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Decidí vender la televisión, con el horario del periódico rara vez podía verla; llegaba a casa a las seis de la mañana, a esa hora comenzaban los noticieros y los programas de consejos para la familia feliz, en la tarde, cuando podía ver algo interesante, era la hora en que tenía que salir a trabajar. En ese momento no sentía la necesidad de un televisor y fue lo primero que se me ocurrió vender para hacerme de un poco de recursos.
Me informé de los lugares donde compraban televisores usados, en el centro de la ciudad existían tiendas para vender y adquirir artículos usados; pensé en cómo podían existir ese tipo de ocupaciones, mientras yo tenía que vivir preocupado por un empleo que no me gustaba y no podía dejar; todo ese tiempo desperdiciado en el periódico, cuando había tipos que podían pasarla detrás de un mostrador y la gente llevando y trayendo televisores para que ellos sobrevivieran.
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La calle donde vendería mi televisión estaba plagada de vendedores ambulantes, ocupaban todo el espacio disponible en las banquetas, era necesario caminar por la calle ó entre los puestos con suficiente agilidad para no pisar sus mercancías, si las pisaba podía verme a mitad de un lío muy fácilmente; los vendedores ambulantes no son muy pacientes cuando alguien daña sus pertenencias, en el periódico había formado alguna vez una página donde narraban la muerte de un usuario del metro a manos de cinco vendedores por intentar devolver una radio en mal estado. Los vendedores lo habían ultimado de veintitrés cuchilladas, cuando la policía detuvo a los culpables, sus compañeros organizaron manifestaciones que desquiciaban el tráfico en la ciudad, al final consiguieron liberarlos de todos los cargos y más espacios para vender dentro de las estaciones del metro.
Considerando esos antecedentes, caminaba cuidadosamente con el televisor en mis brazos. Sostener un cubo de doce pulgadas mientras escuchas los desaforados gritos de los comerciantes y eludes los obstáculos que han puesto en la calle puede ser muy complicado, más si te encuentras de improviso con la primer panadería ambulante de América latina: una señora había instalado, muy hábilmente, sobre cajas de cartón, la variedad más grande de pan dulce que jamás había visto. Pisé accidentalmente una cáscara de fruta muy resbalosa, mi rodilla dio contra una caja de cartón repleta de donas, despacio, muy despacio, se deslizó y tiró otra caja que contenía panqués, una más la siguió en su caída y las donas acabaron en un charco de agua sucia, mientras los panqués se deshacían bajo mis pies.
He leído que el hombre, en situaciones de peligro, puede conseguir hazañas que, bajo condiciones normales, le resulta imposible repetir. Esa ocasión pude constatarlo. Corrí entre los puestos ágilmente, eludiendo a los vendedores que trataron de cerrarme el paso, mis brazos olvidaron el peso del televisor coordinando sus movimientos con los de mis piernas, mi cuerpo era un todo armónico con el aparato de televisión, el cerebro trabajó independiente a la carrera, visualizando claramente los pequeños huecos por donde podía huir. En ese momento viví la claridad que puede encontrar un atleta después de años de entrenamiento, separando al cerebro del resto de sí mismo, para conseguir justo lo que necesita de su cuerpo.
Mis ojos distinguieron una puerta abierta, era la entrada de un edificio, corrí por un pasillo largo, obscuro, al final de él se veía un rectángulo de luz, era un patio formado por las paredes interiores del edificio, desde ahí se distinguían las ventanas de los departamentos. Seguro de haber perdido a mis perseguidores me senté para recuperar el aliento.
El patio estaba silencioso, desde mi posición pude ver a una persona en una de las ventanas mirándome con desconfianza, decidí ignorarla mientras intentaba llenar de aire mis pulmones; durante los siguientes quince minutos no escuché otra cosa que mi respiración, aire entrando, aire saliendo, sale, entra; eso es todo, así será mientras estemos vivos; eso somos, aire entra, aire sale.
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Simplemente me cautivo, ya quiero leer el siguiente capitulo, esta increible, me cautivo; senti el ahogo del trabajo, llegue a la calle de victoria en el centro, y senti un olor a vieja vecindad del centro entre humedad, antiguO y suciedad.
ResponderEliminarGracias
Ale Cervantes