sábado, 19 de junio de 2010

La Hora, capítulo 7

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Al verla me sentí renovado, como si pudiera recuperar lo que había perdido de mí en las madrugadas que pasé trabajando en el periódico; sin embargo ella se veía diferente, más apurada, miraba el reloj, me hablaba de sus citas, de las nuevas ocupaciones en la revista, difícilmente tendría tiempo de llevar una relación conmigo, si había aceptado esta reunión era porque quería decirme de frente el mal que yo había hecho al abandonarla, eso era todo.

Bajó la cabeza para mirar en silencio su taza de café, me acerqué para besar su mejilla, ella continuó agachada, entonces besé su boca, me dejó hacer pero no movió sus labios, los mantenía cerrados, me sentí estúpido, quise alejarme, entonces comenzó a besarme.

Esa forma de besarnos no tenía nada que ver con la manera en que lo hacíamos meses antes, era más intenso, casi mordíamos nuestras bocas, en cierto sentido era la primera vez que realmente nos tocábamos. Comencé a sentir una ligera erección cuando ella separó su rostro del mío.

- No lo mereces, pero seré sincera contigo - dijo -, tengo una relación, me importa mucho, quizá salga contigo, pero no quiero perderlo, necesito que te quede muy claro.

Yo tenía el pulso acelerado, quería seguir besándola, mi erección era casi completa, escuchaba claramente sus palabras pero su significado era totalmente ajeno a lo que sentía en ese momento, hablaba de algo muy lejano comparado con la realidad inmediata del deseo.

- No importa, sólo quiero estar contigo, quiero compartir lo que podamos compartir, eso es todo, está muy claro.

Debo haber contestado eso ó algo muy parecido. En ese instante no sabía que había perdido mi última oportunidad de salirme de un juego que sería muy doloroso. Volví a besarla, es difícil explicarme, sentía que al mismo tiempo que me llenaba, estaba quedándome vacío, era como si beber agua en lugar de satisfacer la sed, provocara más.

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Salimos del café, quise tomarla de la mano pero ella se rehusó bruscamente, mientras caminamos contestaba a mis intentos de conversar con monosílabos, cuando faltaban dos calles para llegar al edificio donde vivía se detuvo bajo un árbol, se recargó en un auto estacionado, me abrazó y comenzó a besarme, puse mis manos en su cintura, miré a ambos lados para asegurarme que nadie se aproximara, el sitio estaba suficientemente obscuro así que puse mi mano sobre su pecho, ella me atrajo hasta que pude sentir su abdomen junto al mío, fue un beso largo, yo acariciaba su pecho torpemente, sentía el sostén y, bajo de él, el peso de blando de su carne. Lentamente puso sus manos en mi cintura y me empujó despacio hacia atrás, me separó de ella, se miró en la ventanilla del auto, se volvió hacia mí para decirme: quédate aquí, no quiero que me vean llegar contigo, háblame después. Se alejó antes de que yo consiguiera pronunciar palabra.

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Durante los días siguientes le llamé por teléfono repetidamente, era difícil encontrarla, supongo que la mayor parte de las veces se negaba a contestar, cuando conseguía que tomara la bocina resultaba imposible tener una cita, evadía mis invitaciones, no tenía tiempo ó no se sentía de humor. Yo había decidido insistir tanto como fuera necesario; no importaba el tiempo que me tomara ni las diferentes formas en que se negara: insistiría, insistiría, insistiría.

Dos semanas después decidió que nos viéramos, sus padres saldrían de viaje un fin de semana y podría regresar tarde a su casa, después de ver a su novio pasaría a mi casa, estaría ahí a las ocho de la noche del viernes, yo debía esperarla y pensar a donde podría invitarla; esas fueron sus instrucciones, sinceramente, en lo único que puse verdadera atención fue en la hora y el lugar, de lo demás ya me preocuparía después.

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Era viernes a las doce de la noche, cuando decidí irme a dormir, había pasado el día limpiando medianamente la casa y reuniendo dinero para invitarle un trago en un bar que no fuera el Borcelinos; a las siete en punto comencé a esperarla, sentado, leyendo un libro, deseando que el tiempo se fuera rápidamente, quizá llegara temprano y quería que me encontrara listo; me sentía extraño esperándola, regularmente la situación sería inversa, es decir, sería yo quien tendría que pasar por ella a su casa, pero recordé que no quería que me vieran acompañándola, por eso me había citado en mi departamento; sin embargo, cuatro horas más tarde de la hora acordada para vernos era tiempo suficiente para perder la esperanza, esa noche no iría y, seguramente, al otro día yo le llamaría restándole importancia, diciéndole que no había problema y que, claro, cuando ella pudiera yo estaría dispuesto.

Cambié la ropa limpia que me había puesto para verla por un suéter bastante maltratado que utilizaba a manera de pijama, apagué las luces y me metí en la cama; al apagar la luz, lo único que iluminaba mi departamento era el reflejo de un anuncio luminoso. Estaba pensando en lo que Marta podía estar haciendo a esa hora con sus padres lejos de casa y ella sola con su novio, era uno de esos pensamientos masoquistas que no te abandona por más intentos que hagas de pensar en algo diferente y conciliar el sueño. Entonces llamaron a la puerta.

