1
Salí de mi casa, era de noche otra vez, se acercaba el momento de volver al periódico, a otra sesión de formar páginas y obtener negativos en el cuarto oscuro. Me detuve frente a un teléfono público y marqué el número de la oficina, me contestó el jefe de sección:
-Hola, habla Francisco, no iré a trabajar -dije completamente decidido.
-No puedes faltar hoy, hasta mañana es tu día de descanso -contestó él, bastante disgustado.
-No me entiende -aclaré-. No iré a trabajar nunca más, renuncio.
-No lo tomes así -corrigió-. Está bien, encontraré un substituto para el día de hoy, te espero aquí mañana.
Colgué la bocina, no me creerían hasta que faltara una ó dos semanas, entonces contratarían a otro.
Me sentí mejor, sólo un poco mejor. Subí al metro y fui al bar que era mi refugio los días de pago, tenía un nombre que jamás entendí: “bar Borcelinos”, ¿qué significaría Borcelinos?
2
En la mesa acostumbrada encontré a Ismael, era amigo mío desde hacía bastantes años, estudió medicina, pero encontró la forma de hacer una fortuna fabricando helados de yoghurt y abandonó su profesión. Tenía un sentido práctico que le dificultaba ejercer la medicina, no podía ser feliz pensando en los enfermos, no toleraba convivir con el dolor, ni las consecuencias de esa convivencia; no le preocupaba tanto la muerte de sus pacientes como su supervivencia en un mundo donde el dolor los alcanzaría tarde ó temprano, somos demasiados - resumía -, y demasiado complejos.
Bebimos como en los mejores tiempos, despreocupados y tolerantes soportábamos nuestras ocurrencias de borrachos. En aquellos días no conocía la forma de detenerme para no sentir el malestar del exceso de alcohol, salimos del bar en la madrugada y fui vomitando hasta encontrar una banca en un parque, nos sentamos. Caminar mientras se vomita es agotador.
Le platiqué mi resolución de esa tarde: no trabajar hasta encontrar el empleo que hiciera sentirme bien los finales de quincena, el salario podría ser mucho ó poco, lo importante era encontrarme haciendo algo que me llenara lo suficiente como para mandar a segundo término al dinero.
Tienes enferma la cabeza - me decía -. ¿ De qué vas a vivir ahora ?, y reía, le parecía muy gracioso imaginarme muerto de hambre, rogando por un pan a los vecinos. Se tomó un momento para respirar, entonces aproveché para pedirle prestado. Me costaba trabajo pedir algo; cuando has vivido solo, aprendes a vivir con lo que tienes, en ocasiones cuesta trabajo pensar que tu mismo no puedes darte lo que necesitas, es terrible sentir esa fragilidad, aceptar que es posible escuchar un no como respuesta y sentirte culpable por escucharlo.
Ismael me miró entendiendo mi necesidad, todos nos rompemos alguna vez contra nosotros mismos y supo que había llegado mi momento. Me prestó lo suficiente para pagar la renta de dos meses. Habiendo resuelto donde dormir sólo tendría que preocuparme de comer.
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