sábado, 26 de junio de 2010

la Hora, capítulo 8

17

Después de esa noche yo necesitaba unos tragos, convencí a Ismael de que los pagara, iríamos a Borcelinos donde ya había citado a Rudolf. Cuando llegamos estaba con Alicia, la llevaba para que conociera el lugar.

Pedimos cerveza, yo no tenía muchas ganas de hablar, más bien quería compañía mientras bebía. Afortunadamente Ismael y Rudolf se cayeron bien y hablaban animadamente mientras yo fingía ponerles atención.

Tomamos varias rondas, me sentía ligeramente ebrio, pero a excepción de Alicia, era quien reflejaba menos los efectos de la bebida. Rudolf pidió tequila, recordé que, de acuerdo a la recomendación que me había hecho Alicia en su casa, dejaba de ser un tipo tan amable si se excedía bebiendo, de cualquier manera decidí dejarlo continuar, quería saber hasta donde llegaban los holandeses ebrios. Ismael también mostró síntomas de borrachera: comenzó a predicar; tiene ese defecto, con varios tragos encima te pide perdón o te predica, sobre todo si recién te conoce.

Todo es cuestión de voluntad, afirmaba Ismael mientras pasaba un brazo por los hombros de Rudolf, de tener los cojones bien puestos, si no todo importa un carajo. Puedes tener lo que sea, pero sin huevos no llegas ni a la esquina.

Rudolf sonrió al oír la palabra huevos, le gustó, comenzó a repetirla: huevos, huevos, huevos… bebió el tequila de un trago y pidió otro que también terminó de golpe, huevos, sí, eso huevos, decía. Ismael guardó silencio, nunca esperó tener un discípulo tan adelantado, en la primer lección había comprendido toda su filosofía. Rudolf sacó su billetera, pagó la cuenta y nos invitó a su departamento.

Alicia se encargó de conducir mientras dirigía miradas discretas al asiento trasero del auto, donde se habían instalado Ismael y Rudolf, enfrascados en una plática ininteligible para nosotros. Mientras subíamos por las escaleras del edificio Rudolf gritaba ¡ huevos !, una puerta se abrió mostrándonos el rostro de una vecina preocupada por el escándalo. Alicia desistió del intento por callarlo y comenzó a sonreír.

Entramos al departamento, Rudolf tomó la mesa de centro y al grito de ¡ huevos ! la deshizo contra el suelo, ¡ huevos ! y acabó con tres vasos, ¡ huevos !, adiós televisor, ¡ huevos ! adiós florero, ¡ huevos ! y Rudolf estaba en el suelo, dormido como un ángel. Alicia lo desvistió y le ayudamos a meterlo en la cama. Esa mujer estaba verdaderamente enamorada.

Discúlpenlo - dijo - en el fondo se siente un extraño aquí, por eso se comporta de esta manera. ¿ Quieren algo de tomar ?

Nos sirvió un té preparado con una mezcla de hierbas especiales para evitar que la resaca del día siguiente fuera tan intensa. Ismael tenía sueño y se acomodó en un sillón, en pocos minutos estaba roncando tranquilamente. Con Alicia sentí que era una de esas personas en quienes puedes confiar sin mucho esfuerzo, tienen un sentido natural para decirte lo que necesitas oír sin dar grandes explicaciones. Le platiqué mi historia con Marta, necesitaba el punto de vista femenino en ese asunto, procuré no omitir detalles, estaba muy inquieto con las expresiones de Marta mientras hacíamos el amor y lo que había sentido en el momento de penetrarla; mientras describía mis sensaciones más confuso me parecía, finalmente le pedí su opinión buscando un poco de claridad.

Dio un sorbo a su té y me miró con el mismo rostro, mitad preocupado, mitad atento, que tenía mientras le ayudábamos a acomodar a Rudolf en su cama:

- Ya te cogieron - dijo.

Le creí.