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Era ella. Vestía una blusa negra con botones al frente, una falda del mismo color y un saco formal, la miré de arriba a abajo, mientras ella veía fijamente el suéter que yo vestía, nos sonreímos, la invité a pasar, me cambiaría y podríamos salir de inmediato, le sugerí. No pareció muy entusiasmada.

- No importa -, me dijo -, mejor tomamos algo aquí, se me ha hecho tarde y no creo que podamos ir a ninguna parte.
- Está bien, yo estoy contento con verte - contesté -, mientras comenzaba a preparar café.

Marta dio una vuelta por mi minúsculo hogar, observando con curiosidad los libros que tenía y los pocos muebles que ocupaba. Finalmente se sentó en un viejo sofá que hacía las veces de sala.

- ¿ No tienes televisor ? - preguntó.
- No, no me gusta verlo, prefiero leer ó ir al cine - le mentí mientras terminaba de servir las tazas de café. Salí de la cocina y me acerqué a ella extendiéndole su bebida.
- Está caliente, ten cuidado - dije al entregársela.
- Gracias - me contestó mientras ponía la taza en el suelo.

Me senté junto a ella y di un pequeño sorbo a mi café, estaba ardiendo, era imposible tomarlo, dejé mi taza junto a la suya.

Guardamos silencio unos instantes, después me animé a decirle:

- Te esperaba más temprano, pensé que no vendrías.
- No me reclames, lo importante es que llegué, me fue bastante difícil llegar para que no lo agradezcas -. Contestó.

Me quedé callado, noté que tenía mal humor y temí echar todo a perder, tomé su mano y la miré esperando que fuese ella quien comenzara a hablar cuando quisiera.

No dijo nada, sujetó mis manos guiándolas suavemente hacia sus pechos; sentí su consistencia firme bajo la blusa, extendí los dedos sobre ellos, abarcándolos, del centro hacia afuera y nuevamente al centro, miré sus ojos buscando aprobación, Marta abrió ligeramente los labios, entonces la besé, primero en la boca y después en los oídos, bajé una mano hacía sus muslos, me excitó sentir sus medias ciñendo sus piernas, avancé bajo su falda mientras continuaba acariciando su pecho, ella cruzó los brazos detrás de mi cabeza y pegó su rostro al mío.

Desabotoné la blusa para tocar su sostén, era de una tela delgada y me permitía acariciar su pezón, levanté con los dedos el tirante para oprimir ligeramente su pecho con la palma de mi mano. Marta puso una de sus piernas entre las mías comenzando a frotar mi pene con su muslo, sentía su carne rozar suave y rítmicamente mis testículos; con la mano que acariciaba sus piernas quise tocar su pubis pero me detuvo poniendo su mano sobre la mía; desabroché el sostén para besar sus senos, mordí sus pezones mientras hacía círculos alrededor de ellos con mi lengua.

Ella continuó frotándome con su pierna, sobre mi pantalón tomó entre sus dedos mi pene, lo acarició firmemente imitando el movimiento que hacía con su muslo, tomé sus pechos con mis manos y la besé en los labios largamente mientras mi semen corría empapando el pantalón.

- ¿ Ya te mojaste ? - me preguntó mientras se reía.

Se puso de pie haciéndome recostar en el sillón, se quitó la falda y la blusa; desabrochó mis pantalones y tomó mi trusa para quitarme ambas prendas con sólo movimiento, yo la dejaba hacer, ayudándole sólo si era necesario, en esos momentos era incapaz de pensar en algo; tomó su sostén entre las manos para limpiar cuidadosamente donde había escurrido mi esperma: primero los muslos, después los testículos para, finalmente, detenerse en el pene. La tela era muy suave y me hizo sentir un cosquilleo casi insoportable; puso una de sus manos en mi abdomen para evitar que me moviera; cuando terminó de limpiarme yo tenía nuevamente una erección. Se quitó las bragas y tapó mis ojos con ellas; sentí su lengua lamer mi pene, lo introdujo entre sus labios, cuando estaba muy cerca de venirme nuevamente se detuvo, quité su ropa interior de mi rostro para verla, se montó en mí poniendo su sexo muy cerca del mío, se mojó el dedo índice en la boca y comenzó a masturbarse; oprimí sus pechos con mis manos; levantó ligeramente sus caderas colocándose sobre mi pene, se dejó caer despacio para que la penetrara muy lentamente, cuando sintió mis testículos rozar su vello púbico se mordió el labio inferior de una forma que no consigo olvidar, parecía que estuviera haciendo el amor con ella misma, entregándose a una forma de placer del cual yo tomara parte sólo de manera incidental.

Movía sus caderas de arriba a abajo a diferentes ritmos, cuando sentía que estaba próximo a eyacular se detenía momentáneamente ó cambiaba de dirección a izquierda y derecha, yo me sentía suspendido en un instante infinito mientras veía mi verga entrar y salir de ella, esforzándome para aguantar lo más posible, entonces abrió un poco más sus piernas dejándose caer despacio pero firmemente sobre mi. No sé como explicarlo, pero estoy seguro que alcancé una parte interior de ella que no puedo definir, algo que no he visto aparecer en ningún gráfico de los libros de anatomía.

Cerré mis ojos hundiendo mis dedos en sus pechos y eyaculé abundantemente. De sus labios salió un grito ahogado, hizo pequeños movimientos hasta exprimir la última gota de semen; cuando se detuvo abrí los ojos: ella sonreía. Puedo jurárselos, esa sonrisa no era humana.

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