitían que su pantalón saliera con más facilidad, me ayudó a quitárselos, desabrochó el cierre del pantalón y de un tirón se quedó sin él. A mitad de su piel blanca el triángulo que conformaba su vello púbico resplandecía, lo besé mientras sus dedos acariciaban mi cabello, subí por su torso besando su ombligo, los botones rosados de su pecho, me detuve en su cuello, entonces la penetré, despacio, quería prolongar indefinidamente mi pausa en su cuerpo.

Me olvidé de cualquier estrategia que conociera para resultar un buen amante, entregado a ese momento seguí mi propio camino para llegar al final, no me importó que ella lo disfrutara, ese era mi instante, mi trozo de eternidad, para llevármelo lo devoré despacio; cuando mordía suavemente uno de sus pechos me llegó un tenue sabor, parecido a las manzanas que había comido la primer ocasión que estuve en su casa. Eyaculé sintiendo el placer subiendo por mi espalda para detenerse en algún lugar de mi cerebro, simultáneamente Alicia rodeo mi cintura con sus muslos, no permitió que me separara hasta que terminó de compartir su orgasmo conmigo.

Hay situaciones que jamás imaginé y una vez que ocurrieron no terminan nunca, se han quedado flotando, sucediendo una y otra vez cada que las recuerdo; son esos momentos infinitos, en los que pareciera no existir límites ni distancias, cuando realizas algo que por imposible lo considerabas impensable, después de ellos sé que estoy más cerca de la muerte, precisamente porque me han hecho vivir.

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Si consideras que estás en camino de resolver un problema difícil, pronto estarás en medio de otro más complicado. Las ideas se confundían creando una sensación de vértigo en mi cabeza; no sabía cuanto deseaba a Alicia hasta que la tuve bajo el peso de mi cuerpo, era uno de esos sentimientos que conscientemente niegas pero crece en tu interior, esperando la primer oportunidad para estallar y reventarte en pedazos, era cierto, estaba Rudolf a mitad del camino, sin embargo me gustaba pensar que tenía alguna oportunidad con ella.

Por otra parte, la pregunta de Claudia seguía ahí, esperando que la contestara de una vez por todas, si no conseguía una definición pronto perdería cualquier posibilidad. En ambos casos yo tenía desventaja, mientras buscaba dentro de mí una respuesta, ellas sabían perfectamente que hacer conmigo.

Me encerré en mi departamento decidido a continuar ahí hasta tener una respuesta, solo me había metido en el embrollo y solo tenía que salir de él, era suficiente, no podía permanecer en la indecisión por más tiempo, había detenido mi vida por un largo período, era el momento de echarla a andar de nuevo.

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Dirigí mis pasos a casa de Alicia, quería hablar claramente, no tenía fuerzas suficientes para jugar a la seducción, si era posible tener algo con ella necesitaba saberlo, si no, me alejaría lo más posible, era mejor estrellarme cuando aún no había tomado demasiado impulso.

Ensayé cientos de diálogos antes de oprimir el timbre, previne todas las preguntas y respuestas, la acorralaría, no me retiraría hasta obtener una posición muy clara, debía ser contundente, si o no rotundos. Reuní todo el valor de que fui capaz, respiré lo más hondo que pude y llamé a la puerta.

Al abrirse la puerta vi al amigable rostro de Rudolf mostrándome una luminosa sonrisa. Me invitó a pasar, nos sentamos en la sala, Alicia se encontraba en la cocina preparando café, Rudolf le notificó mi presencia con un grito, al tiempo que le solicitó preparar una taza de café adicional para mí. Si, había vuelto, su desaparición se explicaba muy fácilmente, fue a la sierra para supervisar los progresos de su proyecto agrícola, no le avisó a Alicia porque no quería mal acostumbrarla, en su trabajo eran necesarias esas escapadas y no quería tener preocupaciones por su mujercita, ella lo entendía o pretendía entenderlo, en todo caso no tenía más remedio.

Alicia salió de la cocina, quise verla a los ojos pero desvió la mirada, la situación se hizo más clara que con todos los diálogos que había ensayado; volvimos a ser los buenos amigos de siempre; aprovechando mi visita comenzaron a platicarme los planes de su próximo viaje: irían a Holanda, el proyecto en la sierra avanzaba bien y Rudolf necesitaba arreglar algunos asuntos en su país, para Alicia representaba unas buenas vacaciones, ya las necesitaba, nada mejor que pasar una temporada en la tierra de los tulipanes y los molinos de viento. Quizá cuando volvieran decidieran por fin casarse, vivían juntos pero la relación comenzaba a exigirles certezas.

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No conseguí abandonar el departamento hasta que acepté la invitación de Rudolf para acompañarlos en la comida, obviamente él no sabía nada acerca de la sesión de videos y su desenlace. Preferí guardar silencio, su hospitalidad me hacía sentir un sujeto de la peor ralea. Como pude me tragué los alimentos, me despedí de Rudolf con un abrazo, me invitaría a una pequeña reunión que planeaban hacer antes de partir a Holanda, besé en la mejilla a Alicia quien me dirigió una mirada de agradecimiento, me había sabido callar y eso contaba.

Abordé un autobús con la esperanza de que me llevara al fin del mundo sin opción de regreso. Estaba apabullado, recorrí la ciudad sin fijarme el camino que seguía, la sucesión de edificios y rostros me era totalmente indiferente; súbitamente escuché la voz del conductor anunciándome el final de la ruta. Bajé del autobús, no tenía la más pálida idea de donde me encontraba, decidí esperar a que saliera el siguiente autobús que me llevara de vuelta.

Terminé mi recorrido en el centro de la ciudad, caminé algunas calles hasta encontrar un local de juegos de computadora, entré y cambie todo mi dinero por fichas. Me entregué al delirio de los autos virtuales estrellándose aparatosamente, después encontré un juego de tiro al blanco que simulaba el asalto a un banco, el jugador simulaba ser un policía, con la pistola de plástico había que eliminar a los ladrones, teniendo cuidado de no matar a los civiles que de pronto cruzaban la pantalla. No pude evitar relacionar a los civiles con Rudolf, parado a mitad de un tiroteo y él ni enterado.

Me retiré de los juegos electrónicos totalmente agotado, sin fichas ni dinero, hice el camino a casa a pie, después de varias horas llegué a mi departamento, si hubiese sido posible me habría separado de mi cuerpo para dejarlo ahí abandonado.

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