18

En las semanas siguientes Ismael y Rudolf construían las bases para una sólida amistad, es decir, se acompañaban frecuentemente al Borcelinos tratando de elaborar entre cervezas y tequilas un sistema que les permitiera sobrevivir la realidad, mientras yo me perdía de su esfuerzo tratando de alcanzar a la inasible Marta.

Ella sabía muy bien lo que había provocado, lo sabía cuando la buscaba, cuando me hablaba de su novio sin mencionarlo por su nombre, cuando me hacía odiarla hasta sentirme fastidiado, con el firme propósito de no verla nunca más y aparecía en mi casa, a media tarde, para ocultar mi voluntad en su cuerpo mediante cogidas inolvidables. Haciendo lo necesario para estar siempre ausente y presente, para buscarla sabiendo que la encontraría únicamente si ella quería encontrarme.

Presentí que Marta guardaba un secreto, un fragmento escondido en su estructura mental que para mí sería imposible descubrir. Me seducía mediante la esperanza y el engaño, por ejemplo, yo sabía que tenía otra relación y sin embargo seguía conmigo, haciéndome creer que era posible vivir así indefinidamente.

En eso consistía su misterio, en su capacidad para hacerme creer en un futuro inexistente; en cierto sentido, creo, es la esperanza lo que termina matándonos; si de antemano supiéramos que nuestros esfuerzos son inútiles todo lo terminaríamos antes de comenzarlo, es la esperanza de alcanzar nuestros deseos lo que nos mantiene vivos y termina aniquilándonos.

Ella lo sabía a su modo. Siempre conseguía que la esperara otra vez, una más que fuera la penúltima, nunca la última. Ha pasado el tiempo y aún sigo pensando en verla nuevamente, en sentirla entrañable como entonces, no sé si vive pero continúo con la imagen clara de su sexo abriéndose en mi piel.

Supongo que así vivimos todos, pensando que todo lo que hacemos es por penúltima ocasión, que tendremos siempre una oportunidad más. Lo imperfecto, lo terriblemente siniestro es que finalmente llega la última y no queremos darnos cuenta, no lo aceptamos, bajamos los párpados dejándonos seducir. Mierda Marta, mierda.

19

Oigo tocar la puerta. Es demasiado temprano, nadie viene a visitarme a las ocho de la mañana, me levanto de mal humor, abro: es Marta. Se ha vestido como el día que la conocí, pantalones de mezclilla y una blusa verde muy sencilla. Oculta algo esta mañana, no quiero adivinarlo.

Entramos a mi recámara y nos sentamos en la cama, guarda silencio, sigo sus movimientos haciendo un esfuerzo por terminar de despertar, toma una de mis manos, besa los dedos, cierra los ojos y me abraza, nos acostamos, pone su oído en mi pecho, me pide que diga algo. Digo su nombre, me hace repetirlo, se ríe, pone mi mano derecha sobre su corazón, siento los latidos, respira profundamente, en el cuarto sólo se escucha nuestra respiración.

Se acuesta sobre mí, cierro los ojos, con su lengua me roza las cejas, su dedo pasa por mis labios, abrazo su cintura y meto las manos bajo la blusa, le quito el sostén.


20

Terminamos de hacer el amor, desnudos, uno al lado del otro miramos el techo, en lo alto busco figuras hechas por la humedad mientras el sudor se enfría sobre mi piel, quiero quedarme aquí, que nada cambie jamás. Sin pronunciar palabra Marta se pone de pie y comienza a vestirse, pareciera que hasta ahora se da cuenta que ha estado conmigo todo este tiempo, compartiendo su cuerpo con un extraño. Hago el intento de vestirme pero me detiene.

- No me llames más - dice -, voy a vivir con Eduardo.

Es la primera vez que escucho el nombre de su novio y lo ha dicho como sé que jamás pronunciará el mío. Sin añadir más sale del departamento, me quedo sentado en la orilla de la cama, apoyando los codos en las rodillas, contemplando el suelo.

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