jueves, 10 de junio de 2010

La Hora, capítulo 4

5

Cuando me sentí con suficiente ánimo regresé a la calle, el peligro había desaparecido y, con tranquilidad, pude llegar a la tienda de aparatos usados. Puse mi televisor sobre el mostrador esperando a que el empleado me atendiera.

- Vengo a venderla -, le dije.
- Bien, muéstreme la factura por favor - solicitó.

El sujeto conocía bien su negocio, sabía que sin factura tendría que aceptar mucho menos dinero que el valor del aparato, yo había perdido ese papel hacía bastante tiempo.

- No tengo la factura -, contesté.
- Sin factura no podemos comprarla, no sabemos si es robada - afirmó en un tono concluyente.
- Está bien, ¿cuánto piensas darme? - le insistí.

Me ofreció una cifra que, ambos sabíamos, era mucho menor al precio en que él la vendería cuando hubiese conseguido una factura falsa, pero no tenía ánimo suficiente para ir de tienda en tienda sabiendo que difícilmente conseguiría un importe mucho mayor. Acepté el dinero.

Cuando llegué a mi casa, el lugar me pareció más grande, en realidad, ocupamos muy poco espacio en los lugares que habitamos; nos llenan los objetos, somos un pretexto para la existencia de las cosas, ellas son quienes nos habitan. Quise oír una voz distinta de la mía, entonces me arrepentí de vender el televisor.

6

Fui al Borcelinos, busqué la mesa más alejada del ruido normal del bar, no quería oír la plática de nadie a mí alrededor. Pedí una cerveza, cuando la trajo el mesero, puse el vaso en el centro de la mesa y me dediqué a contemplarlo; desde el fondo de la silla tenía una visión distinta del mundo: miraba el mobiliario y a las personas como si no tuvieran nada que ver conmigo, es decir, como si pertenecieran a un momento diferente al mío, poniendo la misma distancia que, inconscientemente, ponemos al mirar los objetos en un museo. Ahí están, ajenos a nuestra presencia, esperando a quienes cubrían con ellos sus espacios cotidianos. Las cosas no son iguales cuando las llenamos de distancias.

Un tipo alto, de piel blanca y cabello rubio se paró frente a mí, lucía una sonrisa amigable, dijo llamarse Rudolf, tenía una cita - me explicó -, pero lo habían dejado plantado, quería sentarse conmigo, no le gustaba beber solo. Hablaba con acento extranjero, le pregunté donde había nacido.

- En Holanda, soy holandés -, dijo la frase como si contestara a un cuestionario que le hubieran practicado infinidad de veces, me hizo sentir como inspector de aduanas.
- ¿Y que haces aquí?, quiero decir, en este país -, dije tratando de sonar más amistoso.
- Trabajo en un proyecto agrícola, estamos intentando hacer producir más las semillas de un pueblo metido en la sierra - , se mostró agradecido de darle una oportunidad para comenzar la plática.
- Pero, ¿porqué aquí?, ¿porqué no en Holanda? -, me intrigaba que alguien dejara una sociedad industrial para vivir en el tercer mundo.
- Me salí de Holanda cuando se suicidó una amiga, nunca pude entender porqué lo hizo, tenía un buen empleo, dos hijos, su esposo era un buen tipo. La encontraron ahogada en su tina de baño, según decía en la nota que dejó, cuando tuvo todo lo que podía, se dio cuenta que no lo necesitaba. No sé, no consigo explicármelo todavía - narró la historia como si la repitiera para sí mismo, confirmándose que había tomado las decisiones correctas.
- Bueno, no sé, siempre hace falta algo, te acostumbras a necesitar, a buscar; debe ser muy difícil sentirte lleno de pronto, saturado de lo que tu mismo perseguiste - le dije no muy convencido de mi discurso, yo tampoco me encontraba demasiado motivado a pesar de necesitar casi todo.
- Sí, debe ser - afirmó con indiferencia.

7

Pidió las siguientes cervezas, me alegré, justo cuando lo necesitaba aparecía el ángel pagador. La conversación tomó su propio ritmo, era un buen narrador; el trámite para llegar aquí no parecía muy complicado, buscó en la universidad donde estudiaba un proyecto europeo de ayuda a países pobres y se embarcó, ganaba su salario en dólares, eso le permitía vivir bien aquí, además, lejos de sus referencias, de las personas que lo conocían, sentía un nuevo aire, una oportunidad para iniciarse nuevamente. Le gustaba la pobreza que veía en la ciudad, pensaba que era bueno vivir en medio de una sociedad a la que le faltaba todo por hacer, según él, era imposible aburrirte en un país que te permitía construirlo todo nuevo.

Lo interrumpí, la verdad es que vivimos así porque no tenemos más remedio, si pudiéramos cambiarlo lo haríamos, es más, si consiguiéramos irnos a otra parte, la mayoría diría que no, pero aceptaríamos el boleto inmediatamente.

Sonrió, levantó su cerveza y brindamos. Me invitó a su casa, vivía con una amiga, seguro me caería bien; hoy tendrían invitados pero no había problema en llegar con uno más, era una reunión totalmente informal.

Nos fuimos en su auto, manejaba con mucha precaución mientras silbaba una canción holandesa.

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