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Claudia y yo levantamos nuestro ayuno sexual con una orgía interminable, hemos practicado todas las formas y posiciones que se nos han ocurrido. Le gusta chuparme el pene y no ha perdido oportunidad de hacerlo, es lo mejor que ha pasado desde mi enfermedad, me preparo para una convalecencia muy dulce en su compañía. Ha ido a la cocina por un vaso de agua, queremos refrescar un poco la garganta antes de entregarnos a un sueño reparador.
Desnuda, recargada en el marco de la puerta, da un largo trago al agua, me mira con una expresión seria en el rostro, parece tomar aire para preguntarme:
- ¿ Porqué no vivimos juntos ?.
La propuesta me ha caído de peso, esperaba algo semejante pero no tan pronto, juego con la idea, no me parece totalmente desagradable, sin embargo no creo estar listo para compartirme de esa manera, quizá tengo miedo, un profundo miedo a convertirme en un tipo de los que siempre he detestado, aquellos que viven con una mujer que no aman y no tienen el valor de decírselo.
Trato de explicarle de la mejor manera, pero deja de escucharme apenas se da cuenta de que me estoy negando, que estoy confundido y dándole largas al asunto. Resolvemos tranquilamente darnos un poco de tiempo, pensarlo bien, si estamos listos lo haremos, claro que no es una decisión fácil, pongamos algo de espacio para entrar en esto completamente seguros.
Somos un par de mentirosos estúpidos.
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Los días siguientes los ocupé para sumergirme en la ciudad buscando resolver el dilema que Claudia había introducido en mi vida. Me gustaba caminar en las plazas comerciales, ver a la gente circulando, girando como si estuviesen encerrados en una pecera, es tranquilizante observar la precisión con la que seguimos instrucciones, foco verde, siga, foco rojo, alto.
Con fijarme en la apariencia de una persona podía adivinar la tienda que visitaría, sus preferencias, los objetos que ansía poseer y jamás podrá comprar. Todos tenemos un escaparate favorito, un anuncio favorito, un color favorito, una marca favorita, un culo favorito. Los favoritos inventaron la vida.
También disfrutaba ver las piernas de las adolescentes, mostrando lo que permiten mostrar sus uniformes escolares, al darse cuenta de que las miraba fingían indiferencia, entonces me acercaba cautelosamente, si se distraían yo conseguía meter una mano bajo su falda para sentir la firmeza de sus muslos antes de salir huyendo rápidamente. Ahora que lo pienso, debo haber parecido poco menos que un enfermo recién salido del manicomio o de la cárcel.
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Una tarde, mientras esperaba para cruzar la calle, observé a un niño vendiendo diarios, tenía una habilidad de serpiente para meterse entre los autos, comenzaba a sentir verdadera admiración por él cuando un automóvil lo embistió arrojándolo a varios metros, los periódicos salieron volando en desorden, sin embargo, el chico debía ser de plástico porque se levantó sin dar muestras de dolor, si acaso, un poco confundido por el golpe.
Del auto salió una mujer dando alaridos:
- ¡ Idiota, idiota, ves que viene el coche y no te paras !.
En la esquina una señora vendía atole y tamales, al ver el accidente se aproximó blandiendo el cucharón que utilizaba para servir el atole.
- La pendeja es usted, le voy a partir la madre - decía mientras agitaba con furia el cucharón frente a los despavoridos ojos de la automovilista, quien sólo atinó a subir a su auto y asegurar las portezuelas.
La señora del atole comenzó a golpear los cristales del auto, no descansó hasta ver estrellado el parabrisas, la conductora lloraba en silencio, esperando que el semáforo cambiara de color para pisar el acelerador.
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Estoy sentado en la banca de un parque, en la esquina hay un puesto de tacos, no me atrevo a comerlos, mi enfermedad está demasiado reciente para arriesgarme.
El taquero ha dispuesto una bandeja llena de pepinos en rodajas, rábanos y limones, no ha llegado aún la clientela habitual y el sitio luce vacío. Veo a un vago aproximarse, conforme se acerca al puesto camina más despacio, de pronto mete la mano a la bandeja y saca un puñado de pepinos, saliendo a toda carrera. El taquero apenas puede reaccionar, levanta el cuchillo con el que corta la carne mientras grita:
- ¡ Vas a ver cabrón, cuando te agarre !
El vago ha cruzado la calle internándose en el parque, se siente más confiado en su territorio, elige una banca sobre la que extiende una cobija harapienta, comienza a comer los pepinos mirando ferozmente hacia los lados. Creo que mataría a cualquiera que en estos momentos se atreviera a disputarle su comida.
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Caminaba por una calle estrecha del centro de la ciudad cuando encontré un cine donde se exhibían películas pornográficas; pagué mi entrada y ocupé una butaca en la fila más alejada de la pantalla. Era una cinta japonesa, la trama no tenía muchas complicaciones, ocurría que un pobre tipo tenía el pene demasiado pequeño, incapaz de satisfacer a su esposa, quien comenzaba darle con cualquier fulano que estuviera disponible: el cartero, el doctor, el farmacéutico, el policía…
Cuando la señora cogía con el tendero yo tenía una erección bastante incómoda, tuve que vencer algo de pudor para sacármelo y comenzar a masturbarme. En la obscuridad de la sala, mientras la mujer y el tendero alcanzaban su séptimo orgasmo, me corrí sobre el papel higiénico que había extraído de mi bolsillo.
Al abandonar el asiento me sentí aliviado, caminé por el pasillo rumbo a la salida, advertí entonces que un sujeto sentado varias filas adelante de mí también se estaba masturbando. Esa tarde me enteré que vivía en la ciudad más poblada del planeta.
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