8
Era un departamento al sur de la ciudad, ubicado en un sexto piso, desde sus ventanas podía verse una larga avenida iluminada, muy pocas personas caminaban por ahí a esas horas. La amiga con quien vivía y sus amigos, una pareja joven también, se alegraron de verlo; según entendí, tenía la costumbre de perderse sin que supieran donde encontrarlo, en esta ocasión ya eran cuatro días sin tener noticias de él, me los presentó muy informalmente, Alicia, su compañera, era la más amable conmigo, suponía que yo lo había convencido de ir allá y se mostraba agradecida, no hice nada para cambiar su opinión.
-Rudolf ¿dónde estuviste? -le preguntaba con insistencia.
-Por ahí -contestaba él mostrando un poco de fastidio.
-Rodolfo ¿dónde está la bebida? -dije.
Fue entonces a la cocina y regresó con una botella de tequila. Alicia se acercó para murmurarme al oído - no te confíes demasiado, se pone difícil cuando bebe mucho -, - bueno, tendré cuidado - le contesté.
A ellos les gustaba cuidarlo, lo trataban como a un niño prodigio, Alicia era quien más se entusiasmaba con él, lo mimaba aprovechando cualquier oportunidad para acariciar sus manos ó pasar el brazo por sus hombros. Comenzamos a beber y a platicar, quisieron saber como nos conocimos, me preguntaron acerca de mis ocupaciones; nadie me creyó cuando les dije que era desempleado, pero les inspiré confianza, pronto la plática se hizo de ellos cuatro y, finalmente, se hizo de parejas. Me habían excluido, sentí hambre y fui a la cocina.
Abrí el refrigerador, tenían fruta, demasiada fruta y pocos alimentos preparados, seguro son naturistas - pensé -. Elegí dos manzanas y las combiné con sorbos de tequila, la mezcla resultaba horrible; renuncie al tequila y me preparé un café, no tenía humor para una borrachera larga, cuando terminé las manzanas, encontré un trozo de queso y pan, los comí despacio, durante ese tiempo nadie entró a la cocina, terminé el café y noté que no se escuchaba ruido en la sala. Me asomé para mirar que ocurría: Rodolfo estaba echado en el sofá, mientras Alicia se acomodaba encima de él, los otros dos debían estar en una habitación.
Eran tipos muy confiados donde se habían olvidado así de mí. Volví al refrigerador y terminé con el queso, no sabía cuando tendría otra comida gratis, se apagó la luz de la sala, deduje que estaban reconciliándose amorosamente, yo no les preocupaba en lo más mínimo, tomé una bolsa e introduje un racimo de plátanos, apagué la luz de la cocina y recorrí la sala procurando no mirar hacia donde estaban Rudolf y Alicia, al salir, él se interrumpió un instante para decirme - Ven cuando quieras, me gustaría seguir platicando contigo -. Asentí con la cabeza y cerré la puerta sin hacer ruido.
9
El día siguiente lo pasé en mi cama, no tenía fuerza para levantarme; es difícil ponerte de pie cuando te has dado cuenta de la inutilidad de todo. Estar entre las cobijas a las tres de la tarde, ignorando la fecha en que vivía, era una sensación agradable.
Cerré los ojos para continuar durmiendo, descubrí entonces la parte más necesaria de mi cuerpo: los párpados. Es bueno poder cerrar los ojos. Imagina por un momento a todos con los ojos siempre abiertos, siempre mirando algo, sin reposo, imagina caminar por la calles viendo a todos, mostrándote sus rostros con los ojos convertidos en unos globos blancos, y en el centro de esos globos un agujero obscuro, y tú sin poder evitarlos, sin la posibilidad del disimulo, sin la posibilidad de la mentira.
Lo que sostiene al mundo, lo que hace posible pasar por encima de lo más terrible y seguir viviendo son los párpados, es cerrar los ojos, es poder mentir, poder mentirte tu mismo.
Jalé las cobijas y las puse sobre mi cara. Dormí el resto del día y la noche.
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